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Napoleón Bonaparte

DE BONAPARTE A NAPOLEÓN

1. NAPOLEÓN BONAPARTE

Napoleón nació el 15 de agosto de 1769 en Ajaccio (Córcega) y recibió el nombre de Napoleone. Era el segundo de los ocho hijos de Carlos Bonaparte y Letizia Ramolino, miembros ambos de la pequeña burguesía corso-italiana. Su padre trabajaba como abogado y luchó por la independencia de Córcega; después de que los franceses ocuparan la isla en 1768, ejerció como fiscal y juez e ingresó en la aristocracia francesa con el título de conde. Gracias a la influencia de su padre, la formación de Napoleón en Brienne y en la Escuela Militar de París estuvo subvencionada por el propio rey Luis XVI. Terminó sus estudios en 1785 —a los 16 años— y sirvió en un regimiento de artillería con el grado de teniente.

Napoleón en Egipto

Napoleón en Egipto

Una vez que dio comienzo la Revolución Francesa, pasó a ser teniente coronel de la Guardia Nacional corsa (1791); sin embargo, cuando Córcega declaró su independencia en 1793, Bonaparte, decididamente partidario del régimen republicano, huyó a Francia con su familia. Fue nombrado jefe de artillería del ejército encargado de la reconquista de Tolón, una base naval alzada en armas contra la República con el apoyo de Gran Bretaña (que junto a Prusia, Austria, Holanda y España, tras la declaración de guerra francesa a ésta última, habían constituido la Primera Coalición contra Francia en 1793). Reemplazó a un general herido, y, distribuyendo hábilmente sus cañones, expulsó del puerto a las naves británicas y reconquistó finalmente esta posición. Como recompensa por su acción Bonaparte fue ascendido a general de brigada a la edad de 24 años. En 1795 salvó al gobierno revolucionario restableciendo el orden tras una insurrección realista desatada en París. En 1796 contrajo matrimonio civil con Josefina de Beauharnais, viuda de un aristócrata guillotinado durante la Revolución y madre de dos hijos.

Durante la Revolución

El instinto de conservación puso fin al régimen terrorista y sustituyó la Cons­titución de 1793 por otra que ponía al frente de la República un Directorio con dos cámaras: el Consejo de los ancianos y el Consejo de los 500.

El costo de la vida seguía empeorando y la miseria de las clases populares llegó al máximo.

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Napoleón Bonaparte y la Bandera de la Revolución

Ante esta situación, los monárquicos y los demócratas atacaban al Directorio; éste recurrió a las gentes honradas, o sea a la burguesía, pero halló que no tenía fuerza suficiente; por ello tuvo que recurrir al ejército.

A partir de este momento comenzaron los golpes de Estado contra el Direc­torio; y lo más grave fue la división del ejército entre quienes se proponían con­tinuar la guerra y los partidarios de una contrarrevolución en el interior de Francia.

A comienzos de julio de 1794, por instigación de Bonaparte, las tropas del ejér­cito de Italia empezaron a enviar peticiones para solicitar que tanto los realistas como los moderados fueran eliminados.

El Directorio llamó en 1795 al general Bonaparte a París. El, prudentemente, enváó a uno de sus generales de división, acompañado por soldados que según se dijo viajaban con permiso. El Directorio, así fortalecido, anuló todas las leyes reac­cionarias y puso en vigor las revolucionarias. Napoleón Bonaparte había nacido en Ajaccio (Córcega) en 1769; casado recientemente con Josefina, estaba casi en la miseria cuando fue llamado para defender al Directorio. Nombrado general de división, recibió poco después el mando del cuerpo del ejército de Italia, que según uno de sus oficiales, “le abrió las puertas de la gloria”.

Entre los altos oficiales franceses, Bonaparte era considerado como un general político: su personalidad era autoritaria en el combate y comprensiva y cordial cuando no había lucha; esto le permitió convencer a sus 40.000 soldados de que podrían conseguir al mismo tiempo gloria y medro personales.

El 9 de noviembre de 1799, Napoleón es nombrado jefe del ejército de Paris. Con un enorme protagonismo gracias a sus campañas en Italia y Egipto, respaldado por la burguesia moderada del Directorio, participa en el golpe de estado que tiene lugar el 18 de brumario, poniendo fin al régimen del Directorio.

El 9 de noviembre de 1799, Napoleón es nombrado jefe del ejército de París. Con un enorme protagonismo gracias a sus campañas en Italia y Egipto, respaldado por la burguesía moderada del Directorio, participa en el golpe de estado que tiene lugar el 18 de brumario, poniendo fin al régimen del Directorio.

Audaz y rápido en la acción militar, en 15 días ocupó la región de Piamonte, después de dos victorias sobre los austríacos y dos sobre los piamonteses, a quienes obligó a aceptar un armisticio. Más tarde obligó al Papa a renunciar a Avignon y al Condado; luego tomó a Lombardía y sus tropas penetraron en Milán para des­pués vencer a los austríacos y obligarlos a firmar el armisticio de Leoben.

Bonaparte en solo un año de campaña, consiguió 10 victorias, obtuvo indemni­zación por más de 50 millones, se llevó las obras italianas, mantuvo un ejército formado por más de 40.000 hombres y obligó a firmar tratados de paz según su voluntad y condiciones.

Mientras el Directorio se preocupaba por la frontera de Renania, Bonaparte, sin abandonar el Rhin, concedía máxima importancia a Italia, pensando en una política mediterránea: formó la república Cisalpina; estableció en Génova la república de Liguria, anexó a Francia las islas Jónicas y tomó posesión de los Países Bajos; todos estos hechos lo presentan como el hombre indispensable en la época, con :oda la opinión pública francesa a su favor.

Inglaterra era el único enemigo, Napoleón no confiaba en un desembarco de tropas y jugó políticamente. Ofreció a Pablo I de Rusia el dominio en los Balcanes y la entrega de Malta. El zar ruso se unió a Suecia, Dinamarca y Prusia en una liga neutral.

En Inglaterra, a pesar de los beneficios que obtenía de la guerra, existía una opinión pública desfavorable a ella. El costo de la vida seguía subiendo; las malas cosechas obligaron a importar alimentos; hubo desórdenes públicos que fueron acallados por el ejército.

Inglaterra devolvió a Francia sus antiguas colonias, conservando solamente el Ceilán holandés y la Trinidad española.

Nombrado en 1808 rey de Nápoles por su cuñado, el emperador Napoléon I Bonaparte, Joachim Murat

Nombrado en 1808 rey de Nápoles por su cuñado, el emperador Napoléon I Bonaparte, Joachim Murat

El ejército francés en Egipto capituló y fue devuelto a Turquía. En cuanto a Malta, quedó bajo la garantía de seis potencias europeas.

Por primera vez, después de diez años, se había restablecido la paz en Europa. El héroe de esta hazaña era Napoleón Bonaparte. Aun en Inglaterra se ilumina­ron las ventanas de las casas, y el pueblo gritó: “¡Viva Bonaparte!”.

En Francia, el pueblo adquirió el pleno convencimiento de que la Revolución había terminado.

La República consular iba transformándose en monarquía disimulada. A par­tir de 1802 comenzó una era de estabilidad para Francia. La organización de la gendarmería restableció el orden público. El Estado favorecía el desarrollo agrí­cola, mejoró la red de comunicaciones y caminos. La industria entró en período de prosperidad.

Bonaparte tenía en sus manos un poder igual al de un monarca, le faltaba únicamente el título. Resucitar la palabra Rey era contrario al sentimiento francés, pero el nombre de Emperador hacía pensar más en poder territorial que en poder político; solamente faltaba un pretexto que lo ofrecieron los realistas, al preparar un complot para derribarlo, el cual fue conocido y desbaratado. En 1804, a pro­puesta de uno de los tribunos, fue proclamado Emperador hereditario con gran entusiasmo de casi toda Francia.

El 2 de diciembre se hizo ungir en París por el Papa Pío VII; pero la corona no quiso recibirla del

Napoleón durante la Coronación

Napoleón durante la Coronación

Pontífice, sino que él mismo se la ciñó; así, Bonaparte quedó transformado en Napoleón Primero.

Napoleón Bonaparte fue el genio militar más brillante del siglo XIX, pero también una de sus figuras más controvertidas. Conquistó la mayor parte de Europa occidental para Francia e instituyó reformas en estos nuevos territorios a fin de garantizar las libertades civiles y mejorar la calidad de vida. Fue coronado emperador de Francia en 1804 y estimuló al país implantando reformas para unificar a la nación, dividida por la revolución; muchas de las cuales perduran en la actualidad, como son las garantías referentes a las libertades civiles.

Cronología: Napoleón I Bonaparte

1769 Nace el 15 de agosto en Ajaccio (Córcega).
1785 Finaliza sus estudios en la Escuela Militar de París.
1793 Asciende a general de brigada, por méritos de guerra.
1795 Salva a la Convención Nacional (el gobierno revolucionario republicano francés) de una insurrección parisina.
1796 Contrae matrimonio con Josefina de Beauharnais. Es nombrado comandante de los ejércitos franceses en Italia, donde obtiene numerosas conquistas.
1798 Conquista de Egipto.
1799 Fracasa en la conquista de Siria y regresa a Francia. Noviembre: los días 9 y 10 encabeza un golpe de Estado (el de brumario) que derroca al Directorio y establece el Consulado. Es nombrado primer cónsul, con lo que pasaba a ser el principal gobernante de Francia, con poderes dictatoriales.
1800 Derrota a los austriacos en la batalla de Marengo. Consolida sus conquistas territoriales en el norte de Italia. Ordena el comienzo de la redacción de la codificación de los derechos fomentados por la Revolución Francesa: el Código de Napoleón.
1802 Se convierte en cónsul vitalicio.
1804 Se proclama emperador.
1805 Derrota a los austriacos y a los rusos en la decisiva batalla de Austerlitz.
1806 Nombra a sus hermanos reyes de Holanda y de Nápoles, se proclama a sí mismo rey de Italia, establece la Confederación del Rin (que quedará bajo su protección) y pasa a controlar Polonia. Decreta el llamado Sistema Continental con el objeto de bloquear el comercio británico y llevar así a esa nación a la bancarrota.
1807 Invade Portugal.
1808 Convierte a su hermano en el rey de España como José I. Comienzan las guerras de la Independencia española y portuguesa, que se prolongarán seis años y enfrentarán en la península Ibérica a las fuerzas napoleónicas con los británicos y los ejércitos de los respectivos países en conflicto.
1809 Derrota a los austriacos en Wagram y crea las Provincias Ilirias.
1810 El Imperio napoleónico obtiene su máxima extensión. Tras repudiar a Josefina, se casa con la archiduquesa de Austria María Luisa, hija del emperador austriaco Francisco I. El hijo de ambos nace al año siguiente (Napoleón II) y es nombrado rey de Italia.
1812 Emprende la infructosa campaña de Rusia. Su retirada desastrosa a las puertas de Moscú coincide con la unión de toda Europa contra Napoleón.
1814 Abdica y se dirige a su exilio de la isla mediterránea de Elba.
1815 Escapa de Elba y, tras marchar sobre París, da comienzo a su periodo de gobierno conocido como de los Cien Días. Es definitivamente derrotado en la batalla de Waterloo, el 18 de junio. Se le recluye, poco después, en la isla atlántica de Santa Elena.
1821 Fallece en Santa Elena, el 5 de mayo. 19 años después, sus restos serán trasladados a París y enterrados con grandes honores.

LA CONQUISTA DE EUROPA

2. INSTRUMENTOS DE CONQUISTA

Napoleon

Napoleon

Desde que tomó la totalidad del poder, Napoleón manifestó una confianza absoluta en su destino, como conquistador, y decidió llevar las fronteras de Fran­cia hasta los confines de Europa. Para realizar sus planes contaba con el “gran ejército”.

Realmente no era un ejército nacional; gracias a la ley de 1798, el servicio mi­litar era obligatorio y duraba 5 años. Las gentes ricas podían pagar para que otra persona prestara el servicio militar. La incorporación de soldados en los países va­sallos tenía como consecuencia una tropa sin gran devoción de servicio.

El armamento era anticuado. El fusil de 1777, que todavía se utilizaba, sólo tenía 200 metros de alcance y alcanzaba a un máximo de cuatro disparos por mi­nuto. La artillería disponía de cañones del modelo Gribeaural, con 600 metros de alcance y dos proyectiles por minuto.

El sistema de avituallamiento e intendencia no era eficaz, porque, en la ma­yoría de las ocasiones, era prestado por compañías privadas.

El servicio de sanidad militar era insuficiente. Los heridos recibían poca aten­ción, faltaban medios de transporte y evacuación y las epidemias diezmaban las tropas.

La instrucción militar era mínima y se esperaba más de la audacia y el coraje que de la disciplina y la táctica.

3. LA ECONOMÍA DE GUERRA

Napoleón sabía bien que la guerra no es posible sin disponer de dinero su­ficiente para financiarla; comprendía también que aumentar los impuestos o crear otros nuevos, en una época en que la situación financiera del Estado aún era dé­bil, sería una política impopular. Se decidió por impuestos indirectos como los es­tablecidos sobre el consumo de bebidas alcohólicas, sobre la sal y el tabaco.

No obstante, estas entradas eran insuficientes para alimentar las campañas mi­litares. Estimó que la guerra misma podía producir el dinero necesario, y aun pro­porcionar para equilibrar las finanzas del Estado francés.

