Cabezas célticas en el castro de Yelca-Salamanca

Cabezas célticas en el castro de Yecla-Salamanca
Cabezas célticas inéditas del castro de Yecla. Salamanca

José María Blázquez Martínez
Antigua: Historia y Arqueología de las civilizaciones

[Publicado previamente en: VII Congreso Arqueológico Nacional. Barcelona 1961, Zaragoza 1962, 217-226. Editado aquí en versión digital por cortesía del autor, bajo su supervisión y con la paginación original].


Las esculturas celtas que representan cabezas humanas en los años que han seguido a la guerra europea han motivado importantes estudios 1. En la Península Ibérica, donde las representaciones de cabezas son abundantes en el arte indígena prerromano han aparecido cuatro importantes estudios.
El primero que entre nosotros abordó el tema y su posible interpretación fue el difunto director del Museo Arqueológico Nacional, B. Taracena; el título que puso a su trabajo indica bien claramente la significación que su autor da a estas cabezas: Cabezas trofeos en la España Céltica.

En 1956, Blanco, con motivo de la publicación por vez primera de una cabeza hallada en un castro del NO. de la Península, el del Narla, aludió a algunos objetos hispanos adornados con máscaras humanas y se unió a la tesis sostenida por Jacobsthal y otros investigadores extranjeros (Lambrechts, etc.), que ven en esta cabeza un elemento simplemente decorativo debido a la tendencia general del arte celta de decorar las piezas con representaciones de cabezas humanas.
El mismo año de la publicación del trabajo de Blanco, 1956, apareció en las Actas del Congreso de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas celebrado en Madrid en el año 1954, la comunicación de A. Balil en la que estudiaba algunas cabezas del Levante ibérico. Balil se inclina en cuanto a su posible significado por la tesis sostenida por Benoit y Taracena y antes que ellos por Lantier de que la máscara humana es una verdadera tête coupée o tête de décapite 4, y por lo tanto es la confirmación de los textos de los autores antiguos que hablan de la costumbre celta de amputar la cabeza a los enemigos y de colgarlas de las crines de los caballos, costumbre que los autores clásicos describen: minuciosamente (Diod. V, 29 ; Str. IV, 4, 5 ; Liv. X, 26, 11; XXIII, 24; Sil. It. Pun. XIII, 481-482; Flor. III, 4, 2).
Los dos textos más explícitos son el de Diodoro, V, 29, 4 y el de Estrabón, IV, 4, 5. El primer autor escribe: Cortan las cabezas de los enemigos muertos, las atan a los cuellos de las caballos y entregan estos despojos sangrientos a los clavos. Las llevan como botín cantando, el pean e himnos de victoria y las cuelgan en sus casas como primicias como si hubiesen matado en alguna cacería una fiera. Las cabezas de los enemigos más famosos, untadas totalmente de aceite de cedro las conservan con gran cuidado en recipientes y las enseñan a su huéspedes, gloriándose de no haber aceptado una gran cantidad de dinero que a sus antepasados, a sus padres o incluso a ellos mismos les ofrecieron por ellas. Se dice que algunos, se vanaglorian de no haber aceptado un peso en oro igual al de la cabeza, mostrando de este modo una grandeza de ánimo bárbara.
Estrabón confirma la veracidad de las noticias transmitidas por Diodoro y su descripción de esta costumbre celta es más concisa: al salir del combate cuelgan del cuello de sus caballos las cabezas de los enemigos matados, y las llevan consigo para fijarlas como espectáculo en los vestíbulos…
Las cabezas de las personas importantes las fían a los extranjeros, conservada en aceite de cedro y rehúsan venderlas aún a peso de oro.
El geógrafo griego añade que esta costumbre la tienen la mayoría de los pueblos del Norte.
