Cabezas célticas en el castro de Yelca-Salamanca

Cabezas célticas en el castro de Yecla-Salamanca
Cabezas célticas inéditas del castro de Yecla. Salamanca

José María Blázquez Martínez
Antigua: Historia y Arqueología de las civilizaciones

[Publicado previamente en: VII Congreso Arqueológico Nacional. Barcelona 1961, Zaragoza 1962, 217-226. Editado aquí en versión digital por cortesía del autor, bajo su supervisión y con la paginación original].


Las esculturas celtas que representan cabezas humanas en los años que han seguido a la guerra europea han motivado importantes estudios 1. En la Península Ibérica, donde las representaciones de cabezas son abundantes en el arte indígena prerromano han aparecido cuatro importantes estudios.
El primero que entre nosotros abordó el tema y su posible interpretación fue el difunto director del Museo Arqueológico Nacional, B. Taracena; el título que puso a su trabajo indica bien claramente la significación que su autor da a estas cabezas: Cabezas trofeos en la España Céltica.

En 1956, Blanco, con motivo de la publicación por vez primera de una cabeza hallada en un castro del NO. de la Península, el del Narla, aludió a algunos objetos hispanos adornados con máscaras humanas y se unió a la tesis sostenida por Jacobsthal y otros investigadores extranjeros (Lambrechts, etc.), que ven en esta cabeza un elemento simplemente decorativo debido a la tendencia general del arte celta de decorar las piezas con representaciones de cabezas humanas.
El mismo año de la publicación del trabajo de Blanco, 1956, apareció en las Actas del Congreso de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas celebrado en Madrid en el año 1954, la comunicación de A. Balil en la que estudiaba algunas cabezas del Levante ibérico. Balil se inclina en cuanto a su posible significado por la tesis sostenida por Benoit y Taracena y antes que ellos por Lantier de que la máscara humana es una verdadera tête coupée o tête de décapite 4, y por lo tanto es la confirmación de los textos de los autores antiguos que hablan de la costumbre celta de amputar la cabeza a los enemigos y de colgarlas de las crines de los caballos, costumbre que los autores clásicos describen: minuciosamente (Diod. V, 29 ; Str. IV, 4, 5 ; Liv. X, 26, 11; XXIII, 24; Sil. It. Pun. XIII, 481-482; Flor. III, 4, 2).
Los dos textos más explícitos son el de Diodoro, V, 29, 4 y el de Estrabón, IV, 4, 5. El primer autor escribe: Cortan las cabezas de los enemigos muertos, las atan a los cuellos de las caballos y entregan estos despojos sangrientos a los clavos. Las llevan como botín cantando, el pean e himnos de victoria y las cuelgan en sus casas como primicias como si hubiesen matado en alguna cacería una fiera. Las cabezas de los enemigos más famosos, untadas totalmente de aceite de cedro las conservan con gran cuidado en recipientes y las enseñan a su huéspedes, gloriándose de no haber aceptado una gran cantidad de dinero que a sus antepasados, a sus padres o incluso a ellos mismos les ofrecieron por ellas. Se dice que algunos, se vanaglorian de no haber aceptado un peso en oro igual al de la cabeza, mostrando de este modo una grandeza de ánimo bárbara.
Estrabón confirma la veracidad de las noticias transmitidas por Diodoro y su descripción de esta costumbre celta es más concisa: al salir del combate cuelgan del cuello de sus caballos las cabezas de los enemigos matados, y las llevan consigo para fijarlas como espectáculo en los vestíbulos…
Las cabezas de las personas importantes las fían a los extranjeros, conservada en aceite de cedro y rehúsan venderlas aún a peso de oro.
El geógrafo griego añade que esta costumbre la tienen la mayoría de los pueblos del Norte.
Dos testimonios escultóricos se conservan que confirman esta costumbre, el primero es el relieve hallado en Entremont 5, que representa a un jinete, de cuyo caballo cuelga una cabeza humana; el segundo es una moneda en la que se ve un celta con una cabeza en la mano, costumbre imitada por los romanos en una escena de la Columna Trajana 6, en la que dos guerreros muestran las cabezas amputadas a sus compañeros. Las representaciones de cabezas serían la confirmación de los textos que hallan de sacrificios humanos en la Península Ibérica. Unas veces se trata de sacrificios en honor de los dioses, como cuando los bletonenses, gentes que moraban no lejos de Salamanca, inmolaban entre los años 96-94 a. de Cristo personas a sus dioses, lo que motivó la intervención del procónsul de la Hispania Ulterior, P. Craso, para castigar a los jefes que se excusaron alegando la ignorancia de la existencia de las leyes que prohibían semejantes sacrificios (Plut. 9 R), o cuando los pueblos del N. sacrificaban los prisioneros a un dios asimilado a Ares (Str. III, 155).
Otras veces los sacrificios humanos se utilizaban en prácticas de adivinación, como entre los lusitanos (Str. III, 3, 6), con un ritual muy semejante al empleado por los druidas (Str. IV, 5) y por los galos (Diod. V, 31, 1). Estrabón, III, 3, 6, describe estas prácticas en los siguientes términos: Son muy aficionados los lusitanos a sacrificios (humanos) y examinan los intestinos sin sacarlos. Examinan igualmente las venas del pecho, y dan oráculos palpándolas. Vaticinan también por las entrañas de los prisioneros, cubriéndolos con capas. Cuando el sacerdote da un golpe en las entrañas, primero vaticinan por la caída de la víctima.
“Cortan igualmente las manos de los prisioneros y dedican a sus dioses las manos derechas.”
Estrabón IV, 5, a su vez dice de este rito utilizado por los druidas: Las cabezas de las personas importantes las untaban con aceite de cedro; y las enseñaban a los extranjeros y no las vendían ni aunque se le ofreciese una gran cantidad de oro. Los romanos los obligaron a abandonar esta costumbre y los ritos de adivinación y de sacrificio que repugnaban a su mentalidad, como el sacar vaticinios del palpar el cuerpo de un hombre herido en la espalda con una espada: Hacen, según se dice, también sacrificios humanos de otro tipo; a algunos los mataban a flechazos o los crucificaban y en sus ceremonias religiosas levantaban una gran pirámide con maderas y troncos, y arrojaban a ellas ganado y animales de toda clase y los quemaban. Diodoro 5, 31, 5, puntualiza que el golpe se daba en el diafragma y que, al igual que entre los lusitanos,
entre los galos, se vaticinaba observando la caída de la víctima: Al hombre que van a sacrificar le clavan una espada en el diafragma, y vaticinan unas veces según la caída, otras- según las convulsiones de los miembros, o según la salida de la sangre. Gracias a las noticias transmitidas por Estrabón (VII, :2, 3), se sabe que los cimbrios también obtenían oráculos de los intestinos y de la sangre de los prisioneros: vaticinaban según la caída en la crátera de la sangre, otras mujeres descuartizaban los cadáveres y del examen de los intestinos pronosticaban la victoria.