3.1 LA FINALIDAD DE LA GUERRA

La primera preocupación fue la de mantener la integridad del territorio fran­cés. En segundo plano, pero de decisiva importancia, era necesario sustituir a In­glaterra en el dominio del comercio europeo.

Ideológicamente, la idea de Napoleón fue la de resucitar el Imperio Romano de Occidente. En diferentes ocasiones habló de Carlomagno como “nuestro ilus­tre predecesor”. Más tarde, eligió a -Roma como segunda capital y dio a su hijo el título de Rey de Roma; pero en definitiva, Napoleón pensó en poder crear la unidad política del mundo occidental.

4. LA REACCIÓN DE SUS ADVERSARIOS

La mayoría de los países europeos veían en Napoleón la imagen de la revo­lución. Así, más que una lucha de Estado contra Estado, fue la lucha de la ideo­logía monárquica del viejo régimen, con sus formas aristocráticas, contra el nuevo régimen igualitario y burgués de la Revolución Francesa.

El mayor enemigo era la Inglaterra de 1804, que veía amenazada su economía también burguesa y ya capitalista. Este país se embarcó en una guerra a muerte contra Francia, como única forma para sobrevivir.

Para Napoleón fue una suerte que Europa no formara un bloque unido en los primeros años de su imperio. Prusia y Austria combatieron sin éxito, y dejaron un campo fácil para la conquista napoleónica.

5. LA COALICIÓN DE 1805

Desde 1803, Inglaterra buscó con impaciencia sus posibles aliados en el con­tinente. En 1805, el zar Alejandro I de Rusia, temeroso de la ambición de Napo­león con respecto a Constantinopla, se comprometió a luchar con Inglaterra.

Alejandro I influyó sobre Suecia y Austria y presionó sobre sus gobiernos, pues la costa sueca de Pomerania era importante y útil para la coalición, y los te­rritorios austríacos constituían el centro de gravedad europeo, desde donde, en siglos anteriores, los Habsburgo habían establecido el control de Europa.

Francisco II de Austria tenía el título de Emperador que ahora Napoleón le disputaba. Además, la intervención francesa en Italia invadía la antigua esfera de dominio de los Habsburgo; Napoleón había creado el reino de Italia y dado la corona a su yerno Eugenio de Beauharnais en calidad de Virrey. Por otra parte, la zona milanesa había sido convertida en tres departamentos franceses.

En el año de 1805, los Borbones de Ñapóles entraron en la coalición contra Francia. El resto de los Estados del antiguo Sacro Imperio decidieron quedarse a la expectativa de los sucesos.

Únicamente Baviera tomó el partido en favor de Francia; inmediatamente los austriacos la invadieron sin previa declaración de guerra.

6. LAS OPERACIONES MILITARES

Almirante Horacio Nelson

Almirante Horacio Nelson

Napoleón había abandonado la idea de invadir a Inglaterra porque Francia no disponía de buques suficientes para enfrentarse a la escuadra inglesa; además, las flotas españolas y francesas fueron derrotadas por el almirante Nelson en Trafalgar; y desde entonces, Inglaterra se impuso como potencia marítima que mantendría la supremacía británica en los mares.

Abandonada la idea de un desembarco en Inglaterra, Napoleón atacó en el continente con una rapidez insospechada a los rusos y los austriacos.

Primero envió a marchas forzadas, hacia Baviera, los siete cuerpos que com­ponían “el gran ejército”. Aprovechó el movimiento lento de las tropas rusas, atra­vesó el Rhin antes de su llegada y pudo rodear a las tropas austriacas al mando del general Mack, venciéndolo en forma fulminante. Esta campaña sólo duró catorce días.

Mientras tanto, las tropas francesas, al mando de Murat, tomaron a Viena y Napoleón penetró en Moravia para atacar al grueso de los ejércitos austriacos y rusos. El 2 de diciembre de 1805, gracias a la rapidez del ejército francés, los austro-rusos fueron totalmente derrotados en la batalla de Austerlitz. El ejército ruso se batió en retirada y Francisco II se vio obligado a firmar la paz de Presburgo en diciembre de 1805.

7. EL TRATADO DE PRESBURGO

En el tratado impuesto por Napoleón a Austria, esta nación perdió los Estados del sur de Alemania, Bade, Wurtemberg y Baviera. Así, Napoleón se adueñaba de las regiones claves para el paso a través de los Alpes. El mismo tratado eliminó el poderío austríaco en Italia; Napoleón puso las bases para el gran Imperio.

LA CONQUISTA DE EUROPA

1. LA COALICIÓN DE 1806 A 1807

En enero de 1806 parecía que se había conseguido la paz general. Se estable­cieron negociaciones con Inglaterra, pero no fue posible llegar a una solución. La eliminación de la fuerza austríaca, que parecía debilitar a los enemigos de Francia, se vio reforzada por la entrada de Prusia.

La victoria sobre Austria facilitó la idea de Napoleón: crear el gran imperio: Napoleón nombró reyes y fabricó tronos: Su hermano Luis es el nuevo rey de Holanda; José es el rey de Ñapóles, y los Borbones tienen que refugiarse en Si­cilia.

Toda Italia fue ocupada; al Papa le quedaron sólo restos de sus antiguos Es­tados Pontificios.

En Alemania se produjo una transformación total, cuando los gobernantes, colocados por Napoleón en una serie de matrimonios con nobles alemanes, esta­blecieron y reforzaron nuevas dinastías. El año 1806, se agruparon dieciséis Esta­dos alemanes en la Confederación del Rhin. El ejército de esta confederación que­dó al servicio de Napoleón, quien tomó el título de Protector.

El 6 de agosto de 1806, el Sacro Imperio Romano-Germánico desapareció des­pués de 8 siglos de existencia, y el Emperador Francisco II pasó a llamarse sola­mente Francisco I de Austria.

2. LA POLÍTICA DE PRUSIA

El rey de Prusia, Federico-Guillermo III, mantenía una alianza con Rusia desde 1804, y los ejércitos rusos pudieron pasar por territorio prusiano en 18 Pero la victoria de Austerlitz sirvió para crear una alianza entre Francia y Prusia,] reforzada cuando Napoleón entregó a Prusia los territorios de Hannover, quita-1 dos a Inglaterra.

Ahora bien, cuando Napoleón creó la Confederación del Rhin, Federico-Guillermo III se sintió amenazado y envió a Napoleón un ultimátum que era realmente inaceptable.

3. LA ELIMINACIÓN DE PRUSIA Y LA DERROTA RUSA

En el otoño de 1806, la campaña de Napoleón en Prusia fue fulminante. El rey de Prusia creía poseer aún el mejor ejército de Europa; pero no contaba con la rapidez de movimientos del ejército francés. Cometió el mismo error que Aus­tria: atacó a Napoleón antes de que el ejército ruso ¿e le hubiese unido.

El 14 de Octubre de 1806, Napoleón destrozó las tropas prusianas que entra­ron en la batalla de Jena. El mismo día, los franceses, al mando de Davout ani­quilaron a los prusianos en Auerstaedt. El 27 de octubre Napoleón entraba triun-falmente en Berlín. Prusia había sido eliminada en menos de dos meses.

En julio de 1807 el zar Alejandro de Rusia y Napoleón firmaban la paz de Tilsitt.

El zar sabía que sus tropas desconfiaban de los oficiales y sentía descontento por no haber recibido la ayuda esperada de los ingleses. Napoleón deseaba un des­canso para sus tropas y temía que la fidelidad de España para Francia pudiese fracasar. Por otra parte, deseaba la paz para rehacer las finanzas francesas con los impuestos que podían recaudarse en los territorios conquistados que Prusia aca­baba de perder.

4. EL BLOQUEO CONTINENTAL

Napoleón decidió utilizar contra Inglaterra una arma nueva: el bloqueo con­tinental, que prohibía a los países del continente el comercio con Inglaterra.

La respuesta inglesa para intimidar a los países neutrales fue la de bombar­dear la ciudad de Copenhague y confiscar la flota danesa. La respuesta de Napo­león consistió en dictar dos decretos en los que le decía que cualquier buque que viniese dt Inglaterra sería confiscado y que toda nave que aceptase condiciones sería capturada.

Napoleón sabía que Inglaterra podía conseguir, gracias a su armada, los ali­mentos que necesitase; pero que, al imposibilitar el comercio de Inglaterra con el continente, provocaría una crisis económica de la que esperaba la sumisión de los ingleses.

En apoyo de su política continental, Napoleón logró que Prusia, Austria y Rusia declararan la guerra a los ingleses. Era una declaración apenas simbólica, pero le dejaba las manos libres para anexionar a Francia otros territorios de Europa.

5. LA POLÍTICA DE ANEXIONES

En Italia, por intermedio de José, Francia dominaba el reino de Ñapóles y había creado el gran ducado de Toscana, confiado a Elisa. Napoleón entró en con­flicto con el Papa Pío VII, quien rehusó cerrar sus puertas a los ingleses; en con­secuencia, el general Miollis ocupó a Roma, y un año más tarde, el Papa fue de­tenido e internado en Savona y los Estados Papales se transformaron en dos de­partamentos.

En Holanda se obligó al rey a ceder la región de Zelandia. Al abdicar Luis y refugiarse en Austria, se dividió Holanda .en departamentos; y Amsterdam, con París y Roma, fue la tercera capital importante del Imperio.

El año de 1810 el gran puerto alemán de Hamburgo fue anexado, y las costas, alemanas del mar del norte quedaron bajo el control francés.

Para conseguir el bloqueo de Inglaterra, Napoleón se vio forzado a continuar las anexiones.

6. LA INVASIÓN DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

Para completar el bloqueo, Napoleón necesitaba tomar a Portugal, cuya posi­ción estratégica era favorable a los ingleses, quienes lo tenían como base económica.

Ahora bien, la conquista de Portugal suponía la facilidad de pasar por Es­paña. Napoleón despreciaba a la familia real española y al primer ministro Godoy, de quien desconfiaba.

Pensó entonces que los españoles no ofrecerían resistencia y que aceptarían la

Constitución Imperial; creyó que España, por vivir de sus viejas glorias, por no contar con un ejército moderno, y por haber perdido su escuadra, al apoyar a la escuadra francesa en el intento de invasión a-Inglaterra, sería un país fácil de con­quistar. Pero no: por primera vez Napoleón cometía un error de apreciación, que no tardó en ser fatal para su imperio.

Obtuvo el acuerdo del gobierno español para lanzar sobre Portugal el ejército comandado por Junot, formado por 25.000 hombres. Pero durante el viaje, los en­fermos y los desertores redujeron la fuerza a unos 5.000 soldados que, el 30 de no­viembre de 1807, llegaron a Lisboa, un día después que la familia real se había embarcado para Brasil.

LA guerra en España

1. LOS SUCESOS DE ARANJÚEZ

Para lograr que el gobierno español le dejara pasar las tropas francesas por su territorio, Napoleón ofreció un principado a Godoy, primer ministro de España.


Carlos IV de España

Carlos IV de España

Cuando pasaron las tropas de Junot rumbo a Portugal, Napoleón envió tres cuerpos de ejército más, bajo el mando de su cuñado Murat, con el pretexto de ayudar a esta primera expedición. Las tropas francesas entraron en Madrid el 23 de marzo de 1808.

En España se produjo un levantamiento patriótico que hizo responsable a Godoy de la ocupación francesa. Godoy fue detenido y encarcelado en Aranjuez. El rey de España, Carlos IV, atemorizado por los sucesos, abdicó la corona en fa­vor de su hijo

Fernando quien como rey pasó a ser Fernando VII

Como príncipe de Asturias y antes de llegar a ser Fernando VII, éste se había opuesto al partido que en la Corte capitaneaba Godoy, favorito de la reina María Luisa. Más aún: había manifestado a Napoleón el deseo de casarse con una prin­cesa de la familia Bonaparte, para deshacerse de Godoy y pasar incondicionalmente al servicio del Emperador. Posiblemente esta descomposición interna de la fami­lia real, indujo a Napoleón a creer que sería fácil deshacerse de la dinastía española.

Al abdicar Carlos IV, se trasladó a Bayona, en Francia, con toda su familia, y acompañado por Godoy, mientras Fernando VII entraba en Madrid al tiempo que lo hacían las tropas francesas.


fernandoVII

fernandoVII

El pueblo madrileño vio con inquietud el éxodo de la familia real. La situa­ción se agravó, cuando Fernando VII, por insinuación de Murat, salió hacia Bur­gos, donde debía reunirse con Napoleón. Al llegar a esta ciudad y no encontrar allí al Emperador, siguió hacia Vitoria, donde tampoco se cumplió la cita. Allí los acompañantes de Fernando VII le aconsejaron que siguiera hacia Bayona, donde se encontraba toda la familia real española.

El pueblo consideraba que el rey no debía abandonar el territorio español.

Quedaban en Madrid los infantes. Tuvo el pueblo noticia de que también estos preparaban su salida; y, como protesta, se agrupó ante el palacio. Murat, actuando como si fuese el soberano, dio a sus tropas órdenes de castigar a los manifestantes.

La reacción del pueblo contra los franceses, apoyada por la guarnición del par­que de artillería al mando de los oficiales Daoiz y Velarde, se conoce como “El dos de mayo” por ser la fecha del levantamiento.

Murat, que esperaba el trono de España, reaccionó violentamente y el tres de mayo se adueñó de la situación, después de una serie de ejecuciones sumarias y brutales.

Al conocerse estos hechos en el resto de España, el país entero se rebeló contra Napoleón y comenzaron a formarse las juntas provinciales, encargadas de encauzar la resistencia.