Dos testimonios escultóricos se conservan que confirman esta costumbre, el primero es el relieve hallado en Entremont 5, que representa a un jinete, de cuyo caballo cuelga una cabeza humana; el segundo es una moneda en la que se ve un celta con una cabeza en la mano, costumbre imitada por los romanos en una escena de la Columna Trajana 6, en la que dos guerreros muestran las cabezas amputadas a sus compañeros. Las representaciones de cabezas serían la confirmación de los textos que hallan de sacrificios humanos en la Península Ibérica. Unas veces se trata de sacrificios en honor de los dioses, como cuando los bletonenses, gentes que moraban no lejos de Salamanca, inmolaban entre los años 96-94 a. de Cristo personas a sus dioses, lo que motivó la intervención del procónsul de la Hispania Ulterior, P. Craso, para castigar a los jefes que se excusaron alegando la ignorancia de la existencia de las leyes que prohibían semejantes sacrificios (Plut. 9 R), o cuando los pueblos del N. sacrificaban los prisioneros a un dios asimilado a Ares (Str. III, 155).
Otras veces los sacrificios humanos se utilizaban en prácticas de adivinación, como entre los lusitanos (Str. III, 3, 6), con un ritual muy semejante al empleado por los druidas (Str. IV, 5) y por los galos (Diod. V, 31, 1). Estrabón, III, 3, 6, describe estas prácticas en los siguientes términos: Son muy aficionados los lusitanos a sacrificios (humanos) y examinan los intestinos sin sacarlos. Examinan igualmente las venas del pecho, y dan oráculos palpándolas. Vaticinan también por las entrañas de los prisioneros, cubriéndolos con capas. Cuando el sacerdote da un golpe en las entrañas, primero vaticinan por la caída de la víctima.
“Cortan igualmente las manos de los prisioneros y dedican a sus dioses las manos derechas.”
Estrabón IV, 5, a su vez dice de este rito utilizado por los druidas: Las cabezas de las personas importantes las untaban con aceite de cedro; y las enseñaban a los extranjeros y no las vendían ni aunque se le ofreciese una gran cantidad de oro. Los romanos los obligaron a abandonar esta costumbre y los ritos de adivinación y de sacrificio que repugnaban a su mentalidad, como el sacar vaticinios del palpar el cuerpo de un hombre herido en la espalda con una espada: Hacen, según se dice, también sacrificios humanos de otro tipo; a algunos los mataban a flechazos o los crucificaban y en sus ceremonias religiosas levantaban una gran pirámide con maderas y troncos, y arrojaban a ellas ganado y animales de toda clase y los quemaban. Diodoro 5, 31, 5, puntualiza que el golpe se daba en el diafragma y que, al igual que entre los lusitanos,
entre los galos, se vaticinaba observando la caída de la víctima: Al hombre que van a sacrificar le clavan una espada en el diafragma, y vaticinan unas veces según la caída, otras- según las convulsiones de los miembros, o según la salida de la sangre. Gracias a las noticias transmitidas por Estrabón (VII, :2, 3), se sabe que los cimbrios también obtenían oráculos de los intestinos y de la sangre de los prisioneros: vaticinaban según la caída en la crátera de la sangre, otras mujeres descuartizaban los cadáveres y del examen de los intestinos pronosticaban la victoria.
Los bretones, en cambio, vaticinaban manchando los altares con la sangre de los prisioneros y consultando a los dioses en las entrañas humanas (Tac. Ann. XIV, 30). Entre los germanos se vaticinaba sin sacrificios humanos (Tac. Germ. X); cuando se recurría a ellos el ritual era diverso (Str. VII). Los romanos imitaron en la Península varias veces la costumbre hispana de amputar las manos a los prisioneros (App. Ib. 69, 94).
El carácter que tenían entre estos pueblos los sacrificios humanos, cuando no eran ritos de adivinación, fue muy bien captado por César (BG. VI, 16): qui sunt adfecti grauioribus morbis quique in proeliis periculisque uersantur aut pro uictimis homines inmolant aut se inmolaturos nouent quod pro uita hominis nisi hominis uita reddatur, non posse aliter deorum inmortalium numen placari arbitrantur; idea. también expresada por Cicerón (Pro Font. XIV): Quam ob rem quali fide, quali pietate existimatis esse eos qui etiam deos inmortales
arbitrentur hominum scelere et sanguine facillime posse placari?