Los bretones, en cambio, vaticinaban manchando los altares con la sangre de los prisioneros y consultando a los dioses en las entrañas humanas (Tac. Ann. XIV, 30). Entre los germanos se vaticinaba sin sacrificios humanos (Tac. Germ. X); cuando se recurría a ellos el ritual era diverso (Str. VII). Los romanos imitaron en la Península varias veces la costumbre hispana de amputar las manos a los prisioneros (App. Ib. 69, 94).
El carácter que tenían entre estos pueblos los sacrificios humanos, cuando no eran ritos de adivinación, fue muy bien captado por César (BG. VI, 16): qui sunt adfecti grauioribus morbis quique in proeliis periculisque uersantur aut pro uictimis homines inmolant aut se inmolaturos nouent quod pro uita hominis nisi hominis uita reddatur, non posse aliter deorum inmortalium numen placari arbitrantur; idea. también expresada por Cicerón (Pro Font. XIV): Quam ob rem quali fide, quali pietate existimatis esse eos qui etiam deos inmortales
arbitrentur hominum scelere et sanguine facillime posse placari?
Los sacrificios humanos son, como se deduce de otros varios autores, ritos de redención (Lac. Plac. Com. St. Th. X, 793. Serv. Ad Aen. III, 57); con el mismo carácter también existieron entre los suevos (Tac. Germ. XXXIX) e incluso entre los romanos de la época de los Antoninos. En Roma los sacrificios humanos, en los casos de vestales sepultadas vivas por transgredir la obligación de guardar castidad o de cambio de sexo, no se intentaba castigar un delito, sino más bien eliminar una impureza que hacía peligrar las buenas relaciones de la sociedad con los dioses.
Los sacrificios humanos en la Península se usaban para una finalidad totalmente diferente de las prácticas adivinatorias, como era el sellar los pactos entre los pueblos. Lucio Cornelio Cethego se justificaba de la matanza de lusitanos hecha por él, porque estas gentes, a pesar de haber inmolado un hombre y un caballo, se preparaban para la guerra: una contra L. Cornelium Cethegum,in qua Lusitanos prope se castra habentis caesos fatetur, quod compertum habuerit, equo atque homine sua ritu inmolatis, per speciem pacis adoriri exercitum suum in animo habuisse (Liv. Per. 49).
En Cádiz, en la época de César todavía pervivía la costumbre de hacer sacrificios humanos, como se desprende del siguiente pasaje de Cicerón. Pr. Balb. XLIII; Inueteram quamdam barbariem ex Gaditanorum moribus disciplinaque deberit.
Estos sacrificios no se empleaban con la costumbre celta que examinamos, sino con ritos semitas 8 , al igual que el posible sacrificio de fundación de la acrópolis de Archena 9 y los sacrificios de personas de los que quedan huellas claras en los esqueletos metidos en urnas que Ramos Folqués encuentra en las excavaciones de Elche.
Dada la frecuencia de estos sacrificios en la Península, no es de extrañar el hecho atestiguado varias veces por las fuentes antiguas de haberse comido carne humana en los cercos de ciudades hispanas. (App. Ib. 96 ; Val. Max. VII, 6, 27, 3 ; Salust. Hist. III, 87 ; Diod. IV, 5, 4.) Después de leer estos ejemplos se comprende perfectamente los planes de Aníbal de alimentar a sus tropas que marchaban sobre Italia, la casi totalidad de ellas eran hispanas, con carne humana. (Pol. IX, 24, 6): a los soldados hay que acostumbrarles a alimentarse de carne humana. Un texto de Diodoro XIII, 5, 77, alusivo a la toma de Selinís por los cartagineses, 409 a. de Cristo, es de una importancia excepcional, ya que por él se sabe que la costumbre celta que tenían algunos pueblos europeos de cortar las manos a los enemigos y clavar las cabezas en las puntas de las lanzas, era conocida en la Península: según su costumbre, mutilaban los cadáveres; unos se ceñían el cuerpo con manos cortadas, otros blandían cabezas en las puntas de las lanzas y jabalinas.
Esta descripción recuerda muy de cerca lo que Livio X, 26, 11, escribe sobre la batalla de Sentinum, 215 a. De Cristo : Gallorum equites, pectoribus equorum suspensa gestantes capita et lanceis ouantesque moris sui carmina, o Tácito (Ann. I, 61) de la llegada de Germánico a Teotoburgo, donde yacían esparcidos los restos del ejército de Varo: adiacebant fragmina telorum equorumque artus, simul truncis arborum antefixa ora, y en general, las cabezas de los enemigos… cuelgan de clavos en los vestíbulos (Jacoby, F. G. H. II, 258).
De los textos aducidos referentes a sacrificios humanos en la Península Ibérica, se deduce, pues, que esta práctica estaba en vigor en pleno siglo I a. de Cristo. En Roma, donde no fueron raros los sacrificios humanos 10 a lo largo de todo el Imperio Romano, se prohibieron en el año 97 a. de Cristo. (Plin. NH. XXX, 12), pero se encuentran atestiguados todavía en las épocas de Domiciano (Plin, Epist. IV, 116 y Suet. Dom. VIII. Dio Cas. LXVII, 3; Phil. V. A. VII, 6), de los Ántoninos 11 y de Juliano 12. En la Gallia los sacrificios humanos se prohibieron, como en África, bajo Tiberio según Plinio (N H. XXX, 4) y bajo Claudio, según Suetonio (Claud. XXV). En realidad están documentados entre casi todos los pueblos de la antigüedad, además de entre los habitantes de Gallia (Pro Font. XIV; Dion. Cas. I, 38 ; Eus. Praep. Euang. IV, 16 y 18; Lact. Diu Inst. I, 21; Str. IV, 4; Diod. V, 31; Inst. XXVI, 22; Luc. Fars. I, 444-446; III, 404-405. Solino (XXI) es el único autor que niega tales sacrificios) y se descubren entre romanos y cartagineses, entre suevos (Tac. Germ. XXXIX), germanos (Tac. Germ. IX), gálatas (Diod. V, 32, 6), escordiscos (Amm. XXVII, 4, 1), y bretones (Tac. Ann. XIV, 30).
Según Plinio (NH. XXX, 4, 13) la costumbre de hacer sacrificios humanos de la Gallia pasó a Britannia; podían ser privados o públicos (Cas. B. G. VI, 16). Entre los etruscos los sacrificios humanos eran una de las ceremonias fúnebres, como parece inferirse de una escena representada en la tumba de los Augures 14. Los mismos, combates de gladiadores eran originariamente, como acertadamente escribe G. de Sanctis 15, una forma meno brutale e piu spettacolare dei sacrifici umani, con cui in tempi primitivi si onoravano defunti, non tanto per propiziarsene i Mani, quanto per migliozare le loco sorte d’oltretomba con sangue delle vittime, che si pensainfonda, alle anime quasi une nova. vita..