2. LOS SUCESOS DE BAYONA

En Bayona se reunió la familia real con Napoleón. Las conversaciones entre Carlos IV y su hijo Fernando fueron agrias. Napoleón propuso que Fernando re­nunciara a sus derechos como heredero, y el resultado real fue que Fernando VII quedó en calidad de “huésped cautivo”, confiado a Talleyrand en su castillo de Valencay.

Quedaba nuevamente como rey Carlos IV, e inmediatamente abdicó en favor de su “amigo Napoleón”, quien les garantizaba altos recursos económicos y la residencia en el Castillo de Compiégne, donde los acompañaría el ministro Godoy.

Napoleón obligó a su hermano José a que aceptara la Corona de España. Los españoles apodaron al nuevo rey “Pepe botella”; y el día que entraba en Madrid (20 de julio de 1808), estalló la sublevación nacional en todo el territorio. Nunca antes Napoleón había tenido que enfrentarse a todo un pueblo; se le presentaba otra forma de guerra, cuya violencia no habían sufrido las tropas francesas.

El sentimiento español no admitía que sus reyes fuesen distribuidos por un ex­tranjero. El odio al invasor se despertó y agrandó fácilmente; pero en esencia, el problema era otro: en España no existía una burguesía como la que había origi­nado y aprovechado la revolución; en cambio, los privilegiados de la nobleza y el clero eran muchos y temían las reformas revolucionarias y napoleónicas.

3. UNA GUERRA DIFERENTE

El pueblo español, excitado por un fanatismo que aun el mismo clero fomen­taba a manera de guerra santa, aprovechaba las condiciones de unas tierras escar­padas para desarrollar emboscadas y guerrillas.

Los ejércitos franceses comenzaron a ser diezmados; no tuvieron ocasión de enfrentarse a otro gran ejército, y los héroes de Austerlitz morían poco a poco siri gloria. Si Napoleó.n había conseguido éxito por sus rápidos movimientos, ahora en España su caballería fracasaba por hallarse inmovilizada o no tener enemigo al frente.

La organización de juntas de gobierno insurreccionales permitió equipar cuer­pos de ejército bien comandados, capaces de oponerse a las tropas francesas, a las que consiguieron derrotar.

Participa en la batalla de Bailén, durante la guerra de la Independencia española y es nombrado teniente coronel.

José de San Martín - Participa en la batalla de Bailén, durante la guerra de la Independencia española y es nombrado teniente coronel por sus actos heróicos. Poco después regresa a Argentina.

Pronto las tropas de Junot se vieron obligadas a capitular en Cintra (Portu­gal) el 30 de agosto; en España, Dupont fue vencido en Andalucía y capituló en Bailen el 19 de julio de 1808, y sus tropas, prisioneras, murieron en los pontones españoles.

(Batalla de Bailén, combate bélico que tuvo lugar en las proximidades de la localidad de Bailén (Jaén), el 19 de julio de 1808, y que supuso la primera victoria española frente a las tropas francesas en la guerra de la Independencia española.)

Los países de Europa asistieron con sorpresa al hecho inexplicable de que los franceses podían ser vencidos.

Napoleón llegó al convencimiento de que sólo él personalmente podía encar­garse de la lucha con España; no obstante, para emprender aquella campaña, ne­cesitaba la seguridad de no tener un enemigo en la retaguardia; esto suponía con­seguir del zar un entendimiento pacífico.

Así, aceptó que Rusia tomara a Finlandia, y se comprometió a no intervenir en Polonia.

4. NAPOLEÓN EN ESPAÑA

José, el hermano de Napoleón, en contra a las órdenes recibidas, había reple­gado 65.000 soldados en la región del Ebro. Los españoles tuvieron que esperar la llegada del material de guerra que desembarcaban los ingleses en diferentes luga­res de las costas.

José Bonaparte

José Bonaparte, Rey de España

Con su táctica acostumbrada, Napoleón y su ejército intervinieron: la famosa carga de su caballería polonesa abrió el camino de Madrid, que fue ocupado por los franceses el día 4 de diciembre.

Prescindiendo de su hermano José, dictó una serie de decretos para suprimir los derechos feudales, la Inquisición y los diezmos que percibía la Iglesia. Con esto creía entusiasmar al pueblo; pero el resultado fue contrario: sólo consiguió exasperar más el fanatismo popular.

Los primeros días de enero de 1809 llegaron a Napoleón las noticias inquie­tantes sobre la situación en Francia. Decidió regresar rápidamente para afrontar los complots políticos de realistas y republicanos.

España se había constituido en su primer fracaso.

LA CAMPAÑA DE RUSIA

1. LAS DIFICULTADES DE 1809 A 1812

Coincidiendo con la guerra en España, los realistas en Francia trataron de provocar levantamientos en Normandía y Bretaña. Simultáneamente, un general republicano, Malet, fomentó un complot. Napoleón consiguió dominar la situación interior, a la vez que hacía frente a las dificultades militares en Europa.

Austria preparaba una nueva ofensiva. El archiduque Carlos reorganizó su ejército y aprovechó las experiencias de sus derrotas pasadas. Alemania, el Tirol bávaro, Polonia y el norte de Italia, comenzaron a guerrear de nuevo; finalmente, el Papa excomulgó a Napoleón.

El Emperador ordenó que el gran ejército regresara de España, y llamó nue­vos reclutas. Disponía de 300.000 hombres en Alemania y de 100.000 en Italia, cuando los austríacos atacaron a Baviera.

El archiduque Carlos de Austria fue nuevamente derrotado y las tropas fran­cesas ocuparon a Viena el 13 de mayo.

archiduque Carlos de Austria

archiduque Carlos de Austria

Para proseguir las operaciones, los franceses debían pasar el Danubio; pero las operaciones fracasaron. Mientras tanto, los austríacos ocuparon a Venecia y a Var-sovia, abandonada por las tropas polonesas.

Finalmente, los franceses cruzaron el Danubio y vencieron a los austríacos en Wagram. Austria tuvo que aceptar la paz de Viena en octubre de 1809; por el!a perdía su salida al mar y se comprometía a pagar una ruinosa indemnización.

Napoleón afirmaba que si había creado nuevos reinos era para que Francia obtuviese las ventajas. No obstante, los soberanos que Napoleón había colocado en los tronos querían gobernar en forma nacionalista y autónoma, y no al parecer de Napoleón.

La política del Emperador favorecía el nacionalismo. En pueblos como Polonia fue fácil; pero en la mayoría de los países europeos, la ocupación, por tropas fran­cesas significaba una contradicción. De esa manera, pronto se enfrentó el Empe­rador a los pueblos y no a sus soberanos. España había dado el primer ejemplo.

Se iniciaron los movimientos nacionales. Prusia comenzó su revolución silen­ciosa. Escritores y profesores reanimaron el patriotismo popular, y este pensamien­to fue extendiéndose por Alemania.

La situación de España en contra de Napoleón se vio reforzada cuando lord Wellington se encargó del comando del cuerpo expedicionario inglés, y llevó a cabo una serie de desembarcos que atacaron sucesivamente en lugares diferentes y desaparecieron rápidamente. La acción inglesa, apoyada por el pueblo español, causó grandes bajas al ejército francés, que pereció lentamente sin gloria.

Los ingleses siguieron conquistando colonias francesas, holandesas y portugue­sas y establecieron en Río de Janeiro el imponente depósito de mercancías, desti­nadas a alimentar la revolución de las colonias españolas, contra José, rey de Es­paña. Aun en los días más difíciles de la crisis económica, Inglaterra persistió con implacable obstinación en su oposición a Francia.

En este ambiente, Napoleón se decidió por una nueva guerra en 1812.

2. LA CAMPAÑA DE RUSIA

El zar Alejandro no aceptaba el segundo matrimonio de Napoleón con María Luisa, hija del emperador Francisco, la cual, por otra parte, como archiduquesa de Habsburgo daba a Napoleón un parentesco real.

Napoleón y la campaña rusa

Napoleón y la campaña rusa

El zar Alejandro consiguió un entendimiento con Suecia, y la paz con Tur­quía en la primavera de 1812. Napoleón, por su parte, negoció con Prusia y Aus­tria una alianza y el compromiso de suministrarle tropas. Mientras esto sucedía, Prusia y Austria aseguraban al zar que no intervendrían.

La alianza de Bonaparte con el zar Alejandro I quedó anulada en 1812 y Napoleón emprendió una campaña contra Rusia. El 8 de abril de 1812, Alejandro de Rusia envió un ultimátum a Napoleón para que evacuase la Prusia. Durante tres meses se hicieron preparativos secretos de guerra. Finalmente, el gran ejército de Napoleón traspasó el río Niemen y la campaña de Rusia se puso en marcha. Era un ejército con soldados de veinte na­ciones y doce lenguas diferentes. Ante su avance, los rusos crearon una zona vacía.


Alejandro I, zar de Rusia

Alejandro I, zar de Rusia

El problema máximo para Napoleón era el gran territorio. Era prácticamente imposible mantener el avituallamiento de unas tropas en un país destruido e in­cendiado por sus habitantes.

Sólo el 7 de septiembre las tropas de Napoleón llegaron a la vista de Moscú, donde el ejército ruso había decidido presentar batalla. Las tropas francesas, ago­tadas, diezmadas por el hambre y la batalla, lograron entrar en Moscú.

Napoleón esperaba que, al tomar a Moscú, podía obligar a! zar a establecer un tratado y confiaba en que su ejército hallaría en la ciudad elementos para rea-

vituallarse. La decepción fue total: el zar rehusó las negociaciones, y en el incen­dio de la ciudad por los rusos se destruyeron las provisiones que estaban acumu­ladas.

La retirada se imponía; pues, para mayor desgracia, el frío comenzó prema­turamente.

De los 700.000 hombres del gran ejército, apenas 10.000 alcanzaron a regresar a Wilno.

Esta catástrofe pareció ser la señal esperada por los patriotas de los países euro­peos que fomentaban las resistencias nacionales.

En España e Italia los levantamientos populares consiguieron organizar una buena resistencia. En Alemania, los prusianos contaban con un ejército cuyas fuer­zas habían sido limitadas por Napoleón; pero los soldados habían sido instruidos rápidamente y de inmediato licenciados. De hecho, Prusia había logrado entrenar a toda la población joven. En febrero de 1813, toda la Alemania luchó contra Na­poleón.

Napoleón en Rusia

Napoleón en Rusia

Austria llamó a sus tropas; Bernardote, rey de Suecia, se declaró en contra de su antiguo compañero de armas, Napoleón.

En Francia, la juventud comenzó a desertar, la población no aceptó los nue­vos impuestos. Los viejos servidores del Emperador, como Talleyrand y Fouché, lo traicionaron. El general Malet organizó un golpe de Estado.

Napoleón consiguió llegar a tiempo, reunir a sus fieles y poner en marcha un sistema dictatorial fuerte, que le permitió obtener nuevos recursos financieros y nuevos contingentes de tropas jóvenes.

LA GUERRA DE LIBERACIÓN Y EL FINAL DEL IMPERIO

1. DESPUÉS DE LA RETIRADA DE RUSIA

Las campañas de Napoleón a partir de 1813 se enfrentan a un problema to­talmente diferente. Napoleón ya no lucha contra ejércitos mercenarios de los países europeos, y en cambio tiene que enfrentarse a los pueblos de Europa. Más aún: los mismos franceses carecen del entusiasmo anterior, hasta el punto de que los ideales del Emperador no coinciden con los de los de su propio pueblo.

En la primavera de 1813, Napoleón consiguió algunos éxitos contra los prusia­nos en Alemania. Pero, para poder rehacer su ejército, tuvo que aceptar un armis­ticio impuesto por Austria, el cual se llevó a cabo en Praga bajo la presidencia de Metternich.

Austria propuso condiciones honorables; según éstas, Francia debía establecer­se dentro de los límites naturales del país. El gran ducado de Varsovia y la Con­federación del Rhin se disolvieron; así Prusia se restauraría en sus fronteras de 1806.

Pero Napoleón dudó y tardó en dar contestación; el Congreso de Praga cerró entonces sus sesiones, y la guerra comenzó de nuevo en las condiciones más desfa­vorables para los franceses.

Los aliados tenían una superioridad numérica que se acrecentó cuando los contingentes alemanes de Napoleón se pasaron al campo contrario.

Del 16 al 19 de octubre de 1813, se produjo la más gigantesca batalla de la época napoleónica. En esta “batalla de las naciones”, el gran ejército fue práctica­mente desmembrado y los. franceses perdieron más de sesenta mil hombres.

Simultáneamente, en España los franceses se vieron obligados a la retirada y sus tropas se internaron en Francia, al tiempo que en Italia la ofensiva de los aus­tríacos derrotaba a los franceses.

En enero de 1814, los Aliados atacaron directamente a Francia sobre todas sus fronteras; y, con habilidad, proclamaron que no luchaban contra el pueblo fran­cés sino contra Napoleón, a quien querían aniquilar.

Durante los tres primeros meses de 1814, Napoleón consiguió llevar a buen término verdaderos prodigios de estrategia; disponía de un ejército formado por soldados jóvenes, incapaz de vencer a la aplastante superioridad del enemigo.