Los sacrificios humanos son, como se deduce de otros varios autores, ritos de redención (Lac. Plac. Com. St. Th. X, 793. Serv. Ad Aen. III, 57); con el mismo carácter también existieron entre los suevos (Tac. Germ. XXXIX) e incluso entre los romanos de la época de los Antoninos. En Roma los sacrificios humanos, en los casos de vestales sepultadas vivas por transgredir la obligación de guardar castidad o de cambio de sexo, no se intentaba castigar un delito, sino más bien eliminar una impureza que hacía peligrar las buenas relaciones de la sociedad con los dioses.
Los sacrificios humanos en la Península se usaban para una finalidad totalmente diferente de las prácticas adivinatorias, como era el sellar los pactos entre los pueblos. Lucio Cornelio Cethego se justificaba de la matanza de lusitanos hecha por él, porque estas gentes, a pesar de haber inmolado un hombre y un caballo, se preparaban para la guerra: una contra L. Cornelium Cethegum,in qua Lusitanos prope se castra habentis caesos fatetur, quod compertum habuerit, equo atque homine sua ritu inmolatis, per speciem pacis adoriri exercitum suum in animo habuisse (Liv. Per. 49).
En Cádiz, en la época de César todavía pervivía la costumbre de hacer sacrificios humanos, como se desprende del siguiente pasaje de Cicerón. Pr. Balb. XLIII; Inueteram quamdam barbariem ex Gaditanorum moribus disciplinaque deberit.
Estos sacrificios no se empleaban con la costumbre celta que examinamos, sino con ritos semitas 8 , al igual que el posible sacrificio de fundación de la acrópolis de Archena 9 y los sacrificios de personas de los que quedan huellas claras en los esqueletos metidos en urnas que Ramos Folqués encuentra en las excavaciones de Elche.
Dada la frecuencia de estos sacrificios en la Península, no es de extrañar el hecho atestiguado varias veces por las fuentes antiguas de haberse comido carne humana en los cercos de ciudades hispanas. (App. Ib. 96 ; Val. Max. VII, 6, 27, 3 ; Salust. Hist. III, 87 ; Diod. IV, 5, 4.) Después de leer estos ejemplos se comprende perfectamente los planes de Aníbal de alimentar a sus tropas que marchaban sobre Italia, la casi totalidad de ellas eran hispanas, con carne humana. (Pol. IX, 24, 6): a los soldados hay que acostumbrarles a alimentarse de carne humana. Un texto de Diodoro XIII, 5, 77, alusivo a la toma de Selinís por los cartagineses, 409 a. de Cristo, es de una importancia excepcional, ya que por él se sabe que la costumbre celta que tenían algunos pueblos europeos de cortar las manos a los enemigos y clavar las cabezas en las puntas de las lanzas, era conocida en la Península: según su costumbre, mutilaban los cadáveres; unos se ceñían el cuerpo con manos cortadas, otros blandían cabezas en las puntas de las lanzas y jabalinas.
Esta descripción recuerda muy de cerca lo que Livio X, 26, 11, escribe sobre la batalla de Sentinum, 215 a. De Cristo : Gallorum equites, pectoribus equorum suspensa gestantes capita et lanceis ouantesque moris sui carmina, o Tácito (Ann. I, 61) de la llegada de Germánico a Teotoburgo, donde yacían esparcidos los restos del ejército de Varo: adiacebant fragmina telorum equorumque artus, simul truncis arborum antefixa ora, y en general, las cabezas de los enemigos… cuelgan de clavos en los vestíbulos (Jacoby, F. G. H. II, 258).
De los textos aducidos referentes a sacrificios humanos en la Península Ibérica, se deduce, pues, que esta práctica estaba en vigor en pleno siglo I a. de Cristo. En Roma, donde no fueron raros los sacrificios humanos 10 a lo largo de todo el Imperio Romano, se prohibieron en el año 97 a. de Cristo. (Plin. NH. XXX, 12), pero se encuentran atestiguados todavía en las épocas de Domiciano (Plin, Epist. IV, 116 y Suet. Dom. VIII. Dio Cas. LXVII, 3; Phil. V. A. VII, 6), de los Ántoninos 11 y de Juliano 12. En la Gallia los sacrificios humanos se prohibieron, como en África, bajo Tiberio según Plinio (N H. XXX, 4) y bajo Claudio, según Suetonio (Claud. XXV). En realidad están documentados entre casi todos los pueblos de la antigüedad, además de entre los habitantes de Gallia (Pro Font. XIV; Dion. Cas. I, 38 ; Eus. Praep. Euang. IV, 16 y 18; Lact. Diu Inst. I, 21; Str. IV, 4; Diod. V, 31; Inst. XXVI, 22; Luc. Fars. I, 444-446; III, 404-405. Solino (XXI) es el único autor que niega tales sacrificios) y se descubren entre romanos y cartagineses, entre suevos (Tac. Germ. XXXIX), germanos (Tac. Germ. IX), gálatas (Diod. V, 32, 6), escordiscos (Amm. XXVII, 4, 1), y bretones (Tac. Ann. XIV, 30).