Este carácter explica satisfactoriamente que documentos más arcaicos de combates de gladiadores se encuentren en pinturas de tumbas 16 o sean juegos fúnebres. Se introdujeron en Roma, por vez primera, en el año 264 a. de Cristo, con motivo de la muerte de D. Q. Bruto por sus hijos (Liv. Per. XVI; Val. Max. 11, 4 ; Serv. Ad Aen. III, 67), que los copiaron de los etruscos, aquí sólo combatieron tres parejas de gladiadores, número, que subió en el funeral de M. Emilio Lépido, 216 a. de Cristo a veintidós parejas; a veinticinco en el año 200 a. de Cristo en el entierro de M. Valerio Leonio; a sesenta parejas en el año 183 a. de Cristo en los juegos fúnebres de P. Licinio Craso. Los romanos esparcieron este rito por todo el Mediterráneo, así aparece en las pompas fúnebres celebradas en Cartagena en honor del padre y del tío de Escipión (Liv. XX, 8, 21), de donde le tomarían los indígenas del centro de la Meseta, ya que se encuentra documentado en el entierro de Viriato, donde combatieron doscientas parejas de gladiadores (Diod. XXXIII, 21).
Las honras fúnebres típicamente iberas son las descritas por Livio (XXV, 17,4): alii ab Hannibale… tradunt in uestibulo. punicorum castrorum rogum extructum esse, armatum exercitum decucurrisse cum tripudiis Hispanorum motibus annorum et corporum suae euique genti adsuetis…
Sin embargo, a pesar de encontrarse los sacrificios humanos plenamente documentados dentro de la Península Ibérica, y de hallarse atestiguadas aquí las mismas costumbres de colgar la cabeza que en la Gallia, en un trabajo reciente 17, en que catalogamos y analizamos las representaciones de cabezas humanas de la Península concluimos, que salvo las encontradas en la Cibdá de Armea, todas las restantes representaciones no se las pueden llamar tête coupée, ni son cabezas trofeos, sino que responden a la costumbre celta estudiada por Jacobsthal de adornar los objetos con máscaras humanas 18.
Recientemente hemos conocido dos excelentes piezas que hoy publicamos por vez primera. Se trata de dos interesantes cabezas de piedra granítica halladas en el pueblo salmantino de Yecla, a unos 70 kilómetros de Salamanca, donde existe un magnífico castro romanizado con una colosal muralla, en territorios de vettones 19. En la proximidad del castro se encontraba la necrópolis que ha proporcionado multitud de lápidas romanas, en las inmediaciones de la muralla, en dirección del riachuelo que bordea parte del castro se encuentran sobre roca granítica unas insculturas que representan un rebaño de caballos 20, una pareja de caballos, también grabados sobre roca granítica, aún inéditos, se encuentra cerca de la muralla. Las cabezas aparecieron en unos prados, junto al actual pueblo y al camino que conduce al castro.
En la actualidad se encuentran empotradas a ambos lados de la ventana en una casa existente enfrente de la fuente, a la entrada del pueblo, y a la carretera de Vitigudino. Ambas cabezas poseen una prolongación, al igual que las dos procedentes de la Cibdá de Armea, que les permite empotrarse en la pared. Distan del suelo unos tres metros, medio del tejado y metro y medio entre ellas.
La cabeza colocada a la derecha de la ventana es de una tosquedad y rudeza grande. Los ojos son dos concavidades, sin ningún intento de señalarse las cejas o los párpados, ni el ojo propiamente dicho. La nariz es un mero resalte vertical, en el que los lados del contorno apenas se delimitan. La boca ha quedado reducida a una incisión longitudinal sin labios. No hay la menor señal de que el cantero que trabajó esta cabeza intentase señalar la presencia de la barba, pelo, bigotes, mandíbula inferior y oídos. La cabeza es de forma circular, pero está tan mal tallada que produce la impresión de encontrarse sin terminar. El lado izquierdo está poco rebajado, lo que produce la impresión de encontrarse esta parte hinchada.
El mismo defecto se observa en el lado inferior derecho. La cabeza situada a la izquierda de la ventana es también de forma circular. Probablemente la misma mano esculpió ambas piezas, pues en ésta también se nota cierta hinchazón en las mismas zonas que en la cabeza anterior. La boca se encuentra trabajada con idéntica técnica al igual que la nariz, cuyo lado derecho aquí está más acusado. Hay un intento de señalar las cejas, los ojos no son dos cuencas vacías, sino que contienen los ojos e incluso hay un intento de representar los párpados entornados, actitud que en la Península, adoptan la cabeza de la Cibdá de Armea, y que está documentada en la Gallia, (Entremont, Nages, Tarasque, Nîmes, Substantion) 21. Tampoco hay huella de haberse intentado señalar la barba, el pelo, el bigote, los oídos y la forma de la mandíbula inferior. La altura de esta segunda cabeza es de 25 cm. y su anchura de 26 cm. Las dimensiones de la primera son 27 y 26 cm. respectivamente.
En realidad pertenecen al mismo mundo que las halladas en la Cibdá de Armea, aunque de arte mucho más torpe. Poseen al igual que éstas y el Iano de Candelario 22, también recogido en la provincia de Salamanca, algunas de las características que según Jacobsthal (op. cit., 12 ss.) son típicas de las representaciones celtas de cabezas, como la carencia de oídos, la nariz en forma de triángulo con la base más ancha, mandíbulas sin barba; en todas cuatro faltan otras características que aparecen en el Iano de Candelario como el bigote de tipo «borgoñón» y un adorno que aquí son los cuernos. La importancia de estas cabezas salmantinas y de una gemela también conservada en el pueblo, empotrada en la pared exterior junto a la puerta principal de la casa de don Ricardo Hernández es grande; ellas son el mejor exponente del auténtico arte indígena de tradición europea, que encontraron los romanos entre los pueblos de la Meseta hispana; estas tres han aparecido en territorio de vettones, gentes que según Tovar 23, al igual que cántabros, astures, pelendones, y carpetanos, pertenecen a la más antigua capa indoeuropea de la Península. Carecen, como la cabeza del castro del Narla estudiado por Blanco, de todo arte y confirman el juicio que sobre el arte celta religioso escribió Lucano en su Farsalia (III, 412-413): simulacra maesta doerum arte carent caesisque extant informia truncis.
Son cabezas de carácter decorativo, debidas a la tendencia general del arte celta a adornar con máscaras humanas. No hay el indicio de que estas cabezas sean una institución de las auténticas que se conservaban clavadas o en los vestíbulos o en aceite de cedro; tampoco llevan ningún distintivo de los dioses celtas la life-crown 24.
Su parentesco con las dos halladas en la Cibdá de Ármea nos mueve a descartar la posibilidad apuntada por nosotros de que estos dos ejemplares últimos sean probablemente verdaderas «têtes coupées». Su importancia es grande también por pasar estos temas decorativos al arte románico 25, de lo que en la Península se conocen buenos ejemplares, como en la portada de la iglesia románica de Sangüesa, donde se encuentra un racimo de cabeza que recuerda un conjunto de Entremont. Un segundo ejemplar se halla en la portada de la iglesia de Puente la Reina con el tema tan céltico de partes del cuerpo tamaño mordidas por un felino.
1-2 Cabezas célticas del castro de Yelca, Salamanca