Napoleón tuvo que enfrentarse, además, al cuerpo legislativo y al Senado, antes dóciles y ahora exigentes al reclamar la paz y el regreso a las libertades ci­viles y políticas. Y sus mariscales se negaron a continuar combatiendo en abril de 1814

El 9 de marzo, Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia, firmaron el tratado de Challmont, por el cual se comprometían durante veinte años a no tratar separa­damente y a luchar contra Napoleón hasta su caída. Inmediatamente las fuerzas aliadas atacaron en dirección a la toma de París.

2. EL HUNDIMIENTO DEL IMPERIO

El 30 de marzo las tropas aliadas llegaron a las puertas de París, mientras Na­poleón se había trasladado hacia el Este para atacar por la retaguardia.

En ausencia del Emperador, el Senado instituyó un gobierno provisional, cuyo presidente era Talleyrand. A la vez, se proclamó la caducidad del Empera­dor; y sin consultar al pueblo francés se llamó a Luis XVIII, quien era uno de los hermanos de Luis XVI.

Napoleón se vio obligado por sus generales, reunidos en Fontainebleau, a ter­minar la lucha y a abdicar el poder. Al mismo tiempo, los aliados exigieron que fuera desterrado a la Isla de Elba, situada entre la costa italiana y la Isla de Cór­cega, donde Napoleón había nacido. Al ser rechazada la propuesta de Napoleón de renunciar a sus derechos en favor de su hijo, hubo de abdicar, permitiéndole conservar el título de emperador y otorgándosele el gobierno de la isla de Elba

Maria Luisa y su hijo, Napoleón II

Maria Luisa y su hijo, Napoleón II

María Luisa y su hijo, Napoleón II quedaron bajo la custodia del padre de ésta, el emperador de Austria Francisco I, y Napoleón no volvió a verlos nunca, a pesar de su dramática reaparición.

Francia tuvo que aceptar las condiciones del tratado de París, que suponía el regreso a sus fronteras del año 1792. Con excepción de la Martinica, Guadalupe y la Guayana, las colonias se habían perdido.

Los aliados decidieron reunir un congreso en Viena, donde debía restablecerse el equilibrio entre las potencias europeas; y, para mayor seguridad, rodear a Fran­cia con pequeños Estados, como Países Bajos, Suiza y el reino de Cerdeña.

Louis XVIII

Louis XVIII

Mientras tanto, en el interior de Francia se preparaba la restauración. El pue­blo francés, que estaba cansado del Emperador y había olvidado a los Borbones, aceptó con indiferencia el regreso de Luis XVIII y de un buen número de emi­grados; lo cual hizo renacer posteriormente viejos odios.

En la isla de Elba, Napoleón esperaba los acontecimientos. Tenía informes de que los plenipotenciarios reunidos en el Congreso de Viena pensaban desterrarlo a un lugar muy alejado de Europa, y tomó una rápida decisión.

NAPOLEÓN VUELVE A FRANCIA

En efecto, el 1° de marzo de 1815, desembarcó en el golfo Juan, acompañado por un destacamento de la guardia. Atravesó los Alpes, donde reclutó a los campesinos republicano. Siguió hacia Grenoble, donde conquistó para sí los soldados que debían detenerle, finalmente, llegó a París

Napoleón se encuentra con el ejercito que debia deternerlo

Napoleón se encuentra con el ejercito que debía deternerlo

recibió en todas partes una bienvenida que atestiguaba el poder de atracción de su personalidad en contraste con la nulidad de la del Borbón. Sin disparar un solo tiro en su defensa, su pequeña tropa fue creciendo hasta convertirse en un ejército. Ney, quien había dicho de Napoleón que debía ser llevado a París en una jaula de hierro, se unió a él con 6.000 hombres el 14 de marzo. Cinco días más tarde, el Emperador entraba en la capital, de donde Luis XVIII acababa de huir apresuradamente.

Michel Ney

Michel Ney

Una vieja anécdota sirve como ejemplo ilustrativo del carisma y la personalidad de Napoleón: Su ejército se enfrentaba a las tropas enviadas por el rey para detenerle; los hombres de cada bando formaban en líneas y se preparaban para disparar. Antes de iniciarse el fuego, Napoleón caminó hacia el centro de ambas fuerzas, encarando a los hombres del rey y abriendo su pechera mientras decía: «¡Si alguno de vosotros es capaz de dispararle a su emperador, hacedlo ahora!» Poco más tarde, todos los hombres se unían a su causa.

También es conocida la que refiere las pintadas aparecidas en París, que decían: «Ya tengo suficientes hombres Luis, no me envíes más. Firmado Napoleón», que expresaba el sentir en la capital desde antes de la llegada del Emperador.

Los representantes del Congreso de Viena, alarmados por el regreso de Napoleón, reaccionaron rápidamente ante esta crisis. El 17 de marzo, Austria, Gran Bretaña, Prusia y Rusia acordaron aportar cada una 150.000 hombres para formar un ejército conjunto que habría de concentrarse en Bélgica, cerca de la frontera francesa. La mayoría de las restantes potencias participantes en el Congreso se comprometieron a enviar tropas para la invasión de Francia, que comenzaría el 1 de julio de ese mismo año.

Napoleón encarnaba ahora la imagen de la revolución y no la del Imperio. Obtuvo un número suficiente de adeptos para instaurarse en lugar de Luis XVII

Napoleón, instalado en París, tuvo noticias del plan de sus enemigos y decidió atacar rápidamente a los aliados en su propio terreno antes de que tuvieran tiempo de constituir su ejército. Nuevamente las tropas aliadas se concentraron en las fronteras de Francia, mientras tanto, Napoleón consiguió reorganizar un ejército, a la cabeza del cu franqueó la frontera belga y venció a los prusianos en Ligny.. Bonaparte, haciendo alarde de su energía y firmeza características, movilizó a 360.000 soldados adiestrados en dos meses. Reservó la mitad de sus tropas en Francia como guarnición de seguridad y agrupó a las restantes en unidades de ataque. El 14 de junio de 1815, Napoleón alcanzó la frontera franco-belga al frente de 124.000 hombres, desplazándose con gran rapidez y en el más absoluto secreto. Otros 65.000 quedaron en posiciones de retaguardia.

Frente a él, al otro lado de la frontera belga, se encontraban dos ejércitos aliados independientes. El mayor, formado por 116.000 prusianos y sajones, comandado por el mariscal de campo prusiano Gebhard Leberecht Blücher, estaba situado en la ciudad flamenca de Namur. Otro contingente, compuesto por 93.000 soldados británicos, holandeses y alemanes, se hallaba en Bruselas, en un puesto avanzado establecido en la localidad de Quatre-Bras. El jefe de este ejército, el general británico Arthur Wellesley, duque de Wellington, era además el comandante general de las tropas aliadas. Napoleón decidió atacar a ambos ejércitos para dividirlos y vencerlos con rapidez. Intentaría entonces hacer frente a las fuerzas rusas y austriacas que se aproximaban a Francia por el Este. Para llevar a cabo su plan, distribuyó a sus hombres en dos líneas de ofensiva y un grupo de reserva estratégica formado por veteranos leales, conocido como la ‘Vieja Guardia’

El 15 de junio de 1815, Napoleón atravesó la frontera belga, lo que sorprendió al mando aliado. Después de cruzar el río Sambre, los franceses derrotaron a la vanguardia prusiana en Charleroi. A continuación, Bonaparte ordenó al mariscal Michel Ney, que dirigía el ala izquierda de sus tropas, atacar a una brigada de la caballería de Wellington en Quatre-Bras, 19 km al norte de Charleroi. El siguiente paso fue mandar al ala derecha, comandada por el general Emmanuel de Grouchy, atacar en el Este a una brigada prusiana destacada en la ciudad de Gilly. Grouchy cumplió su misión y avanzó hasta un punto cercano a la localidad de Fleurus, donde estaba concentrado un regimiento de Blücher. El emperador francés había conseguido situar a su ejército entre los elementos de avance de Wellington y Blücher, mientras que el grueso de sus tropas estaba ubicado de tal forma que podía dirigirse hacia el Oeste, contra las fuerzas anglo-holandesas, o hacia el Este, para atacar a las tropas prusianas.

Bonaparte se trasladó con sus tropas de reserva desde Charleroi hasta Fleurus el 16 de junio. Una vez allí, asumió el mando del ejército de Grouchy y derrotó a los regimientos prusianos. A continuación, se dirigió hacia el norte de Ligny para enfrentarse a Blücher, que se había apresurado a situarse al oeste de Namur con la esperanza de interceptar a los franceses.

LIGNY Y QUATRE-BRAS

La estrategia de Bonaparte en la acción de Ligny era coordinar su ataque a Blücher con la ofensiva de Ney en Quatre-Bras, contando con que sus fuerzas de reserva se desplazarían en apoyo del ala que lo precisara; si todo se desarrollaba según lo previsto, las reservas se dirigirían finalmente hacia el noroeste para unirse a Ney en Quatre-Bras y avanzar hacia Bruselas a fin de dividir a los dos ejércitos aliados.

Cuando Ney inició su ataque sobre Quatre-Bras (16 de junio), Napoleón comenzó su ofensiva sobre las tropas de Blücher. Tras una hora de sangrienta lucha en la que la batalla no se decidía en favor de ningún bando, Bonaparte envió un mensaje urgente al mariscal Ney, ordenándole enviar su primer destacamento al frente de Ligny. El mensajero de Napoleón, en lugar de entregar la orden a través del cuartel general del mariscal Ney, la entregó directamente al general Jean Baptiste Drouet, conde D’Erlon, jefe del primer destacamento. Éste se dirigió inmediatamente a Ligny. Sin embargo, cuando Ney tuvo noticia de la partida de D’Erlon, le envió un mensaje para que regresara a Quatre-Bras. Drouet recibió este comunicado en el momento en el que llegaba al campo de batalla de Ligny y, de nuevo obedeció las instrucciones, de manera que no tomó parte en ninguno de los dos enfrentamientos. A pesar de ello, Napoleón consiguió derrotar a Blücher tras un cruento combate que se prolongó durante tres horas. Los prusianos se retiraron al anochecer; pese a sus numerosas bajas, el grueso del ejército de Blücher permanecía en condiciones de combatir al no haber intervenido D’Erlon en la lucha.

MONT-SAINT-JEAN

A primeras horas de la mañana del 17 de junio, un mensajero de Blücher alcanzó la posición de Wellington en Quatre-Bras y le informó de la derrota sufrida por los prusianos en Ligny. El general británico, al percatarse de la estrategia de Napoleón, se apresuró a enviar un mensaje a Blücher sugiriéndole que se dirigiera hacia el noroeste y se uniera al ejército anglo-holandés para enfrentarse así a Napoleón conjuntamente en las proximidades de la localidad de Mont-Saint-Jean, al sur de la ciudad de Waterloo. Wellington se retiró de Quatre-Bras varias horas después, dejando allí una brigada de caballería para confundir al mariscal Ney.

Esa misma mañana, Bonaparte, que se encontraba en Ligny, ordenó a Grouchy perseguir al ejército de Blücher, que se batía en retirada. A continuación, envió mensajes a Frasnes en los que ordenaba a Ney atacar a Wellington inmediatamente. El mariscal francés, que no conocía la retirada de Wellington, no obedeció estas órdenes. Napoleón llegó a Frasnes esa tarde, asumió el mando de las fuerzas de Ney, rechazó a la brigada que guardaba Quatre-Bras y partió con su ejército en busca de Wellington. A primeras horas de la tarde, Bonaparte divisó al ejército anglo-holandés atrincherado al sur de Mont-Saint-Jean. Ambos ejércitos comenzaron a prepararse para la batalla.

Durante este tiempo, Grouchy no había conseguido alcanzar al ejército de Blücher. Hacia las diez de la noche del 17 de junio, las tropas de reconocimiento de Grouchy le informaron de que los prusianos, en lugar de retirarse hacia el este de Namur, se habían dirigido al noroeste, con la supuesta intención de unirse a Wellington. Grouchy mandó un mensaje para avisar a Napoleón de tal circunstancia, y éste le envió la respuesta a las diez de la mañana del 18 de junio: debía intentar alcanzar a los prusianos, lo que el general francés no logró.

El ejército francés y el ejército anglo-holandés se encontraban en posición de ataque en la mañana del 18 de junio. La fuerza anglo-holandesa, orientada hacia el Sur, contaba con 67.000 efectivos y 156 cañones, y Blücher se había comprometido a enviar a Wellington 70.000 hombres de refuerzo a lo largo del día. Así pues, la estrategia de Wellington consistía en resistir la ofensiva de Napoleón hasta que llegaran los soldados de Blücher, flanquear el ala derecha de las tropas napoleónicas y después rebasar la línea francesa. El ejército de Bonaparte, situado hacia el Norte, disponía de 74.000 hombres y 246 cañones. Su plan era tomar Mont-Saint-Jean y cortar la ruta de retirada hacia Bruselas a la fuerza anglo-holandesa. De este modo, podría destruir el ejército de Wellington sin ninguna dificultad.

Mientras tanto, Ney, que se hallaba en Quatre-Bras, había esperado inexplicablemente varias horas a que se realizara el ataque sobre la posición anglo-holandesa; esta demora permitió a Wellington recibir el refuerzo de varias divisiones de caballería e infantería. Finalmente, Ney lanzó un ataque a las dos de la tarde, pero fue bruscamente rechazado. Las sucesivas ofensivas sobre las fuerzas anglo-holandesas resultaron igualmente infructuosas, debido a la ausencia del regimiento de D’Erlon. Wellington contraatacó enérgicamente hacia las siete de la tarde y obligó a Ney a replegarse sobre la ciudad de Frasnes, situada varios kilómetros al sur de Quatre-Bras. No obstante, D’Erlon se reunió con Ney en Frasnes a las nueve de la noche.