Según Plinio (NH. XXX, 4, 13) la costumbre de hacer sacrificios humanos de la Gallia pasó a Britannia; podían ser privados o públicos (Cas. B. G. VI, 16). Entre los etruscos los sacrificios humanos eran una de las ceremonias fúnebres, como parece inferirse de una escena representada en la tumba de los Augures 14. Los mismos, combates de gladiadores eran originariamente, como acertadamente escribe G. de Sanctis 15, una forma meno brutale e piu spettacolare dei sacrifici umani, con cui in tempi primitivi si onoravano defunti, non tanto per propiziarsene i Mani, quanto per migliozare le loco sorte d’oltretomba con sangue delle vittime, che si pensainfonda, alle anime quasi une nova. vita..
Este carácter explica satisfactoriamente que documentos más arcaicos de combates de gladiadores se encuentren en pinturas de tumbas 16 o sean juegos fúnebres. Se introdujeron en Roma, por vez primera, en el año 264 a. de Cristo, con motivo de la muerte de D. Q. Bruto por sus hijos (Liv. Per. XVI; Val. Max. 11, 4 ; Serv. Ad Aen. III, 67), que los copiaron de los etruscos, aquí sólo combatieron tres parejas de gladiadores, número, que subió en el funeral de M. Emilio Lépido, 216 a. de Cristo a veintidós parejas; a veinticinco en el año 200 a. de Cristo en el entierro de M. Valerio Leonio; a sesenta parejas en el año 183 a. de Cristo en los juegos fúnebres de P. Licinio Craso. Los romanos esparcieron este rito por todo el Mediterráneo, así aparece en las pompas fúnebres celebradas en Cartagena en honor del padre y del tío de Escipión (Liv. XX, 8, 21), de donde le tomarían los indígenas del centro de la Meseta, ya que se encuentra documentado en el entierro de Viriato, donde combatieron doscientas parejas de gladiadores (Diod. XXXIII, 21).
Las honras fúnebres típicamente iberas son las descritas por Livio (XXV, 17,4): alii ab Hannibale… tradunt in uestibulo. punicorum castrorum rogum extructum esse, armatum exercitum decucurrisse cum tripudiis Hispanorum motibus annorum et corporum suae euique genti adsuetis…
Sin embargo, a pesar de encontrarse los sacrificios humanos plenamente documentados dentro de la Península Ibérica, y de hallarse atestiguadas aquí las mismas costumbres de colgar la cabeza que en la Gallia, en un trabajo reciente 17, en que catalogamos y analizamos las representaciones de cabezas humanas de la Península concluimos, que salvo las encontradas en la Cibdá de Armea, todas las restantes representaciones no se las pueden llamar tête coupée, ni son cabezas trofeos, sino que responden a la costumbre celta estudiada por Jacobsthal de adornar los objetos con máscaras humanas 18.
Recientemente hemos conocido dos excelentes piezas que hoy publicamos por vez primera. Se trata de dos interesantes cabezas de piedra granítica halladas en el pueblo salmantino de Yecla, a unos 70 kilómetros de Salamanca, donde existe un magnífico castro romanizado con una colosal muralla, en territorios de vettones 19. En la proximidad del castro se encontraba la necrópolis que ha proporcionado multitud de lápidas romanas, en las inmediaciones de la muralla, en dirección del riachuelo que bordea parte del castro se encuentran sobre roca granítica unas insculturas que representan un rebaño de caballos 20, una pareja de caballos, también grabados sobre roca granítica, aún inéditos, se encuentra cerca de la muralla. Las cabezas aparecieron en unos prados, junto al actual pueblo y al camino que conduce al castro.
En la actualidad se encuentran empotradas a ambos lados de la ventana en una casa existente enfrente de la fuente, a la entrada del pueblo, y a la carretera de Vitigudino. Ambas cabezas poseen una prolongación, al igual que las dos procedentes de la Cibdá de Armea, que les permite empotrarse en la pared. Distan del suelo unos tres metros, medio del tejado y metro y medio entre ellas.