3. Portada de la iglesia de Santa María de Sangüesa.

4. Portada de la iglesia de Puente la Reina.
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ESPECIFICACIONES

1. P. Jacobsthal: Early Celtic Art, Oxford, 1944, cap. I. F. Benoit: L’art primitif méditerranéen de la vallée du Rhône, Paris, 1945; segunde éd., Aix-en-Provence, 1954; Le Cerbère de Gênes et les “têtes coupées” de la Narbonnaise, en Riv. di St. Liguri, XII, 1946, 80; Des chevaux de Mouriès aux chevaux de Roquepertuse, en Préhistoire, X, 1948, 137; La statuaire d’Entremont, en Riv. di St. Liguri, XIV, 1948, 64; La estatuaria provenzal en sus relaciones con la estatuaria ibérica en la época prerromana, en Arch. Esp. de Arqueol., XXII, 1949, 113; La victoire sur la mort et le symbolisme funéraire de l’Anguipéde, en Latomus, VIII, 1949, 263; L’aire méditerranéenne de la «tête coupée», en Revue d’Études Ligures, XV, 1949, 243; L’art méditerranéenne de la «tête coupée». Note additive, ibid., XVII, 1951, 38; Le problème de l’influence de la Grèce archaïque en Méditerranée occidentale et la statuaire d’Entremont, en Atti 1.º Congr. Intern. di Preist. e Protost. Mediterr. 1950, Florence, 1952, 430; L’Ogmios de Lucien, la «tête coupée» et le cycle mythologique irlandais et gallois, en Ogam, V, 1953, 33; Monstres hippophores méditerranéens et «Cavalier a l’Anguipéde» gallo-romain, en ibid., 1954, 299. M
Renard: Les «têtes coupées» d’Entremont, en L’Ant, Class., XVI, 1947, 307; Des sculptures celtiques aux sculptures médiévales. «Têtes coupées», en Latomus, VII, 1948, 235;
Des sculpt. celt. aux sculpt. méd. Fauves androphages, en Hommages à J. Bidez et à Fr. Cumont, Bruselas, 1949, 277;
La louve androphage d’Arlon, en Latomus, VIII, 1949, 255; Sphinx ravisseuses et «têtes coupées», ibid., IX, 1950, 303; Poteries à masques prophylactiques. À propos des vases «planétaires », ibid., XIV, 1955, 202.
P. Lambrechts: L’exaltation de la tête dans la pensée et dans l’art des Celtes, Brujas, 1954. Dieux-têtes, en Latomus XIV, 1955, 202 ss. Ambiances méditerranéennes. Quelques nouveaux exemples de transmission de prototypes d’Orient en Occident I. La «tête coupée» apotropaïque de Porquerolles, en Ogam XII, 1960, 176 ss.
S. Stucchi: Le «tête coupée» e la raffigurazione delle morte nell’ambiente mediterraneo, en Forum Iulii, 1951, 17 ss.

2. Arch. Esp. de Arqueol., XVI; 1943, 157 ss.

3. A. Blanco: Cabeza de un castro del Norte. Notas sobre el tema de la cabeza humana en el arte céltico, en Cuad. Est. Gall., XXXIV, 1956, 159 ss.

4. A. Balil: Cabezas cortadas y cabezas trofeos en el Levante español, en Congreso internacional de Ciencias prehistóricas y Protohistóricas, Actas de la IV sesión, Madrid, 1954,
871 ss.

5. F. Benoit: L’art primitif méditerranéen, lám. XXXIII. Probablemente la representación más antigua de la caza de cabezas se encuentra en una losa sepulcral extremeña, en la que a un guerrero le pende un objeto redondo, que Mac White (Sobre unas losas grabadas en el Suroeste de la Península Hispánica y el problema de los escudos de tipo Herzsprung, en Homenaje a Julio Martínez Santa-Olalla, 1947, 161), y Pittioni interpretan como representación de un espejo. J. Ramón y Fernández Oxea (en Arch. Esp. de Arqueol., XXVIII, 1955, 272) y Hawkes (en Ampurias, XIV, 1952, 100, n. 109) creen que se trata de la representación de una cabeza amputada al enemigo.
6. A. García y Bellido: Arte Romano, Madrid, fig. 678; P. Romanelli: La colonna Traiana, Roma, 1942, núms. 60, 75.

7. La igualdad de rito en la adivinación entre los celtas de la Gallia y los lusitanos se debe a que estos últimos son también celtas, según la documentada tesis de Lambrino (Les Lusitaniens, Euphrosyne, 1957, 117 ss.) ya propuesta por Schulten (FHA, VI, 212), contraria a la hipótesis tradicional que los cree íberos. Bosch-Gimpera, Etnología de la península ibérica, Barcelona, 1932, 601. Este autor últimamente (Los iberos, CHE, IV, 1948, 89) se inclina por la teoría de que los lusitanos es un pueblo emparentado con los estratos étnicos indígenas preibéricos de toda la Península, por lo tanto no serían iberos, J. Maluquer: Pueblos celtas, en Historia de España. España prerromana, Madrid 1954, 27 s.; el autor admite una gran influencia del elemento celta en esta región sobre la cultura lusitana. Cf. J. Caro Baroja: Los pueblos de España, Barcelona 1946, 199 ss. Sobre las penetraciones célticas en la Península Cf. Tovar: Las monedas de Obulco y los celtas en Andalucía, en Zephyrus III, 1952, 219 ss.; Las invasiones indoeuropeas, problema estratigráfico, Zephyrus VIII, 1957, 77; Bosch-Gimpera: Les mouvements celtiques, essai de reconstruction, EC. 1950-51; 1953-54; A. Beltrán; La índoeuropeización del Valle del Ebro, en Primer Symposium de Prehistoria de la Península ibérica, Pamplona, 1960, 123 ss.

8. Gh. Picard : Les religions de l’Afrique Antique, Paris, 1954, 130.

9. D. Fletcher: Un posible sacrificio fundacional en la ciudad ibérica de Archena, CHP, I, 1947, 40 ss.

10. J. M. Blázquez: La religiosidad de los pueblos hispanos vista por los autores griegos y latinos, en Emerita XXVI, 1958, 87 ss. F. Altheim: El sacrificio de los Decios. Inv. Progr. XIII, 1942, 9 ss. P. Arnold: Les sacrifices humains et la deuotio à Roma, Ogam IX, 1957, 27 ss.

11. J. Tontain: Les cultes païens dans L’Empire Romain. III, Paris, 1918, 397 ss.

12. N. Massalsky: Los sacrificios humanos del emperador Juliano en Hungría. Inv. Progr. XIII, 1942, 354 ss.

13. Entre los autores actuales A. Bayet: Les sacrifices humains en Gaule, en Actes Congrès Hist. Rel. Paris 1925, II, 178 ss., se ha esforzado en demostrar que en la religión gala no eran los sacrificios humanos más frecuentes que en la romana, tesis insostenible.

14. G. Giglioli: L’arte etrusca, Milán 1935, lám. CIX, 2; F. Poulsen: Etruscan Tomb Paintings, Oxford 1924, fíg. 4.

15. Storia dei Romani, Florencia, 1954, IV, 342.

16. P. C. Sestieri; Tombe dipinte di Paestum, Riv. Ist. Nac. Arch. St. Art. 1956-57, 65 ss.

17. J. M. Blázquez: Sacrificios humanos y representaciones de cabezas en la Península ibérica, en Latomus, 1958, XIX, 27 ss. Los pies de las figuras 7 y 8 se encuentran cambiados. La cabeza de Adrona Veroti representa un guerrero probablemente.

18. Seguramente la representación más antigua de la caza de cabezas se encuentra en una losa sepulcral hallada en Extremadura, como se dijo; ello confirmaría la hipótesis propuesta por Bosch-Gimpera (La Edad del Bronce en la Península Ibérica, AEArq. XXVII, 1954, 87) de que estas estelas pertenecen a sepulturas de guerreros celtas.

19. J. Maluquer: Carta arqueológica de España. Salamanca, Salamanca, 1956, 121 ss.

20. J. M. Blázquez: Chevaux et Dieux. dans l’Espagne antique, en Ogam. XI, 1959, fig. 53.

21. F. Benoit: L’art primitif méditerranéen de la Vallée du Rhône, Láms. XII, XVIII, 3; XIX; XXII; XXXII; LX-LXI. A. Varagnac – G. Fabre: L’art Gaulois, Paris, nos. 14, 16-20, 36- 37, 60. T. G. Powell: The Celts, Londres, 1959, núms. 64-66. R. Pernond: Les Gaulois, 1957, 50, 66, 73, 94, 163.