La Batalla de Waterloo

Duque de Wellington

Duque Wellington

El 18 de junio, se enfrentó en Waterloo (en la actualidad Bélgica), con los ingleses, que estaban al mando de Arthur Wellington. La batalla era decisiva y encarnizada.. Las hostilidades comenzaron a las 11.30 de la mañana con una estratagema de Napoleón en el flanco derecho de las tropas de Wellington. Tras esta maniobra, que no dio el resultado esperado, los franceses abrieron fuego para debilitar el frente central aliado. Hacia la una de la tarde, el emperador observó que las unidades de avance del

Blucher

Mariscal Blucher

ejército de Blücher se aproximaban por el Este. Bonaparte envió un nuevo mensaje a Grouchy para comunicarle la situación y le ordenó atacar a los prusianos.

ejercito prusiano en Waterloo

ejercito prusiano en Waterloo

Mientras tanto, la caballería y la infantería luchaban intensamente junto a la sierra que ocultaba al grueso de las tropas de Wellington. A las cuatro de la tarde, las tropas de avance de Blücher, que habían esperado el momento oportuno, entraron en batalla y obligaron a los franceses a retroceder unos 800 m. Napoleón prácticamente la había ganado; pero el cuerpo de ejército prusiano, mando del Mariscal Blücher, reforzó a los ingleses en retirada. Los franceses consiguieron retomar su posición tras un contraataque y los prusianos tuvieron que replegarse hacia el noreste 1,6 km. Poco después de las seis de la tarde, Ney avanzó hasta el centro de las fuerzas anglo-holandesas y puso en peligro toda la línea de Wellington. Pese a ello, el general británico logró rechazar a Ney.

mapa estratégico en Waterloo

mapa estratégico en Waterloo

Napoleón decidió realizar entonces una ofensiva general como último recurso; envió al campo de batalla a todos los batallones de la Vieja Guardia —salvo cinco de ellos— para lanzar un ataque sobre el grueso de las fuerzas enemigas. La infantería aliada causó graves pérdidas a los franceses y reprimió la ofensiva. Napoleón reagrupó a sus fuerzas y atacó de nuevo, pero su situación era cada vez más desesperada. Hacia las ocho de la tarde, los prusianos, que habían tomado posiciones en el ala izquierda de la línea de Wellington, atravesaron el flanco derecho de los franceses provocando el pánico entre las tropas de Bonaparte. Éste consiguió escapar gracias tan sólo a las valientes acciones de retaguardia emprendidas por los batallones de la Vieja Guardia. Mientras las derrotadas fuerzas del emperador huían por el camino de Charleroi, Wellington y Blücher se reunieron y decidieron que las brigadas prusianas persiguieran a los franceses. Durante la noche del 18 de junio, los prusianos atacaron al enemigo y le obligaron a retroceder hasta la otra orilla del Sambre.

. A pesar del heroísmo de la vieja guardia de Napoleón, éste fue vencido.

Al regresar a París, la Cámara exigió de nuevo su abdicación. En este trance difícil, se dirigió a Rochefort, con la intención de embarcarse para los Estados Un dos. Sucedió entonces que la escuadra inglesa consiguió detenerlo, y Napoleón se entregó a su constante enemigo: Inglaterra.

El gobierno británico decidió deportarlo a Santa Helena, donde transcurrieron los últimos seis años de su vida.

Al abandonar Napoleón a Francia, los aliados impusieron nuevas y más duras condiciones a los franceses. En el segundo tratado de París, Francia perdió Saboya, Landau, Sarre y las fortalezas exteriores; además, tuvo que pagar sete­cientos millones de indemnización y aceptar durante tres años la ocupación de s. territorio por las tropas aliadas.

Todas las grandezas imperiales vinieron a transformarse en un desastre nacional.

3. El legado de Napoleón

La influencia de Napoleón sobre Francia puede apreciarse incluso hoy en día. Los monumentos en su honor se encuentran por doquier en París; el más señalado es el Arco del Triunfo, situado en el centro de la ciudad y erigido para conmemorar sus victoriosas campañas. Su espíritu pervive en la constitución de la V República y el Código de Napoleón sigue siendo la base de la legislación francesa y de otros estados, y tanto el sistema administrativo como el judicial son esencialmente los mismos que se instauraron durante su mandato; igualmente se mantiene el sistema educativo regulado por el Estado. Las reformas radicales que aplicó Napoleón en otras partes de Europa alentaron las sucesivas revoluciones del siglo XIX de carácter liberal y nacionalista.

Aparte de su importancia como transmisor de las ideas e instituciones revolucionarias a Europa, lo que, avanzado el siglo XIX consagraría a esta centuria como el periodo paradigmático de las revoluciones liberales, Napoleón dejó una inigualada impronta como un genio militar. Cuando se encontraba exiliado en Santa Elena dijo “Waterloo borrará de la memoria todas mis victorias”, pero se equivocaba. Napoleón es recordado más por sus dotes como estratega que por su gobierno ilustrado.

Sus restos fueron trasladados a París en 1840 a petición del rey Luis Felipe I de Orleans y se enterraron con grandes honores en los Inválidos, donde permanecen actualmente.

Mausoleo de Napoleón Bonaparte

Mausoleo de Napoleón Bonaparte

tumba de Napoleón Bonaparte

tumba de Napoleón Bonaparte

La Revolución Francesa

REVOLUCIÓN FRANCESA

1. SITUACIÓN PRELIMINAR

alegoria de la revolución francesa

alegoria de la revolución francesa

Por la importancia de Francia con respecto a Europa y por las relaciones entre las clases sociales francesas, la Revolución Francesa es el acontecimiento más im­portante de ésta época. Como causas de ella podemos citar las siguientes: La corrup­ción de las costumbres y las ideas, el odio de los campesinos y de la burguesía hacia la nobleza, la actitud de la nobleza, que para aumentar sus ingresos retornó á los sistemas feudales de explotación del campesino.

2. CAUSAS PARTICULARES DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Luis XVI ocupó el trono de Francia a los 20 años, animado del mayor deseo de mejorar la situación económica de su reino, que se hallaba en bancarrota por diversas circunstancias, entre las cuales no puede descontarse la deuda contraída para intervenir en la Independencia de los Estados Unidos. Para remediar dicha situación no era posible’ recurrir a nuevos impuestos que el pueblo no podía pagar. Se propuso entonces hacer una mejor repartición de los tributos, según la riqueza de cada contribuyente, sin exenciones ni privilegios; pero los que vivían y despil­farraban a costa del Estado, entre quienes había muchos burgueses, se opusieron a ello y lograron que el Ministro de Finanzas fuera despedido.

Los ministros que sucedieron a Turgot, en especial Necker, aunque procura­ron al principio condescender, con este partido, y arbitrar otros medios para alegar recursos, acabaron todos por confesar la bancarrota y tuvieron que abandonar su puesto cuantas veces intentaron el remedio.

Otro factor importante fue el alza de precios, que venía incrementándose len­tamente desde 1730 y que en 1770 llegó a una forma desordenada, pues algunos productos triplicaron su precio y otros vieron caer su valor a causa de la superpro­ducción. Una serie de malas cosechas para los cereales y granos, obligaron a com­prarlos en el extranjero y su costo se duplicó inmediatamente. Se presentaron tam­bién grandes dificultades para el comercio y la industria. A partir de 1783, la com­petencia inglesa hizo retirar del mercado las telas francesas; hubo de cerrarse gran número de telares y numerosos obreros se vieron obligados al paro forzoso.

Los Estados Unidos, al independizarse, comenzaron a exportar hacia las An­tillas sus productos, lo que vino en detrimento de la industria francesa que antes surtía exclusivamente el mercado de esas islas.

Toma de la Bastilla

Toma de la Bastilla

Hacia 1787, la crisis llegó a su culmen, cuando las importaciones de Francia fueron muy superiores a las exportaciones. Al año siguiente, las cosechas desas­trosas dejaron a Francia con los graneros vacíos. Los campesinos, los obreros y los artesanos dispusieron exclusivamente de dinero para comprar alimentos; los jor­naleros agrícolas se trasladaron hacia las ciudades en busca de trabajo, o recorrie­ron los campos exigiendo socorros o aterrorizando a los propietarios de las tierras.

Todo lo enumerado contribuyó poderosamente como factor propicio a la Revolución.

3. LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

En mayo de 1789, fueron convocados los Estados Generales, compuestos por 279 nobles, 291 eclesiásticos y 578 miembros del Tercer Estado, plebeyos o bur­gueses. Esta reunión parecía un triunfo de la aristocracia y se pensó que mediante ella la Revolución podría conjurarse; sin embargo, la aristocracia, sin quererlo, la puso en marcha y ella fue su primera víctima.

La primera dificultad surgió acerca de la forma de las deliberaciones y vota­ciones, por exigir el Tercer Estado que la nobleza y el clero deliberaran y vo­taran juntos con él, contra lo que antes se había acostumbrado. El Estado llano, a propuesta de Sieyes se declaró en Asamblea Nacional, y habiéndose cerrado el salón de sesiones donde se reunían los diputados del Tercer Estado, se trasladaron a otro local, el Juego de la Pelota, donde juraron no separarse hasta haber dado a Francia una nueva constitución.

No desistieron de su actitud a, pesar de las reconvenciones y promesas reales, el 23 de junio el rey declaró que ninguna decisión de la asamblea tendría fuerza de ley sin su aprobación. Los diputados del Tercer Estado se declararon inviolables y contestaron que la nación en Asamblea no podía recibir órdenes. Luis XVI apa­rentó acceder e invitó a la nobleza y al clero a reunirse en el Tercer Estado. El 9 de julio los Estados Federales se proclamaron en Asamblea Nacional Constitu­yente y así terminó la revolución jurídica y empezó la revolución violenta el 14 de julio. Ante esta situación, el Rey llamó a los Regimientos mercenarios, formados con tropas extranjeras, lo que hizo creer a los burgueses que los privilegiados seproponían anular las reivindicaciones populares y disolver los Estados Generales. La idea dominante era la de un complot de la aristocracia contra la voluntad del pueblo.

Los habitantes de París organizaron su defensa; oradores como Camilo Des-moulins, incitaban a las gentes a tomar las armas; en las calles se levantaron ba­rricadas y se saquearon las armerías. El 14 de julio se asaltó el edificio de la Bas­tilla, antigua cárcel de París, cuya toma se consideró como un símbolo.

El Rey y la corte no supieron cómo reaccionar ante este hecho; algunos nobles huyeron hacia el extranjero y empezó así la era de la emigración.

Estos aconteoimientos produjeron dos cambios: el primero fue la creación en París de un Comité Municipal permanente que creó una milicia burguesa llamada Guardia Nacional, bajo el mando de Lafayette, la cual adoptó la escarapela tricolor compuesta del blanco de los Borbones y del azul y rojo de la ciudad de París; el segundo cambio consistió en el anuncio del Rey sobre retiro de las tropas y el llama­miento a Necker como ministro, lo que indicaba una rectificación, pues fue él quien presentó el proyecto de reformas contra las que se habían levantado los pri­vilegiados. El entusiasmo revolucionario se extendió a las ciudades en donde fueron asaltados muchos castillos de la aristocracia y profanadas muchas iglesias; se orga­nizaron comunas defendidas por las milicias; los intendentes reales fueron desti­tuidos y el resultado fue la pérdida de toda autoridad por parte de la monarquía y el control de la situación por parte del pueblo.

En el campo, los habitantes se armaron ante la noticia de que numerosos gru­pos de truhanes y bandoleros, al servicio de los .aristócratas, estaban saqueando las campiñas. Esto provocó un estado de ánimo que se conoció con el nombre de “el gran pánico”.

Entre tanto los representantes del Tercer Estado en la Asamblea Nacional, se proponían redactar una nueva constitución para proclamar la libertad individual, la igualdad ante la ley y el respeto a la propiedad privada. Como los burgueses eran también propietarios, se consideró que la medida más importante era acabar con la insurrección campesina, y para ello se decretó la abolición de ciertos privilegios, la igualdad ante los impuestos y la supresión de los diezmos.

4. LA DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE

Apaciguada la revolución rural, los Constituyentes procedieron a elaborar una Declaración de Derechos, que seguían la pauta de los proclamados en Estados Uni­dos. Esta declaración fue ambiciosa y se planteó en un sentido universal, de modo que pudiera ser aplicada a cualquier país, en cualquier época y para cualquier régimen de gobierno.

declaración de los derechos del hombre

declaración de los derechos del hombre

En esta declaración se hace énfasis sobre la libertad y se consagra la libertad de opinión y de prensa. La igualdad se establece ante la justicia, el derecho al trabajo y el respeto al fisco. La soberanía reside en la Nación y el Rey es únicamente mandatario de la misma. La ley es la expresión de la voluntad general; deben re­primirse los atentados contra el orden público, pero se proclama el derecho de re­sistencia a la opresión.

El pueblo de París vivía en continuo motín vigilando para que la Revolución no fracasara. La crisis económica se acentuó y al negarse el Rey a sancionar los de­cretos de la Asamblea Constituyente, el pueblo asaltó el Palacio de Versalles, ase­sinó a los soldados que lo custodiaban, intentó matar a la reina María Antonieta y obligó a la familia real a regresar a París e instalarse en el Palacio de las Tullerías.