La cabeza colocada a la derecha de la ventana es de una tosquedad y rudeza grande. Los ojos son dos concavidades, sin ningún intento de señalarse las cejas o los párpados, ni el ojo propiamente dicho. La nariz es un mero resalte vertical, en el que los lados del contorno apenas se delimitan. La boca ha quedado reducida a una incisión longitudinal sin labios. No hay la menor señal de que el cantero que trabajó esta cabeza intentase señalar la presencia de la barba, pelo, bigotes, mandíbula inferior y oídos. La cabeza es de forma circular, pero está tan mal tallada que produce la impresión de encontrarse sin terminar. El lado izquierdo está poco rebajado, lo que produce la impresión de encontrarse esta parte hinchada.
El mismo defecto se observa en el lado inferior derecho. La cabeza situada a la izquierda de la ventana es también de forma circular. Probablemente la misma mano esculpió ambas piezas, pues en ésta también se nota cierta hinchazón en las mismas zonas que en la cabeza anterior. La boca se encuentra trabajada con idéntica técnica al igual que la nariz, cuyo lado derecho aquí está más acusado. Hay un intento de señalar las cejas, los ojos no son dos cuencas vacías, sino que contienen los ojos e incluso hay un intento de representar los párpados entornados, actitud que en la Península, adoptan la cabeza de la Cibdá de Armea, y que está documentada en la Gallia, (Entremont, Nages, Tarasque, Nîmes, Substantion) 21. Tampoco hay huella de haberse intentado señalar la barba, el pelo, el bigote, los oídos y la forma de la mandíbula inferior. La altura de esta segunda cabeza es de 25 cm. y su anchura de 26 cm. Las dimensiones de la primera son 27 y 26 cm. respectivamente.
En realidad pertenecen al mismo mundo que las halladas en la Cibdá de Armea, aunque de arte mucho más torpe. Poseen al igual que éstas y el Iano de Candelario 22, también recogido en la provincia de Salamanca, algunas de las características que según Jacobsthal (op. cit., 12 ss.) son típicas de las representaciones celtas de cabezas, como la carencia de oídos, la nariz en forma de triángulo con la base más ancha, mandíbulas sin barba; en todas cuatro faltan otras características que aparecen en el Iano de Candelario como el bigote de tipo «borgoñón» y un adorno que aquí son los cuernos. La importancia de estas cabezas salmantinas y de una gemela también conservada en el pueblo, empotrada en la pared exterior junto a la puerta principal de la casa de don Ricardo Hernández es grande; ellas son el mejor exponente del auténtico arte indígena de tradición europea, que encontraron los romanos entre los pueblos de la Meseta hispana; estas tres han aparecido en territorio de vettones, gentes que según Tovar 23, al igual que cántabros, astures, pelendones, y carpetanos, pertenecen a la más antigua capa indoeuropea de la Península. Carecen, como la cabeza del castro del Narla estudiado por Blanco, de todo arte y confirman el juicio que sobre el arte celta religioso escribió Lucano en su Farsalia (III, 412-413): simulacra maesta doerum arte carent caesisque extant informia truncis.
Son cabezas de carácter decorativo, debidas a la tendencia general del arte celta a adornar con máscaras humanas. No hay el indicio de que estas cabezas sean una institución de las auténticas que se conservaban clavadas o en los vestíbulos o en aceite de cedro; tampoco llevan ningún distintivo de los dioses celtas la life-crown 24.
Su parentesco con las dos halladas en la Cibdá de Ármea nos mueve a descartar la posibilidad apuntada por nosotros de que estos dos ejemplares últimos sean probablemente verdaderas «têtes coupées». Su importancia es grande también por pasar estos temas decorativos al arte románico 25, de lo que en la Península se conocen buenos ejemplares, como en la portada de la iglesia románica de Sangüesa, donde se encuentra un racimo de cabeza que recuerda un conjunto de Entremont. Un segundo ejemplar se halla en la portada de la iglesia de Puente la Reina con el tema tan céltico de partes del cuerpo tamaño mordidas por un felino.
1-2 Cabezas célticas del castro de Yelca, Salamanca