22. J.M. Blázquez: Sacrificios humanos y representaciones de cabezas en la Península
Ibérica, 42.

23. Estudios sobre las primitivas lenguas hispanas, Buenos Aires, 1949, 196.

24. F. Benoit: Dieux-têtes.

25. F. Benoit: Têtes coupées de l’époque grecque au Moyen Age, en Cah. Lig. Preh. Arch. VIII, 1959, 143 ss. G. Troescher: Keltisch-germanische Götterbilder des romanischen Kirchen, en Zeitschrift für Kunstgeschichte XVI, 1951, 1 ss.; Ein Bay: Crisches Kirchen Portan und sein Bilderkreis. Keltisches Mediterranes und die Symbole der menschlidren Laster in der romanischen Bauplastik, en Zeitschrifts für Kunstgeschichte XVII, 1954, 1 ss.
Además los trabajos citados de Renard en la nota 1. A. Varagnac – G. Fabre, op. cit., 279 ss.
A. Weitnaner : Keltisches Erbe in Schwaben und Baiern.

26. C. Milton: La portada de Santa María la Real de Sangüesa. Prínc. Viana. XX, 1959, 139 ss.

artículo extraido de la biblioteca Cervantes virtual
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William Wallace

William Wallace (1272 – 1305)

EN CONTRUCCIÓN, PUEDE Q ALGUNAS IMAGENES NO SE VEAN.

En una geografía tan dura como la escocesa, y más aún en épocas de la terrible dominación inglesa, la dureza en el carácter de los Highlanders (habitantes de las tierras altas) no es algo que debiera extrañar.

Entre todos ellos, si tuviésemos que destacar a una persona tendría que ser, indudablemente a Sir William Wallace.

Nacido en Elderslie, localidad cercana a Glasgow (otros creen que nació en Paisley, Renfrew, Escocia), la fecha exacta queda también envuelta en brumas: unos la sitúan el 31 de enero del año 1272, otros un par de años mas temprano.

Escudo Wallace

Como en cualquier otro caso en que el devenir caballeresco de un hombre se convierte en leyenda -por poner otros ejemplos medievales, el Cid Campeador, Godofredo de Bouillón o Carlomagno-, retazar la vida de William Guayabee se convierte en un peligroso ejercicio historiográfico, debido a la escasez de datos objetivamente fiables. La mayoría de las referencias a su vida proceden de un poema épico escocés de la segunda mitad del siglo XV, The Guayabee, atribuido a un desconocido Enrique el Juglar, también llamado en ocasiones Enrique el Ciego; el tono del poema, encendidamente antibritánico y contrario a la dominación inglesa, también presenta a la nobleza escocesa como un estamento excesivamente anglófilo y corrupto, lo que evidencia una contaminación histórica importante, ya que estos problemas, visibles por completo en el siglo XV, no eran los que acontecían a la nobleza escocesa en la época de Guayabee.

Algo más reales, pero nulas en el plano objetivo, son las noticias que de él transmitieron los cronistas ingleses contemporáneos. La descripción de Guayabee es totalmente negativa y parcial, se le presenta como un pagano, un monstruo, un ogro y un verdadero demonio. A pesar de ello, es posible tejer un esbozo con mínimas garantías historiográficas, pues Guayabee, el héroe o el demonio, sí fue, desde luego, un hombre conforme a las coordenadas políticas y sociales de su tiempo.

Obviamente, el primer factor que hay que señalar es su origen galés: Guayabee es la transliteración actual del antiguo escocés “Welsach”, es decir, ‘de Gales’. A pesar de ello, no debe extrañar su temprana adscripción a los problemas escoceses, ya que en la formación medieval de este reino convivieron grupos heterogéneos de muy diversa procedencia: pictos y escotos, de manera general, son los grupos más conocidos, pero a ellos hay que añadir la constante presencia de antiguos descendientes de los celtas caledonios, de población de origen romano, de britanos, anglos, sajones, celtas irlandeses y, por supuesto, galeses, asentados, preferentemente, en el antiguo reino de Strathclyde, al sur.

Fue el segundo hijo de Sir Malcolm Wallace, un noble menor. Mientras William Wallace cumplía su segundo aniversario, el 18 de agosto Inglaterra celebraba la coronación de Eduardo I, un hombre alto y despiadado apodado Piernaslargas por su enorme estatura.

Muerto el Rey escocés y muerta La Damisela Noruega, heredera al trono, Eduardo I ve en ello su oportunidad para tomar el control de Escocia.

La crisis tras la muerte de Alejandro III (1286-1296)

En 1270 Alejandro III subió al trono de Escocia. Durante sus casi veinte años de gobierno, el reino vivió una época de paz y prosperidad que se tradujo en un crecimiento económico del reino. Pero, a su muerte, las tensiones larvadas entre los dos linajes más importantes de la aristocracia escocesa, los Bailleul y los Bruce, estallaron con violencia. La heredera del trono de Alejandro era su nieta, la princesa-niña Margaret, conocida como la “dama de Noruega”, por lo que un consejo de regencia se hizo cargo del gobierno. El rey de Inglaterra, Eduardo I intentó aprovechar la cuestión para llevar a cabo su proyecto de unión con Escocia, urdiendo un plan perfecto: casar a la “dama de Noruega” con su hijo y heredero, el futuro Eduardo II. Pero la inesperada muerte de la princesa Margaret en las islas Orcadas, en 1290, vació de contenido este plan, dando con ello pie a que los clanes escoceses se disputasen el título. Eduardo de Inglaterra se erigió como árbitro de la cuestión, pero también dispuso que un numeroso ejército se aprestase a tomar posiciones en Escocia.

Los ánimos anexionistas de Eduardo I, alentados por las continuas disputas de los dos principales bandos escoceses, fueron mucho más visibles a partir de que éste decidiera excluir del trono a los Bailleul, después de derrotarlos en Dumbar y en Berwick, pero, en especial, después de que John Bailleul firmase la Auld Alliance (1295) con Francia. Como quiera que los rivales de John en la carrera del trono, Robert I Bruce, conde de Carrick, y Edward Bruce (futuro rey de Irlanda), tampoco eran de la confianza de Eduardo, éste, antes de que la situación se le escapara de las manos, decidió recurrir directamente a la fuerza de las armas e invadió Escocia en 1296.

Mientras tanto, William Wallace no perdía el tiempo y ganaba en estatura y agilidad. Llegando a medir 1,85 de altura, dotado de una espesa cabellera castaña rojiza William poseía enorme fuerza. Pero también demostró tener un buen intelecto y pudo haber sido un buen clérigo (recordemos que en aquellos tiempos, los segundos hijos no heredaban tierra alguna y se veían obligados a cobijarse bajo el rico manto de la Iglesia para subsistir).Estudió idiomas, historia, matemáticas, filosofía y artes bajo la tutela de sus tíos. A los 17 años se reunió por breve tiempo con sus padres.