5. LAS NUEVAS INSTITUCIONES

La Asamblea Constituyente instauró un nuevo régimen: la Monarquía Consti­tucional. Para su funcionamiento debían servir las nuevas instituciones en lo social, en lo económico, en lo administrativo y en lo religioso.

En lo social, la asamblea constituyente reconoció la igualdad civil de todos los franceses; abolió la división de los tres estamentos sociales, así como la servidumbre; se acordaron también derechos civiles para los extranjeros. El gran cambio social estuvo en que, al reconocerse que todos los franceses podían, ejercer cualquier em­pleo, la nobleza perdió el monopolio de los cargos y los beneficiados fueron los burgueses. Para los campesinos, la revolución social significó la supresión de los diezmos, pero sólo después del derrocamiento de la monarquía pudieron disfrutar del verdadero derecho de propiedad de sus tierras.

En lo económico, para hallar la solución a la crisis financiera se propuso la venta de los derechos del clero y de los bienes nacionales. La reforma agraria se aprobó sin dificultades, pero la industrial originó grandes discusiones, pues los pri­vilegios exclusivos de ellas atentaban contra las libertades proclamadas. En cuanto al comercio interior, se aceptó el principio de “dejar hacer, dejar pasar”; se esta­bleció la unificación del sistema de pesas y medidas y se reglamentó estrictamente el comercio exterior.

En lo administrativo, el cambio fue total y efectivo: desaparecieron los privi­legios provinciales y comunales, el país se dividió en 83 departamentos y éstos en 8 distritos, a fin de que cualquier ciudadano pudiera en el “mismo día” ir a la ca­pital de Distrito y regresar de ella. Finalmente se descentralizó la justicia.

A los hechos políticos, sociales y económicos que dividieron a los franceses, se sumó la cuestión religiosa como el conflicto más agudo. La Constitución de 1791 era francamente adversa a la Iglesia Católica, pues implicaba la nacionalización de todos sus bienes, la disolución de todas las órdenes religiosas, excepto las dedi­cadas a la caridad, la instrucción y la investigación científica.

Pio IV (1499-1565), papa (1559-1565) que presidió la conclusión del Concilio de Trento. Giovanni Angelo de Medici nació en Milán y estudió leyes.

Pío IV (1499-1565), papa (1559-1565) que presidió la conclusión del Concilio de Trento. Giovanni Angelo de Medici nació en Milán y estudió leyes.

En julio de 1790, apareció la Constitución Civil del clero, por la cual se redu­jeron las diócesis y la elección de los obispos quedó en poder de las asambleas elec­torales y la de los párrocos, de los distritos. Se exigió a todos los obispos y sacerdo­tes el juramento de la nueva

Constitución.

La nación se encargó de proveer a su sustento. El Papa Pío VI prohibió tal juramento y la mayoría de

los sacerdotes lo rehusaron, por lo cual fueron perse­guidos y despojados. El Rey en un principio se negó a firmar esta disposición; pero al fin hubo de hacerlo presionado por las circunstancias.

6. CAÍDA DE LA MONARQUÍA

Las reformas de la Asamblea Constituyente y Legislativa no produjeron el bienestar esperado. Los precios siguieron subiendo; la falta de trabajo se acentuó; los sentimientos religiosos colocaron de frente al Rey y a los revolucionarios; los monarcas europeos comenzaron a mostrar hacia Francia una actitud hostil.

Ejecución de Luis XVI

Ejecución de Luis XVI

Luis XVI comunicaba secretamente a la Corte de España que se veía obligado a actuar en contra de su voluntad; sin fuerzas ni energía para imponerse a la si­tuación, proyectó huir; pero fue reconocido por un postillón, y detenido en Va-rennes, llevado a las Tullerías en medio de los mayores insultos del pueblo.

. La mayoría de la Asamblea temía el derrocamiento de la Monarquía y la pro­clamación de la República, porque esto suponía el comienzo de una nueva guerra. En los campos se esperaba una invasión extranjera. La situación de Francia resul­taba subversiva para Europa y los patriotas recelaban de una guerra que podía arruinar la Revolución y llevar a una dictadura militar.

En efecto, el Emperador Francisco II fue el primero en enviar un ultimátum a Francia. Luis XVI propuso a la Asamblea Legislativa la declaración de guerra, con la esperanza de que la victoria de los extranjeros destruiría la revolución y permitiría restaurar el antiguo régimen. El ejército francés estaba desorganizado y falto de mando, pues una gran mayoría de oficiales de origen noble habían emi­grado; por ello el resultado fue una serie de derrotas en su ofensiva contra los Países Bajos. En Francia se temía el complot de los aristócratas y se veía una coali­ción contrarrevolucionaria. Para defenderse, los revolucionarios tomaron medidas destinadas a aterrorizar al enemigo. Con ello empezó la época sanguinaria de la revolución, en que el terror fue el sistema de gobierno.


Maria Antonieta

Maria Antonieta

La Asamblea legislativa sospechaba que la familia real suministraba informes al enemigo; para evitar un golpe de Estado, por parte de Luis XVI, reunió en París a 20.000 federados, o voluntarios de la Guardia Nacional, a la vez que disolvió la Guardia Real. Ante la negativa de Luis XVI para firmar los decretos sobre la su­presión de la Guardia Real y sobre la deportación de los sacerdotes refractarios, el pueblo parisiense se sublevó y entró violentamente en el Palacio de las Tullerías para doblegar al rey.

Para aterrorizar a los revolucionarios, el general del ejército prusiano amenazó con la destrucción total de París y la ejecuoión militar del pueblo; esto hizo estallar la sublevación del 1° de agosto, que suspendió la autoridad real y encarceló al Rey y a su familia en la Torre del Temple. La noticia de que los prusianos y austríacos se habían apoderado de Verdún, acabó de poner la capital en poder de los dema­gogos, asaltaron las prisiones, y durante cuatro días se dedicaron a dar muerte a los detenidos. La batalla de Valmy significó para los franceses la victoria y la desa­parición de un peligro exterior.

El 21 de septiembre de 1792 se reunió la Convención Nacional, en la que, predominando el parecer de los más radicales, se declaró suprimida la Monarquía y se proclamó la República; los jacobinos acusaron a Luis XVI de traición y lo condenaron a muerte por mayoría de votos. Fue ejecutado el 21 de enero de 1793.

7 EL REINO DEL TERROR

El 6 de abril, la Convención creó el Comité de Salvación Pública, que habría de ser el órgano ejecutivo de la República, y reestructuró el Comité de Seguridad General y el Tribunal Revolucionario. Se enviaron representantes a los departamentos para supervisar el cumplimiento de las leyes, el reclutamiento y la requisa de municiones. La rivalidad existente entre los girondinos y los montagnards se había agudizado durante este periodo. La rebelión parisina, organizada por el periodista radical Jacques René Hébert, obligó a la Convención a ordenar el 2 de junio la detención de veintinueve delegados girondinos y de los ministros de este grupo, Pierre Henri Hélène Marie Lebrun-Tondu y Étienne Clavière. A partir de ese momento, la facción jacobina radical que asumió el control del gobierno desempeñó un papel decisivo en el posterior desarrollo de la Revolución. La Convención promulgó una nueva Constitución el 24 de junio en la que se ampliaba el carácter democrático de la República. Sin embargo, este estatuto nunca llegó a entrar en vigor. El 10 de julio, la presidencia del Comité de Salvación Pública fue transferida a los jacobinos, que reorganizaron completamente las funciones de este nuevo organismo. Tres días después, el político radical Jean-Paul Marat, destacado líder de los jacobinos, fue asesinado por

Charlotte Corday

Charlotte de Corday

Charlotte de Corday, simpatizante de los girondinos. La indignación pública ante este crimen hizo aumentar considerablemente la influencia de los jacobinos en todo el país. El dirigente jacobino Maximilien de Robespierre pasó a ser miembro del Comité de Salvación Pública el 27 de julio y se convirtió en su figura más destacada en poco tiempo. Robespierre, apoyado por Louis Saint-Just, Lazare Carnot, Georges Couthon y otros significados jacobinos, implantó medidas policiales extremas para impedir cualquier acción contrarrevolucionaria. Los poderes del Comité fueron renovados mensualmente por la Convención Nacional desde abril de 1793 hasta julio de 1794, un periodo que pasó a denominarse Reinado del Terror.

Desde el punto de vista militar, la situación era extremadamente peligrosa para la República. Las potencias enemigas habían reanudado la ofensiva en todos los frentes. Los prusianos habían recuperado Maguncia, Condé-Sur-L’Escaut y Valenciennes, y los británicos mantenían sitiado Tolón. Los insurgentes monárquicos y católicos controlaban gran parte de La Vendée y Bretaña. Caen, Lyon, Marsella, Burdeos y otras importantes localidades se hallaban bajo el poder de los girondinos. El 23 de agosto se emitió un nuevo decreto de reclutamiento para toda la población masculina de Francia en buen estado de salud. Se formaron en poco tiempo catorce nuevos ejércitos —alrededor de 750.000 hombres—, que fueron equipados y enviados al frente rápidamente. Además de estas medidas, el Comité reprimió violentamente la oposición interna.

Maximmilien de Robespierre

Maximmilien de Robespierre

María Antonieta fue ejecutada el 16 de octubre, y 21 destacados girondinos murieron guillotinados el 31 del mismo mes. Tras estas represalias iniciales, miles de monárquicos, sacerdotes, girondinos y otros sectores acusados de realizar actividades contrarrevolucionarias o de simpatizar con esta causa fueron juzgados por los tribunales revolucionarios, declarados culpables y condenados a morir en la guillotina. El número de personas condenadas a muerte en París ascendió a 2.639, más de la mitad de las cuales (1.515) perecieron durante los meses de junio y julio de 1794. Las penas infligidas a los traidores o presuntos insurgentes fueron más severas en muchos departamentos periféricos, especialmente en los principales centros de la insurrección monárquica.

Jean-Baptiste Carrier

Jean-Baptiste Carrier

El tribunal de Nantes, presidido por Jean-Baptiste Carrier, el más severo con los cómplices de los rebeldes de La Vendée, ordenó la ejecución de más de 8.000 personas en un periodo de tres meses. Los tribunales y los comités revolucionarios fueron responsables de la ejecución de casi 17 mil ciudadanos en toda Francia. El número total de víctimas durante el Reinado del Terror llegó a 40.000. Entre los condenados por los tribunales revolucionarios, aproximadamente el 8% eran nobles, el 6% eran miembros del clero, el 14% pertenecía a la clase media y el 70% eran trabajadores o campesinos acusados de eludir el reclutamiento, de deserción, acaparamiento, rebelión u otros delitos. Fue el clero católico el que sufrió proporcionalmente las mayores pérdidas entre todos estos grupos sociales. El odio anticlerical se puso de manifiesto también en la abolición del calendario juliano en octubre de 1793, que fue reemplazado por el calendario republicano. El Comité de Salvación Pública, presidido por Robespierre, intentó reformar Francia basándose de forma fanática en sus propios conceptos de humanitarismo, idealismo social y patriotismo. El Comité, movido por el deseo de establecer una República de la Virtud, alentó la devoción por la república y la victoria y adoptó medidas contra la corrupción y el acaparamiento. Asimismo, el 23 de noviembre de 1793, la Comuna de París ordenó cerrar todas las iglesias de la ciudad —esta decisión fue seguida posteriormente por las autoridades locales de toda Francia— y comenzó a promover la religión revolucionaria, conocida como el Culto a la Razón. Esta actitud, auspiciada por el jacobino Pierre Gaspard Chaumette y sus seguidores extremistas (entre ellos Hébert), acentuó las diferencias entre los jacobinos centristas, liderados por Robespierre, y los fanáticos seguidores de Hébert, una fuerza poderosa en la Convención y en la Comuna de París.

Jean Baptiste Jourdan

Jean Baptiste Jourdan

Durante este tiempo, el signo de la guerra se había vuelto favorable para Francia. El general Jean Baptiste Jourdan derrotó a los austriacos el 16 de octubre de 1793, iniciándose así una serie de importantes victorias francesas. A finales de ese año, se había iniciado la ofensiva contra las fuerzas de invasión del Este en el Rin, y Tolón había sido liberado. También era de gran relevancia el hecho de que el Comité de Salvación Pública hubiera aplastado la mayor parte de las insurrecciones de los monárquicos y girondinos.


8 La Lucha por el Poder

La disputa entre el Comité de Salvación Pública y el grupo extremista liderado por Hébert, concluyó con la ejecución de éste y sus principales acólitos el 24 de marzo de 1794. Dos semanas después, Robespierre emprendió acciones contra los seguidores de Danton, que habían comenzado a solicitar la paz y el fin del reinado del Terror. Georges-Jacques Danton y sus principales correligionarios fueron decapitados el 6 de abril. Robespierre perdió el apoyo de muchos miembros importantes del grupo de los jacobinos —especialmente de aquéllos que temían por sus propias vidas— a causa de estas represalias masivas contra los partidarios de ambas facciones. Las victorias de los ejércitos franceses, entre las que cabe destacar la batalla de Fleurus (Bélgica) del 26 de junio, que facilitó la reconquista de los Países Bajos austriacos, incrementó la confianza del pueblo en el triunfo final. Por este motivo, comenzó a extenderse el rechazo a las medidas de seguridad impuestas por Robespierre. El descontento general con el líder del Comité de Salvación Pública no tardó en transformarse en una auténtica conspiración. Robespierre, Saint-Just, Couthon y 98 de sus seguidores fueron apresados el 27 de julio de 1794 (el 9 de termidor del año III según el calendario republicano) y decapitados al día siguiente. Se considera que el 9 de termidor fue el día en el que se puso fin a la República de la Virtud.