3. Portada de la iglesia de Santa María de Sangüesa.

4. Portada de la iglesia de Puente la Reina.
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ESPECIFICACIONES

1. P. Jacobsthal: Early Celtic Art, Oxford, 1944, cap. I. F. Benoit: L’art primitif méditerranéen de la vallée du Rhône, Paris, 1945; segunde éd., Aix-en-Provence, 1954; Le Cerbère de Gênes et les “têtes coupées” de la Narbonnaise, en Riv. di St. Liguri, XII, 1946, 80; Des chevaux de Mouriès aux chevaux de Roquepertuse, en Préhistoire, X, 1948, 137; La statuaire d’Entremont, en Riv. di St. Liguri, XIV, 1948, 64; La estatuaria provenzal en sus relaciones con la estatuaria ibérica en la época prerromana, en Arch. Esp. de Arqueol., XXII, 1949, 113; La victoire sur la mort et le symbolisme funéraire de l’Anguipéde, en Latomus, VIII, 1949, 263; L’aire méditerranéenne de la «tête coupée», en Revue d’Études Ligures, XV, 1949, 243; L’art méditerranéenne de la «tête coupée». Note additive, ibid., XVII, 1951, 38; Le problème de l’influence de la Grèce archaïque en Méditerranée occidentale et la statuaire d’Entremont, en Atti 1.º Congr. Intern. di Preist. e Protost. Mediterr. 1950, Florence, 1952, 430; L’Ogmios de Lucien, la «tête coupée» et le cycle mythologique irlandais et gallois, en Ogam, V, 1953, 33; Monstres hippophores méditerranéens et «Cavalier a l’Anguipéde» gallo-romain, en ibid., 1954, 299. M
Renard: Les «têtes coupées» d’Entremont, en L’Ant, Class., XVI, 1947, 307; Des sculptures celtiques aux sculptures médiévales. «Têtes coupées», en Latomus, VII, 1948, 235;
Des sculpt. celt. aux sculpt. méd. Fauves androphages, en Hommages à J. Bidez et à Fr. Cumont, Bruselas, 1949, 277;
La louve androphage d’Arlon, en Latomus, VIII, 1949, 255; Sphinx ravisseuses et «têtes coupées», ibid., IX, 1950, 303; Poteries à masques prophylactiques. À propos des vases «planétaires », ibid., XIV, 1955, 202.
P. Lambrechts: L’exaltation de la tête dans la pensée et dans l’art des Celtes, Brujas, 1954. Dieux-têtes, en Latomus XIV, 1955, 202 ss. Ambiances méditerranéennes. Quelques nouveaux exemples de transmission de prototypes d’Orient en Occident I. La «tête coupée» apotropaïque de Porquerolles, en Ogam XII, 1960, 176 ss.
S. Stucchi: Le «tête coupée» e la raffigurazione delle morte nell’ambiente mediterraneo, en Forum Iulii, 1951, 17 ss.