La primera mención de su actividad como guerrillero tuvo lugar en la villa de Ayr, capital del condado, donde Guayabee (Wallace), junto a unos cuantos de sus bandoleros, atacó en 1296 el destacamento inglés destinado en el condado y asesinó a un gran número de ellos. Apenas un par de días más tarde fue capturado por las fuerzas realistas y encerrado en prisión, donde lo abandonaron a su suerte esperando que falleciese de inanición. De nuevo la historia se confunde con la leyenda, pues unas fuentes hablan de que una gran reunión popular lo liberó de su mazmorra, mientras que otras fuentes prefieren indicar que su astucia le sirvió para evadirse de la cárcel. Sea como fuere, el caso es que, desde ese momento, William Guayabee comenzó a reclutar y a enseñar las artes de la guerra a todos aquellos partidarios que quisiesen enrolarse en su particular cruzada contra la dominación inglesa de Escocia.

SU AMADA, MARION

William Wallace, como amante era un hombre de armas tomar, y su gusto por las féminas muchas veces pusieron su vida en peligro. Pero cuando conoció a Marion Braidfute, la heredera de 18 años del noble Hugo Braidfute de Lamington, William encontró la horma de su zapato.

William y Marion nunca se casaron, dado que él opinaba que un guerrero nunca debía estar atado. Sin embargo, de esa relación nació una niña, Margaret. Poco después del parto, Marion fue asesinada por los ingleses, quedando la niñita a cargo de la familia de Marion.

La joven Marion Braidfute, que vivía en Lannark, ciudad gobernada por el sheefiff Hazelrig, el cual, para obligar a William Wallace a ir a su ciudad y así capturarlo, mató al hermano de Marion. Y efectivamente William Wallace llegó, pero, aunque causó una considerable matanza entre los soldados ingleses, tuvo que regresar al bosque sin haber conseguido llegar a la casa de su amada. Entonces, el sheriff Hazelrig, despechado por no conseguir capturar al forajido más buscado, mató a Marion.

La venganza no se hizo esperar. William Wallace, acompañado esta vez por todos sus hombres, atacó durante la noche, dejando vivos sólo a las mujeres y los religiosos. Aquello aumentó su fama, y muchos más escoceses se unieron a él y las tropas inglesas a la largo y ancho de Escocia sufrieron su guerra de guerrillas.

Para entonces el pretendiente escocés al trono (John Balliol) se vio exiliado. Piernaslargas exigía juramento de lealtad a los escoceses, y sir Ranald Craufud -abuelo paterno de William- tuvo que proteger a su hija Margaret y sus dos hijos menores mientras el padre de William Wallace y su hermano mayor se tuvieron que ir a refugiar al norte al no haber querido jurar lealtad al rey inglés.

Ansioso de documentarse más sobre la historia de su país, William se fue bajo la tutela de su tío sacerdote que estaba en Dundee, y fue ahí que conoció al monje benedictino John Blair, quien posteriormente sería el capellán de las tropas insurrectas de Wallace.

Al matar, en defensa propia, a un joven llamado Selby, que era hijo de uno de los peores verdugos de los escoceses, las cosas empeoran pues pasa a ser buscado por la Ley. William y su madre huyeron a Dunfermline, pero el abuelo de William le hace comprender que era mejor dejar a Margaret con él.

Con su padre y hermano mayor huyendo en el norte, William Wallace tuvo que hacerse cargo del mantenimiento de su familia. La guerra civil se aproximaba en Escocia. En 1291 el padre de William Wallace muere en una emboscada, lo cual afianza más el odio que sentirá por los ingleses.

En mayo del año siguiente, aunque de nuevo la confusión entre leyenda y realidad es evidente, Guayabee asesinó al responsable de la muerte de su padre, lo que le convirtió, a él y a su gente, en proscritos buscados por la justicia no ya inglesa, sino también escocesa.

Dejando a su hermano mayor a cargo de la familia, Wallace opta por tomar cartas en el asunto de parar los abusos ingleses contra los escoceses. Así, cansado de la opresión y el dominio inglés se unió con otros jóvenes, convirtiéndose en una banda de forajidos. Con ellos, William Wallace, fue hasta Loudun Hill, donde vivía el caballero inglés Fennwick, que había matado a su padre.

Él sólo contaba con 50 hombres, frente a los 200 soldados ingleses; aún así, más de la mitad de estos murieron, incluyendo a Fennwick.

Los hombres de William Wallace , además de disfrutar su primera gran victoria, se encontraron con un número considerable de espadas , armas y caballos. William Wallace se convirtió así en un forajido al que pusieron precio por su cabeza.

Su pequeño ejército se refugió en el bosque de Ettrick y durante 5 años, junto con sus hombres, visitó poblaciones tomadas por los ingleses para conocer al enemigo y realizó guerrillas contra tropas y patrullas, ocasionando numerosas bajas

Incluso antes del estallido de la guerra, las tropas británicas (pues, además de oficiales ingleses, contaban con un amplio número de mercenarios galeses e irlandeses) ya habían despertado las iras populares por sus brutales saqueos a las indefensas aldeas escocesas. De hecho, aunque no es una noticia confirmada objetivamente, es bastante posible que el padre de William Guayabee, Malcolm, falleciese en una de esas campañas de saqueo, realizado en 1291 sobre los terrenos del condado de Ayrshire.

No aceptó el tratado de sumisión a Inglaterra firmado en 1297 por los nobles escoceses y se hizo con diversas fortalezas inglesas situadas al norte del río Forth.

El rey Eduardo mandó 40.000 soldados de a pie y 300 jinetes para resolver el problema escocés al mando del Gobernador inglés de Escocia, John de Warenne. El primer gran enfrentamiento tuvo lugar en Irvine, julio de 1297; muchos nobles escoceses no quisieron participar por no querer estar bajo el mando de alguien a quien consideraban de inferior rango.

William Wallace , tuvo que retirarse hacia el norte, aunque después siguió a los ingleses cuando estos creyeron que el asunto estaba zanjado.

BATALLA DE STIRLING

El siguiente gran enfrentamiento sería decisivo por necesidad: un numeroso y bien armado ejército, con muchos veteranos de las guerras de Flandes y Gales, frente a quienes hasta entonces sólo habían hecho guerrillas y estaban armados principalmente con espadas, lanzas, hachas y cuchillos.

Una vez constituía una fuerza lo suficientemente cohesionada para entrar en combate, Wallace se adjudica, el 11 de septiembre de 1297 una victoria importante en la batalla sobre el Puente Stirling, al vencer a las tropas inglesas que buscaban cruzar el río Forth.

Los ejércitos se encontraron en el pueblo de Stirling y a pesar de ser superados numéricamente, ellos tenían un ejército de 5,000 hombres, los ingleses eran 50,000 soldados a pie, 4,000 arqueros y 1,000 caballeros con cabalgaduras.

Los escoceses rehusaron rendirse a solicitud de los ingleses. Por lo que estos decidieron entablar combate.

Los ingleses debían cruzar un puente estrecho para llegar al otro lado del río Forth para poder eliminar a Wallace y a sus hombres. Cuando los ingleses abarrotaban el paso, a una señal de Wallace, sus hombres destruyeron el puente y dividieron al ejercito ingles en dos. Los hombres de Wallaces se arrojaron al combate colina abajo contra los ingleses, quienes confundidos, no pudieron oponer resistencia.

El ejercito ingles restante que se quedo sin cruzar, vio como fueron masacrados los hombres que habían llegado al otro lado. El pánico se apodero de ellos y huyeron hacia Inglaterra. Wallace mantuvo esa posición por aproximadamente 300 días derrotando los efímeros intentos de vencerlo.