Alegoria del Tratado de Basilea-firmado el 22 de junio de 1795.

Alegoria del Tratado de Basilea- firmado el 22 de junio de 1795.

La Convención Nacional estuvo controlada hasta finales de 1794 por el ‘grupo termidoriano’ que derrocó a Robespierre y puso fin al Reinado del Terror. Se clausuraron los clubes jacobinos de toda Francia, fueron abolidos los tribunales revolucionarios y revocados varios decretos de carácter extremista, incluido aquél por el cual el Estado fijaba los salarios y precios de los productos. Después de que la Convención volviera a estar dominada por los girondinos, el conservadurismo termidoriano se transformó en un fuerte movimiento reaccionario. Durante la primavera de 1795, se produjeron en París varios tumultos, en los que el pueblo reclamaba alimentos, y manifestaciones de protesta que se extendieron a otros lugares de Francia. Estas rebeliones fueron sofocadas y se adoptaron severas represalias contra los jacobinos y sans-culottes que los protagonizaron.

La moral de los ejércitos franceses permaneció inalterable ante los acontecimientos ocurridos en el interior. Durante el invierno de 1794-1795, las fuerzas francesas dirigidas por el general Charles Pichegru invadieron los Países Bajos austriacos, ocuparon las Provincias Unidas instituyendo la República Bátava y vencieron a las tropas aliadas del Rin. Esta sucesión de derrotas provocó la desintegración de la coalición antifrancesa. Prusia y varios estados alemanes firmaron la paz con el gobierno francés en el Tratado de Basilea el 5 de abril de 1795; España también se retiró de la guerra el 22 de julio, con lo que las únicas naciones que seguían en lucha con Francia eran Gran Bretaña, Cerdeña y Austria. Sin embargo, no se produjo ningún cambio en los frentes bélicos durante casi un año. La siguiente fase de este conflicto se inició con las Guerras Napoleónicas.

Se restableció la paz en las fronteras, y un ejército invasor formado por émigrés fue derrotado en Bretaña en el mes de julio. La Convención Nacional finalizó la redacción de una nueva Constitución, que se aprobó oficialmente el 22 de agosto de 1795. La nueva legislación confería el poder ejecutivo a un Directorio, formado por cinco miembros llamados directores. El poder legislativo sería ejercido por una asamblea bicameral, compuesta por el Consejo de Ancianos (250 miembros) y el Consejo de los Quinientos. El mandato de un director y de un tercio de la asamblea se renovaría anualmente a partir de mayo de 1797, y el derecho al sufragio quedaba limitado a los contribuyentes que pudieran acreditar un año de residencia en su distrito electoral. La nueva Constitución incluía otras disposiciones que demostraban el distanciamiento de la democracia defendida por los jacobinos. Este régimen no consiguió establecer un medio para impedir que el órgano ejecutivo entorpeciera el gobierno del ejecutivo y viceversa, lo que provocó constantes luchas por el poder entre los miembros del gobierno, sucesivos golpes de Estado y fue la causa de la ineficacia en la dirección de

El 9 de noviembre de 1799, Napoleón es nombrado jefe del ejército de Paris. Con un enorme protagonismo gracias a sus campañas en Italia y Egipto, respaldado por la burguesia moderada del Directorio, participa en el golpe de estado que tiene lugar el 18 de brumario, poniendo fin al régimen del Directorio.

El 9 de noviembre de 1799, Napoleón es nombrado jefe del ejército de París. Con un enorme protagonismo gracias a sus campañas en Italia y Egipto, respaldado por la burguesía moderada del Directorio, participa en el golpe de estado que tiene lugar el 18 de brumario, poniendo fin al régimen del Directorio.

los asuntos del país. Sin embargo, la Convención Nacional, que seguía siendo anticlerical y antimonárquica a pesar de su oposición a los jacobinos, tomó precauciones para evitar la restauración de la monarquía. Promulgó un decreto especial que establecía que los primeros directores y dos tercios del cuerpo legislativo habían de ser elegidos entre los miembros de la Convención. Los monárquicos parisinos reaccionaron violentamente contra este decreto y organizaron una insurrección el 5 de octubre de 1795. Este levantamiento fue reprimido con rapidez por las tropas mandadas por el general Napoleón Bonaparte, jefe militar de los ejércitos revolucionarios de escaso renombre, que más tarde sería emperador de Francia con el nombre de Napoleón I Bonaparte. El régimen de la Convención concluyó el 26 de octubre y el nuevo gobierno formado de acuerdo con la Constitución entró en funciones el 2 de noviembre.

El 9 de noviembre de 1799, Napoleón es nombrado jefe del ejército de París. Con un enorme protagonismo gracias a sus campañas en Italia y Egipto, respaldado por la burguesía moderada del Directorio, participa en el golpe de estado que tiene lugar el 18 de brumario, poniendo fin al régimen del Directorio.

Pero eso ya es otra historia………..

SALTAR A…. NAPOLEÓN BONAPARTE

Sísifo

En la mitología griega, Sísifo (Σίσυφος) fue fundador y rey de Éfira (nombre antiguo de Corinto). Era hijo de Eolo y Enarete y marido de Mérope. De acuerdo con algunas fuentes (posteriores), fue el padre de Odiseo con Anticlea, antes de que ésta se casase con su último marido, Laertes.

Fue el padre, con Mérope,

del dios marino Glauco. Se decía que había fundado los Juegos Ístmicos en honor a Melicertes, cuyo cuerpo había encontrado tendido en la playa del istmo de Corinto.

Fue promotor de la navegación y el comercio, pero también avaro y mentiroso. Recurrió a medios ilícitos, entre los que se contaba el asesinato de viajeros y caminantes, para incrementar su riqueza. Desde los tiempos de Homero, Sísifo tuvo fama de ser el más astuto de los hombres. Cuando Tánatos (la muerte) fue a buscarle, Sísifo le puso grilletes, por lo que nadie murió hasta que Ares vino, liberó a Tánatos, y puso a Sísifo bajo su custodia.

Pero Sísifo aún no había agotado todos sus recursos: antes de morir le dijo a su esposa que cuando él se marchase no ofreciera el sacrificio habitual a los muertos, así que en el infierno se quejó de que su esposa no estaba cumpliendo con sus deberes, y convenció a Hades para que le permitiese volver al mundo superior y así disuadirla. Pero cuando estuvo de nuevo en Corinto, rehusó volver de forma alguna al inframundo, hasta que allí fue devuelto a la fuerza por Hermes.

En el infierno Sísifo fue obligado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio (La Odisea, xi. 593). El motivo de este castigo no es mencionado por Homero, y resulta oscuro (algunos sugieren que es un castigo irónico de parte de Minos: Sísifo no quería morir y nunca morirá pero a cambio de un alto precio y no descansará en paz hasta pagarlo). Según algunos, había revelado los designios de los dioses a los mortales. De acuerdo con otros, se debió a su hábito de atacar y asesinar viajeros. También se dice aun después de viejo y ciego seguiría con su castigo. Este asunto fue un tópico frecuente en los escritores antiguos, y fue representado por el pintor Polignoto en sus frescos de Lesche en Delfos (Pausanias x. 31).

El Acrocorinto

El Acrocorinto

De acuerdo con la teoría solar, Sísifo es el disco del sol que sale cada mañana y después se hunde bajo el horizonte. Otros ven en él una personificación de las olas subiendo hasta cierta altura y entonces cayendo bruscamente, o del traicionero mar. Welcker ha sugerido que la leyenda es un símbolo de la vana lucha del hombre por alcanzar la sabiduría. S. Reinach (Revue archéologique, 1904) sitúa el origen de la historia en una pintura, en la que Sísifo era representado subiendo una enorme piedra por el Acrocorinto, símbolo del trabajo y el talento involucrado en la construcción del Sisypheum. Cuando se hizo una distinción entre la almas del infierno, se supuso que Sísifo estaba empujando perpetuamente la piedra cuesta arriba como castigo por alguna ofensa cometida en la Tierra, y se inventaron varias razones para explicarla.

Puedes leer más sobre Sísifo, la Filosofía, y Albert Camus, en: Filosofía/Mito de Sísifo, Albert Camus

Cabezas célticas en el castro de Yelca-Salamanca

Cabezas célticas en el castro de Yecla-Salamanca
Cabezas célticas inéditas del castro de Yecla. Salamanca

José María Blázquez Martínez
Antigua: Historia y Arqueología de las civilizaciones

[Publicado previamente en: VII Congreso Arqueológico Nacional. Barcelona 1961, Zaragoza 1962, 217-226. Editado aquí en versión digital por cortesía del autor, bajo su supervisión y con la paginación original].


Las esculturas celtas que representan cabezas humanas en los años que han seguido a la guerra europea han motivado importantes estudios 1. En la Península Ibérica, donde las representaciones de cabezas son abundantes en el arte indígena prerromano han aparecido cuatro importantes estudios.
El primero que entre nosotros abordó el tema y su posible interpretación fue el difunto director del Museo Arqueológico Nacional, B. Taracena; el título que puso a su trabajo indica bien claramente la significación que su autor da a estas cabezas: Cabezas trofeos en la España Céltica.