2. Arch. Esp. de Arqueol., XVI; 1943, 157 ss.

3. A. Blanco: Cabeza de un castro del Norte. Notas sobre el tema de la cabeza humana en el arte céltico, en Cuad. Est. Gall., XXXIV, 1956, 159 ss.

4. A. Balil: Cabezas cortadas y cabezas trofeos en el Levante español, en Congreso internacional de Ciencias prehistóricas y Protohistóricas, Actas de la IV sesión, Madrid, 1954,
871 ss.

5. F. Benoit: L’art primitif méditerranéen, lám. XXXIII. Probablemente la representación más antigua de la caza de cabezas se encuentra en una losa sepulcral extremeña, en la que a un guerrero le pende un objeto redondo, que Mac White (Sobre unas losas grabadas en el Suroeste de la Península Hispánica y el problema de los escudos de tipo Herzsprung, en Homenaje a Julio Martínez Santa-Olalla, 1947, 161), y Pittioni interpretan como representación de un espejo. J. Ramón y Fernández Oxea (en Arch. Esp. de Arqueol., XXVIII, 1955, 272) y Hawkes (en Ampurias, XIV, 1952, 100, n. 109) creen que se trata de la representación de una cabeza amputada al enemigo.
6. A. García y Bellido: Arte Romano, Madrid, fig. 678; P. Romanelli: La colonna Traiana, Roma, 1942, núms. 60, 75.

7. La igualdad de rito en la adivinación entre los celtas de la Gallia y los lusitanos se debe a que estos últimos son también celtas, según la documentada tesis de Lambrino (Les Lusitaniens, Euphrosyne, 1957, 117 ss.) ya propuesta por Schulten (FHA, VI, 212), contraria a la hipótesis tradicional que los cree íberos. Bosch-Gimpera, Etnología de la península ibérica, Barcelona, 1932, 601. Este autor últimamente (Los iberos, CHE, IV, 1948, 89) se inclina por la teoría de que los lusitanos es un pueblo emparentado con los estratos étnicos indígenas preibéricos de toda la Península, por lo tanto no serían iberos, J. Maluquer: Pueblos celtas, en Historia de España. España prerromana, Madrid 1954, 27 s.; el autor admite una gran influencia del elemento celta en esta región sobre la cultura lusitana. Cf. J. Caro Baroja: Los pueblos de España, Barcelona 1946, 199 ss. Sobre las penetraciones célticas en la Península Cf. Tovar: Las monedas de Obulco y los celtas en Andalucía, en Zephyrus III, 1952, 219 ss.; Las invasiones indoeuropeas, problema estratigráfico, Zephyrus VIII, 1957, 77; Bosch-Gimpera: Les mouvements celtiques, essai de reconstruction, EC. 1950-51; 1953-54; A. Beltrán; La índoeuropeización del Valle del Ebro, en Primer Symposium de Prehistoria de la Península ibérica, Pamplona, 1960, 123 ss.