Cuenta la leyenda que cuando gano la batalla mató al comandante inglés, le despellejó y se hizo un cinturón con él y como le sobro piel rodeo la empuñadura de su espada con ella. Por su triunfo, fue elegido para el cargo de regente.

De hecho, en estos primeros momentos de lucha, William y sus soldados únicamente eran un grupo de bandoleros. Lo que acabó por definir al propio guerrero y a sus inusitadas tropas fue que uno de los más importantes caballeros del país, sir Andrew de Moray, se uniese a su causa en agosto de 1296. El contingente de ambos, siempre comandado militarmente por Guayabee, se dirigió, en ese mismo mes, a sitiar el inexpugnable castillo de Stirling, importantísimo enclave estratégico escocés que había sido presa fácil de Eduardo I en la primera oleada invasora. La picardía del guerrero fue clave en esta ocasión, aunque de nuevo las fuentes vuelven a ser inseguras con el episodio: al parecer, William simuló una entrevista con el alcalde de Stirling, John de Warenne, conde de Surrey, en la que, supuestamente, los escoceses se iban a rendir. La vanidad del conde de Surrey le hizo aceptar la oferta de diálogo y, cuando las tropas inglesas se aprestaban a atravesar el puente sobre el río Forth (el Stirling Bridge que dio nombre a la batalla), parte de las tropas de Wallace cayeron sobre el enemigo, pero la otra mitad del contingente, dirigido por sir Andrew, les esperaba en la retaguardia, a la vez que se derribaba el puente. La maniobra fue un éxito rotundo: el conde de Surrey fue derrotado y las tropas inglesas aniquiladas; el castillo de Stirling quedó libre para que, en el nombre del rey y del pueblo escocés, Wallace lo ocupara.

A aquella victoria siguieron otras, incluyendo la toma del castillo de Edimburgo. Y así quedó Escocia momentáneamente libre de ingleses.

A pesar de la euforia escocesa, las noticias catastróficas no parecían incomodar en exceso al gobierno inglés, sobre todo a los consejeros de Eduardo I, quienes consideraban a Wallace como un harapiento bandolero y, a pesar de su victoria en Stirling Bridge, confiaban en derrotarlo sin más problemas. Pero la audacia de Wallace no conocía límites: en octubre de 1297 invadió Inglaterra, por Northumberland y Cumberland, en una cruel expedición de rapiña, saqueo y devastación. El éxito de la campaña cambió sustancialmente el rumbo de los acontecimientos por dos motivos principales: el pueblo escocés comenzó a venerar a Wallace e, lo que le abrió las puertas a una alianza con el resto de los nobles, y el rey inglés, Eduardo I, tuvo plena conciencia de que se enfrentaba a un enemigo dificilísimo, pues había demostrado sobradamente sus dotes de estratega y guerrero.

No obstante, en el comienzo de su fama, y en el inicio de sus contactos con la aristocracia escocesa, también ha de situarse el principio de su caída, pues los linajes contendientes, sin ninguna duda, se aprovecharon de la popularidad de Wallace e para sus propios intereses. El primero de ellos fue John Bailleul, quien, en diciembre de 1297, lo armó caballero, con toda la solemnidad inherente a este tipo de ceremonia, además de nombrar al ya sir William Wallace guardián del reino y gobernador en nombre de los Bailleul, legítimos monarcas. Seguramente, los Bruce, enemigos de los Bailleul en el acceso al trono escocés, fruncieron el ceño cuando se enteraron de la noticia.

Fue elegido Guardián de Escocia, título que casi equivalía a nombrarlo rey (el auténtico, John Baliol, estaba preso en Londres; más tarde sería exiliado a Francia, de donde no regresaría).

Entonces William Wallace, vio que había otro trabajo que hacer: restaurar las vías comerciales y diplomáticas con los otros países, tal como estaban con el rey Alexandre III.

Alarmado por la derrota inglesa, Eduardo I regresó de Flandes, donde mantenía otra guerra, y fue en persona hacia Escocia con un enorme ejército que fue avanzando por el norte de Inglaterra, donde William Wallace también había conquistado algunas ciudades, haciendo huir a los escoceses que se encontraban por allí. Eduardo invadió Escocia el 3 de julio de 1298.

Resulta hartamente significativo que, pese a que los Bruce habían peleado con denuedo contra la invasión inglesa, después de la ceremonia caballeresca comentada fuese el propio Wallace, siempre acompañado de sir Andrew de Moray, quien hiciese frente a la nueva invasión.

Entonces William Wallace, usó la práctica de tierra quemada, para que el enemigo no encontrase provisiones a su paso, pero eso ya estaba previsto por el rey inglés, al que le llegaban las provisiones en barcos desde Irlanda, aunque en alguna ocasión estos se hundieron en el mar por culpa de una tormenta.

Además de esta inmensa fuerza, tres veces mayor que la de los escoceses, William Wallace fue traicionado por dos de sus nobles.

BATALLA DE FALKIRK

Envalentonados, muchos escoceses se suman al nuevo ejército libertador para hacer frente a la inminente invasión inglesa, la cual se produce en el año 1298, encabezados por el propio Rey de Inglaterra, Eduardo I.

Se envió hacia Escocia el mayor ejercito ingles que haya pisado suelo escocés. Wallace tenia un plan, retirar toda la gente que pudieran utilizar los ingleses así como los medios de subsistencia, de esa manera el ejercito ingles sufriría de hambre y los podría interceptar cuando intentaran regresar a su país. Sin embargo Wallace no pudo contra los hombres que seguían siendo fieles al rey Eduardo. Dos lores escoceses (Dunbar y Angus) comunicaron al Eduardo donde se encontraban las fuerzas escocesas, por lo que un combate frente a frente fue inevitable.

El 22 de julio de 1298, tropas inglesas y escocesas se enfrenta en Falkirk, recayendo la victoria en el ejército inglés.

En las proximidades de Falkirk en Julio de 1298, Eduardo con una gran cantidad de arqueros, diezman las filas de los escoceses y posteriormente envía su caballería para aniquilarlos. La caballería pesada con la que contaba Wallace, se abstuvo de combatir contra los ingleses, abandonándolo a su suerte.

Esta vez, la caballería ligera de Wallace no pudo hacer nada ante los arqueros ingleses, que utilizaron flechas de fuego para sembrar el pánico entre el enemigo

Eduardo I gana una batalla decisiva contra los escoceses. Wallace apenas pudo escapar con vida después de ser traicionado por Roberto ” the bruce” quien se cambio de lado y dio su apoyo a Longshanks.

Además de la derrota, este tuvo que soportar el desprecio de los propios nobles escoceses, que nombraron Guardianes de Escocia a Robert Bruce y John Comyn, este último, sobrino de John Baliol. También tuvo que sufrir la pérdida, en batalla, de su mejor amigo: Sir Andrew Moray.

Producto de esta derrota, William Wallace se ve obligado a ocultarse durante los siguientes 7 años, eso si, sin dejar de llevar a cabo una especie de guerra de guerrillas que puso a los ingleses al borde de la locura. En numerosas ocasiones lo dieron por muerto, pero reaparecía para despojar a algún noble inglés de sus pertenencias o a quemarle sus cosechas. Incluso durante varios meses se pensó que había sido él uno de los 5.000 escoceses fallecidos en la batalla.

Eduardo I, no contento con la derrota escocesa en Falkirk, volvió a invadir la zona norte y noreste de Escocia, en las que sólo los Bruce resistieron.