8. Gh. Picard : Les religions de l’Afrique Antique, Paris, 1954, 130.

9. D. Fletcher: Un posible sacrificio fundacional en la ciudad ibérica de Archena, CHP, I, 1947, 40 ss.

10. J. M. Blázquez: La religiosidad de los pueblos hispanos vista por los autores griegos y latinos, en Emerita XXVI, 1958, 87 ss. F. Altheim: El sacrificio de los Decios. Inv. Progr. XIII, 1942, 9 ss. P. Arnold: Les sacrifices humains et la deuotio à Roma, Ogam IX, 1957, 27 ss.

11. J. Tontain: Les cultes païens dans L’Empire Romain. III, Paris, 1918, 397 ss.

12. N. Massalsky: Los sacrificios humanos del emperador Juliano en Hungría. Inv. Progr. XIII, 1942, 354 ss.

13. Entre los autores actuales A. Bayet: Les sacrifices humains en Gaule, en Actes Congrès Hist. Rel. Paris 1925, II, 178 ss., se ha esforzado en demostrar que en la religión gala no eran los sacrificios humanos más frecuentes que en la romana, tesis insostenible.

14. G. Giglioli: L’arte etrusca, Milán 1935, lám. CIX, 2; F. Poulsen: Etruscan Tomb Paintings, Oxford 1924, fíg. 4.

15. Storia dei Romani, Florencia, 1954, IV, 342.

16. P. C. Sestieri; Tombe dipinte di Paestum, Riv. Ist. Nac. Arch. St. Art. 1956-57, 65 ss.

17. J. M. Blázquez: Sacrificios humanos y representaciones de cabezas en la Península ibérica, en Latomus, 1958, XIX, 27 ss. Los pies de las figuras 7 y 8 se encuentran cambiados. La cabeza de Adrona Veroti representa un guerrero probablemente.

18. Seguramente la representación más antigua de la caza de cabezas se encuentra en una losa sepulcral hallada en Extremadura, como se dijo; ello confirmaría la hipótesis propuesta por Bosch-Gimpera (La Edad del Bronce en la Península Ibérica, AEArq. XXVII, 1954, 87) de que estas estelas pertenecen a sepulturas de guerreros celtas.

19. J. Maluquer: Carta arqueológica de España. Salamanca, Salamanca, 1956, 121 ss.

20. J. M. Blázquez: Chevaux et Dieux. dans l’Espagne antique, en Ogam. XI, 1959, fig. 53.

21. F. Benoit: L’art primitif méditerranéen de la Vallée du Rhône, Láms. XII, XVIII, 3; XIX; XXII; XXXII; LX-LXI. A. Varagnac – G. Fabre: L’art Gaulois, Paris, nos. 14, 16-20, 36- 37, 60. T. G. Powell: The Celts, Londres, 1959, núms. 64-66. R. Pernond: Les Gaulois, 1957, 50, 66, 73, 94, 163.

22. J.M. Blázquez: Sacrificios humanos y representaciones de cabezas en la Península
Ibérica, 42.

23. Estudios sobre las primitivas lenguas hispanas, Buenos Aires, 1949, 196.

24. F. Benoit: Dieux-têtes.

25. F. Benoit: Têtes coupées de l’époque grecque au Moyen Age, en Cah. Lig. Preh. Arch. VIII, 1959, 143 ss. G. Troescher: Keltisch-germanische Götterbilder des romanischen Kirchen, en Zeitschrift für Kunstgeschichte XVI, 1951, 1 ss.; Ein Bay: Crisches Kirchen Portan und sein Bilderkreis. Keltisches Mediterranes und die Symbole der menschlidren Laster in der romanischen Bauplastik, en Zeitschrifts für Kunstgeschichte XVII, 1954, 1 ss.
Además los trabajos citados de Renard en la nota 1. A. Varagnac – G. Fabre, op. cit., 279 ss.
A. Weitnaner : Keltisches Erbe in Schwaben und Baiern.

26. C. Milton: La portada de Santa María la Real de Sangüesa. Prínc. Viana. XX, 1959, 139 ss.

artículo extraido de la biblioteca Cervantes virtual

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