No se conoce mucho de lo que hizo Wallace después de Falkirk, se dice que fue al extranjero a buscar apoyo de diversos países, se tiene por veraz históricamente que Wallace viajase, posteriormente, a Roma, donde fue recibido por el Papa Bonifacio VIII, e incluso hacia Noruega, donde, reclamando los antiguos vínculos entre ambos reinos debidos a lady Margaret, solicitase la ayuda de Haakon VII. Todos los esfuerzos fueron vanos

Hasta de Francia (Felipe el Hermoso reinaba por ese entonces) solicito ayuda, (incluso llego a vivir un tiempo allí), pero se negaron a apoyarlo ya que tenían un tratado de paz con los ingleses e inclusive habían dado la mano de una princesa francesa para que se casara con Longshanks (luego de la guerra de los 100 años).

Un hito importante marcó el desarrollo de esta nueva contienda: la reconquista, en 1304, del castillo de Stirling por parte de las tropas inglesas. Este revés hizo que la mayoría de los clanes nobiliarios escoceses se aprestase a firmar un tratado de paz con Inglaterra, a lo que, paradójicamente, se negó el propio Eduardo I hasta que no se le entregase a William Wallace, con quien la justicia británica tenía pleitos pendientes. Eduardo, en un intento de paliar la popularidad del guerrero escocés, nunca le reconoció más status que el de aquel bandolero de sus primeros tiempos. Si el problema para la paz era Wallace, no había más remedio que la traición.

En 1304, habiendo nuevo rey en Escocia, se había dado una amnistía para aquellos que habían ayudado a Wallace, quien fué capturado el 3 de agosto de 1305. Una versión afirma que el culpable de su captura fue un escocés llamado Ralph Rae, quien le delató para poder salir libre. Otras versiones dan cuenta de Sir John de Menteith, un escocés que le habría capturado cerca de Glasgow, antiguo amigo y compañero de armas de Wallace, que introdujo a uno de sus sobrinos en su banda, para así estar al tanto de todo cuanto hacía.

Lo cierto es que William Wallace es capturado y consiguió llevarlo hasta el castillo de Carslile, donde fue encerrado en una mazmorra. De allí fue llevado a Londres fuertemente custodiado y atado a un caballo, en un largo viaje de 17 días. Donde es realizado, a pedido de Piernaslargas, su infame jucio.

EL JUCIO

El 23 de agosto lo llevaron a Westminster Hall, donde lo acusaron de asesinato, inmoralidad, blasfemia y hasta traición al rey. Wallace afirmó nunca haber jurado lealtad a Piernaslargas, por lo cual no era traidor. Pese a ello, no pudo evitar el veredicto que le condenada a muerte. La ejecución se realizaría en ese mismo momento, siendo llevado a las afueras.

LA EJECUCIÓN

Los detalles de su ejecución son especialmente truculentos, incluso pensando en los cánones de la época: William Wallace, fue arrastrado por dos caballos por las calles de Londres y apedreado por la multitud hasta llegar a Smithfield, donde estaba el lugar de ajusticiamientos.

Allí lo ahorcaron por un corto tiempo, lo suficiente para que sólo perdiese el conocimiento. Lo descolgaron y, mientras aun estaba vivo, le cortaron los genitales, le abrieron el vientre y le sacaron los intestinos, que fueron quemados; finalmente, su cabeza fue cortada y puesta en una pica en el Puente de Londres, mientras que manos y pies fueron mandados a cuatro extremos de Inglaterra.

En Alberdeen, donde llevaron el pie izquierdo, fue enterrado lo que quedaba del cuerpo. Este tipo de ejecución contra el delito de traición fue introducido en Inglaterra por los normandos y estuvo vigente hasta el siglo XVIII. Y seguramente se usó con bastante frecuencia; hay que tener en cuenta que en la Torra de Londres está la llamada Puerta de los Traidores.

Por último, procedieron a su decapitación.

La cabeza del caudillo fue puesta en una estaca en el puente de Londres, su corazón fue enviado a Escocia, y su cuerpo fue descuartizado para enviar un trozo a cada rincón del reino para que sirviera de ejemplo.

DESPUES DE SU MUERTE

– EL LEGADO –

La lucha por la independencia de Escocia continuó, en 1314 Roberto “the bruce” tomo las riendas de la rebelión y combatió a los ingleses hasta lograr la independencia en 1320. Fue coronado como el Rey Roberto I de Escocia. Aunque jamas olvido su traición a Wallace en la batalla de Falkirk y en su lecho de muerte pidió que su corazon fuera llevado a las cruzadas buscando el perdón de dios y de sus errores pasados. Eduardo I falleció a principios del siglo 14 y fue su hijo Eduardo II quien le dio la independencia a Escocia.

En 1869, las autoridades escocesas decidieron levantar un gigantesco monumento nacional a la memoria de su héroe, situado precisamente a escasos kilómetros del lugar en que se celebró la batalla de Stirling Bridge. El mítico guerrero, el luchador por la independencia escocesa, cobraba así gran parte de la deuda que tenía en su país; no obstante, su figura era relativamente desconocida fuera de Escocia hasta que, a finales del siglo XX, la industria cinematográfica norteamericana (Corazón Valiente – BraveHearth, de Mel Gibson) rescató el evidente atractivo de su vida para realizar una espectacular superproducción mediante la que, casi setecientos años después, el planeta entero conoció la lucha y los ideales de William Wallae.

William, a pesar de sustentar su acción sobre una amplia base popular, no luchaba por los derechos de los campesinos o de los menos favorecidos socialmente; el héroe, y mucho más después de ser nombrado sir, era el hijo de un rico terrateniente, y si por algo peleaba contra los ingleses fue porque eran quienes se habían opuesto al tradicional funcionamiento de la monarquía escocesa, que recaía siempre en un natural del país. Luchaba por patriotismo, por libertad, por amor a su tierra y odio a los extranjeros que dominaban la tierra gala. Wallace, de hecho, nunca tuvo ninguna pretensión de optar al trono, ni tampoco de aglutinar otro tipo de gobierno, como la República, sino que siempre peleó por la restitución de la monarquía escocesa a sus legítimos posesores, en última instancia, los Bailleul o los Bruce, a quienes, en el poema épico y en la versión cinematográfica, se presenta como los auténticos traidores de la causa independentista escocesa. Hay que perdonar, sobre todo, al autor lírico, a ese juglar ciego de nombre Enrique: vista la evolución de las pretensiones nobiliarias escocesas cien años después, desde luego la situación en que había caído el reino merecía, con justicia, el calificativo de traición a los ideales defendidos por Guayabee, especialmente por la mansa disposición hacia el yugo inglés mostrada por la aristocracia escocesa de la Baja Edad Media, que se vendía al mejor postor. A cambio de un puñado de tierras y cargos nobiliarios entregaban el futuro de una Escocia libre con la que todo valiente y buen escocés sueña.

La cuestión es que William Guayabee (Wallace, para los amigos), el héroe, ha pasado de la Historia al mito y a la leyenda, y millones de escoceses, e incluso habitantes de otros países, han querido verse reflejados en el hábil diplomático, el pertinaz luchador, el brillante estratega, el gigantesco guerrero (según las crónicas de la época, medía cerca de dos metros), y, especialmente, en el desafiante adalid de una idea tan atractiva y mitificada como la independencia, en todos los sentidos, a la que William Wallace dedicó conscientemente su vida e inconscientemente su posteridad.