En 1956, Blanco, con motivo de la publicación por vez primera de una cabeza hallada en un castro del NO. de la Península, el del Narla, aludió a algunos objetos hispanos adornados con máscaras humanas y se unió a la tesis sostenida por Jacobsthal y otros investigadores extranjeros (Lambrechts, etc.), que ven en esta cabeza un elemento simplemente decorativo debido a la tendencia general del arte celta de decorar las piezas con representaciones de cabezas humanas.
El mismo año de la publicación del trabajo de Blanco, 1956, apareció en las Actas del Congreso de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas celebrado en Madrid en el año 1954, la comunicación de A. Balil en la que estudiaba algunas cabezas del Levante ibérico. Balil se inclina en cuanto a su posible significado por la tesis sostenida por Benoit y Taracena y antes que ellos por Lantier de que la máscara humana es una verdadera tête coupée o tête de décapite 4, y por lo tanto es la confirmación de los textos de los autores antiguos que hablan de la costumbre celta de amputar la cabeza a los enemigos y de colgarlas de las crines de los caballos, costumbre que los autores clásicos describen: minuciosamente (Diod. V, 29 ; Str. IV, 4, 5 ; Liv. X, 26, 11; XXIII, 24; Sil. It. Pun. XIII, 481-482; Flor. III, 4, 2).
Los dos textos más explícitos son el de Diodoro, V, 29, 4 y el de Estrabón, IV, 4, 5. El primer autor escribe: Cortan las cabezas de los enemigos muertos, las atan a los cuellos de las caballos y entregan estos despojos sangrientos a los clavos. Las llevan como botín cantando, el pean e himnos de victoria y las cuelgan en sus casas como primicias como si hubiesen matado en alguna cacería una fiera. Las cabezas de los enemigos más famosos, untadas totalmente de aceite de cedro las conservan con gran cuidado en recipientes y las enseñan a su huéspedes, gloriándose de no haber aceptado una gran cantidad de dinero que a sus antepasados, a sus padres o incluso a ellos mismos les ofrecieron por ellas. Se dice que algunos, se vanaglorian de no haber aceptado un peso en oro igual al de la cabeza, mostrando de este modo una grandeza de ánimo bárbara.
Estrabón confirma la veracidad de las noticias transmitidas por Diodoro y su descripción de esta costumbre celta es más concisa: al salir del combate cuelgan del cuello de sus caballos las cabezas de los enemigos matados, y las llevan consigo para fijarlas como espectáculo en los vestíbulos…
Las cabezas de las personas importantes las fían a los extranjeros, conservada en aceite de cedro y rehúsan venderlas aún a peso de oro.
El geógrafo griego añade que esta costumbre la tienen la mayoría de los pueblos del Norte.
Dos testimonios escultóricos se conservan que confirman esta costumbre, el primero es el relieve hallado en Entremont 5, que representa a un jinete, de cuyo caballo cuelga una cabeza humana; el segundo es una moneda en la que se ve un celta con una cabeza en la mano, costumbre imitada por los romanos en una escena de la Columna Trajana 6, en la que dos guerreros muestran las cabezas amputadas a sus compañeros. Las representaciones de cabezas serían la confirmación de los textos que hallan de sacrificios humanos en la Península Ibérica. Unas veces se trata de sacrificios en honor de los dioses, como cuando los bletonenses, gentes que moraban no lejos de Salamanca, inmolaban entre los años 96-94 a. de Cristo personas a sus dioses, lo que motivó la intervención del procónsul de la Hispania Ulterior, P. Craso, para castigar a los jefes que se excusaron alegando la ignorancia de la existencia de las leyes que prohibían semejantes sacrificios (Plut. 9 R), o cuando los pueblos del N. sacrificaban los prisioneros a un dios asimilado a Ares (Str. III, 155).
Otras veces los sacrificios humanos se utilizaban en prácticas de adivinación, como entre los lusitanos (Str. III, 3, 6), con un ritual muy semejante al empleado por los druidas (Str. IV, 5) y por los galos (Diod. V, 31, 1). Estrabón, III, 3, 6, describe estas prácticas en los siguientes términos: Son muy aficionados los lusitanos a sacrificios (humanos) y examinan los intestinos sin sacarlos. Examinan igualmente las venas del pecho, y dan oráculos palpándolas. Vaticinan también por las entrañas de los prisioneros, cubriéndolos con capas. Cuando el sacerdote da un golpe en las entrañas, primero vaticinan por la caída de la víctima.
“Cortan igualmente las manos de los prisioneros y dedican a sus dioses las manos derechas.”
Estrabón IV, 5, a su vez dice de este rito utilizado por los druidas: Las cabezas de las personas importantes las untaban con aceite de cedro; y las enseñaban a los extranjeros y no las vendían ni aunque se le ofreciese una gran cantidad de oro. Los romanos los obligaron a abandonar esta costumbre y los ritos de adivinación y de sacrificio que repugnaban a su mentalidad, como el sacar vaticinios del palpar el cuerpo de un hombre herido en la espalda con una espada: Hacen, según se dice, también sacrificios humanos de otro tipo; a algunos los mataban a flechazos o los crucificaban y en sus ceremonias religiosas levantaban una gran pirámide con maderas y troncos, y arrojaban a ellas ganado y animales de toda clase y los quemaban. Diodoro 5, 31, 5, puntualiza que el golpe se daba en el diafragma y que, al igual que entre los lusitanos,
entre los galos, se vaticinaba observando la caída de la víctima: Al hombre que van a sacrificar le clavan una espada en el diafragma, y vaticinan unas veces según la caída, otras- según las convulsiones de los miembros, o según la salida de la sangre. Gracias a las noticias transmitidas por Estrabón (VII, :2, 3), se sabe que los cimbrios también obtenían oráculos de los intestinos y de la sangre de los prisioneros: vaticinaban según la caída en la crátera de la sangre, otras mujeres descuartizaban los cadáveres y del examen de los intestinos pronosticaban la victoria.
Los bretones, en cambio, vaticinaban manchando los altares con la sangre de los prisioneros y consultando a los dioses en las entrañas humanas (Tac. Ann. XIV, 30). Entre los germanos se vaticinaba sin sacrificios humanos (Tac. Germ. X); cuando se recurría a ellos el ritual era diverso (Str. VII). Los romanos imitaron en la Península varias veces la costumbre hispana de amputar las manos a los prisioneros (App. Ib. 69, 94).
El carácter que tenían entre estos pueblos los sacrificios humanos, cuando no eran ritos de adivinación, fue muy bien captado por César (BG. VI, 16): qui sunt adfecti grauioribus morbis quique in proeliis periculisque uersantur aut pro uictimis homines inmolant aut se inmolaturos nouent quod pro uita hominis nisi hominis uita reddatur, non posse aliter deorum inmortalium numen placari arbitrantur; idea. también expresada por Cicerón (Pro Font. XIV): Quam ob rem quali fide, quali pietate existimatis esse eos qui etiam deos inmortales
arbitrentur hominum scelere et sanguine facillime posse placari?
Los sacrificios humanos son, como se deduce de otros varios autores, ritos de redención (Lac. Plac. Com. St. Th. X, 793. Serv. Ad Aen. III, 57); con el mismo carácter también existieron entre los suevos (Tac. Germ. XXXIX) e incluso entre los romanos de la época de los Antoninos. En Roma los sacrificios humanos, en los casos de vestales sepultadas vivas por transgredir la obligación de guardar castidad o de cambio de sexo, no se intentaba castigar un delito, sino más bien eliminar una impureza que hacía peligrar las buenas relaciones de la sociedad con los dioses.
Los sacrificios humanos en la Península se usaban para una finalidad totalmente diferente de las prácticas adivinatorias, como era el sellar los pactos entre los pueblos. Lucio Cornelio Cethego se justificaba de la matanza de lusitanos hecha por él, porque estas gentes, a pesar de haber inmolado un hombre y un caballo, se preparaban para la guerra: una contra L. Cornelium Cethegum,in qua Lusitanos prope se castra habentis caesos fatetur, quod compertum habuerit, equo atque homine sua ritu inmolatis, per speciem pacis adoriri exercitum suum in animo habuisse (Liv. Per. 49).
En Cádiz, en la época de César todavía pervivía la costumbre de hacer sacrificios humanos, como se desprende del siguiente pasaje de Cicerón. Pr. Balb. XLIII; Inueteram quamdam barbariem ex Gaditanorum moribus disciplinaque deberit.
Estos sacrificios no se empleaban con la costumbre celta que examinamos, sino con ritos semitas 8 , al igual que el posible sacrificio de fundación de la acrópolis de Archena 9 y los sacrificios de personas de los que quedan huellas claras en los esqueletos metidos en urnas que Ramos Folqués encuentra en las excavaciones de Elche.
Dada la frecuencia de estos sacrificios en la Península, no es de extrañar el hecho atestiguado varias veces por las fuentes antiguas de haberse comido carne humana en los cercos de ciudades hispanas. (App. Ib. 96 ; Val. Max. VII, 6, 27, 3 ; Salust. Hist. III, 87 ; Diod. IV, 5, 4.) Después de leer estos ejemplos se comprende perfectamente los planes de Aníbal de alimentar a sus tropas que marchaban sobre Italia, la casi totalidad de ellas eran hispanas, con carne humana. (Pol. IX, 24, 6): a los soldados hay que acostumbrarles a alimentarse de carne humana. Un texto de Diodoro XIII, 5, 77, alusivo a la toma de Selinís por los cartagineses, 409 a. de Cristo, es de una importancia excepcional, ya que por él se sabe que la costumbre celta que tenían algunos pueblos europeos de cortar las manos a los enemigos y clavar las cabezas en las puntas de las lanzas, era conocida en la Península: según su costumbre, mutilaban los cadáveres; unos se ceñían el cuerpo con manos cortadas, otros blandían cabezas en las puntas de las lanzas y jabalinas.
Esta descripción recuerda muy de cerca lo que Livio X, 26, 11, escribe sobre la batalla de Sentinum, 215 a. De Cristo : Gallorum equites, pectoribus equorum suspensa gestantes capita et lanceis ouantesque moris sui carmina, o Tácito (Ann. I, 61) de la llegada de Germánico a Teotoburgo, donde yacían esparcidos los restos del ejército de Varo: adiacebant fragmina telorum equorumque artus, simul truncis arborum antefixa ora, y en general, las cabezas de los enemigos… cuelgan de clavos en los vestíbulos (Jacoby, F. G. H. II, 258).
De los textos aducidos referentes a sacrificios humanos en la Península Ibérica, se deduce, pues, que esta práctica estaba en vigor en pleno siglo I a. de Cristo. En Roma, donde no fueron raros los sacrificios humanos 10 a lo largo de todo el Imperio Romano, se prohibieron en el año 97 a. de Cristo. (Plin. NH. XXX, 12), pero se encuentran atestiguados todavía en las épocas de Domiciano (Plin, Epist. IV, 116 y Suet. Dom. VIII. Dio Cas. LXVII, 3; Phil. V. A. VII, 6), de los Ántoninos 11 y de Juliano 12. En la Gallia los sacrificios humanos se prohibieron, como en África, bajo Tiberio según Plinio (N H. XXX, 4) y bajo Claudio, según Suetonio (Claud. XXV). En realidad están documentados entre casi todos los pueblos de la antigüedad, además de entre los habitantes de Gallia (Pro Font. XIV; Dion. Cas. I, 38 ; Eus. Praep. Euang. IV, 16 y 18; Lact. Diu Inst. I, 21; Str. IV, 4; Diod. V, 31; Inst. XXVI, 22; Luc. Fars. I, 444-446; III, 404-405. Solino (XXI) es el único autor que niega tales sacrificios) y se descubren entre romanos y cartagineses, entre suevos (Tac. Germ. XXXIX), germanos (Tac. Germ. IX), gálatas (Diod. V, 32, 6), escordiscos (Amm. XXVII, 4, 1), y bretones (Tac. Ann. XIV, 30).
Según Plinio (NH. XXX, 4, 13) la costumbre de hacer sacrificios humanos de la Gallia pasó a Britannia; podían ser privados o públicos (Cas. B. G. VI, 16). Entre los etruscos los sacrificios humanos eran una de las ceremonias fúnebres, como parece inferirse de una escena representada en la tumba de los Augures 14. Los mismos, combates de gladiadores eran originariamente, como acertadamente escribe G. de Sanctis 15, una forma meno brutale e piu spettacolare dei sacrifici umani, con cui in tempi primitivi si onoravano defunti, non tanto per propiziarsene i Mani, quanto per migliozare le loco sorte d’oltretomba con sangue delle vittime, che si pensainfonda, alle anime quasi une nova. vita..
Este carácter explica satisfactoriamente que documentos más arcaicos de combates de gladiadores se encuentren en pinturas de tumbas 16 o sean juegos fúnebres. Se introdujeron en Roma, por vez primera, en el año 264 a. de Cristo, con motivo de la muerte de D. Q. Bruto por sus hijos (Liv. Per. XVI; Val. Max. 11, 4 ; Serv. Ad Aen. III, 67), que los copiaron de los etruscos, aquí sólo combatieron tres parejas de gladiadores, número, que subió en el funeral de M. Emilio Lépido, 216 a. de Cristo a veintidós parejas; a veinticinco en el año 200 a. de Cristo en el entierro de M. Valerio Leonio; a sesenta parejas en el año 183 a. de Cristo en los juegos fúnebres de P. Licinio Craso. Los romanos esparcieron este rito por todo el Mediterráneo, así aparece en las pompas fúnebres celebradas en Cartagena en honor del padre y del tío de Escipión (Liv. XX, 8, 21), de donde le tomarían los indígenas del centro de la Meseta, ya que se encuentra documentado en el entierro de Viriato, donde combatieron doscientas parejas de gladiadores (Diod. XXXIII, 21).
Las honras fúnebres típicamente iberas son las descritas por Livio (XXV, 17,4): alii ab Hannibale… tradunt in uestibulo. punicorum castrorum rogum extructum esse, armatum exercitum decucurrisse cum tripudiis Hispanorum motibus annorum et corporum suae euique genti adsuetis…
Sin embargo, a pesar de encontrarse los sacrificios humanos plenamente documentados dentro de la Península Ibérica, y de hallarse atestiguadas aquí las mismas costumbres de colgar la cabeza que en la Gallia, en un trabajo reciente 17, en que catalogamos y analizamos las representaciones de cabezas humanas de la Península concluimos, que salvo las encontradas en la Cibdá de Armea, todas las restantes representaciones no se las pueden llamar tête coupée, ni son cabezas trofeos, sino que responden a la costumbre celta estudiada por Jacobsthal de adornar los objetos con máscaras humanas 18.
Recientemente hemos conocido dos excelentes piezas que hoy publicamos por vez primera. Se trata de dos interesantes cabezas de piedra granítica halladas en el pueblo salmantino de Yecla, a unos 70 kilómetros de Salamanca, donde existe un magnífico castro romanizado con una colosal muralla, en territorios de vettones 19. En la proximidad del castro se encontraba la necrópolis que ha proporcionado multitud de lápidas romanas, en las inmediaciones de la muralla, en dirección del riachuelo que bordea parte del castro se encuentran sobre roca granítica unas insculturas que representan un rebaño de caballos 20, una pareja de caballos, también grabados sobre roca granítica, aún inéditos, se encuentra cerca de la muralla. Las cabezas aparecieron en unos prados, junto al actual pueblo y al camino que conduce al castro.
En la actualidad se encuentran empotradas a ambos lados de la ventana en una casa existente enfrente de la fuente, a la entrada del pueblo, y a la carretera de Vitigudino. Ambas cabezas poseen una prolongación, al igual que las dos procedentes de la Cibdá de Armea, que les permite empotrarse en la pared. Distan del suelo unos tres metros, medio del tejado y metro y medio entre ellas.
La cabeza colocada a la derecha de la ventana es de una tosquedad y rudeza grande. Los ojos son dos concavidades, sin ningún intento de señalarse las cejas o los párpados, ni el ojo propiamente dicho. La nariz es un mero resalte vertical, en el que los lados del contorno apenas se delimitan. La boca ha quedado reducida a una incisión longitudinal sin labios. No hay la menor señal de que el cantero que trabajó esta cabeza intentase señalar la presencia de la barba, pelo, bigotes, mandíbula inferior y oídos. La cabeza es de forma circular, pero está tan mal tallada que produce la impresión de encontrarse sin terminar. El lado izquierdo está poco rebajado, lo que produce la impresión de encontrarse esta parte hinchada.
El mismo defecto se observa en el lado inferior derecho. La cabeza situada a la izquierda de la ventana es también de forma circular. Probablemente la misma mano esculpió ambas piezas, pues en ésta también se nota cierta hinchazón en las mismas zonas que en la cabeza anterior. La boca se encuentra trabajada con idéntica técnica al igual que la nariz, cuyo lado derecho aquí está más acusado. Hay un intento de señalar las cejas, los ojos no son dos cuencas vacías, sino que contienen los ojos e incluso hay un intento de representar los párpados entornados, actitud que en la Península, adoptan la cabeza de la Cibdá de Armea, y que está documentada en la Gallia, (Entremont, Nages, Tarasque, Nîmes, Substantion) 21. Tampoco hay huella de haberse intentado señalar la barba, el pelo, el bigote, los oídos y la forma de la mandíbula inferior. La altura de esta segunda cabeza es de 25 cm. y su anchura de 26 cm. Las dimensiones de la primera son 27 y 26 cm. respectivamente.
En realidad pertenecen al mismo mundo que las halladas en la Cibdá de Armea, aunque de arte mucho más torpe. Poseen al igual que éstas y el Iano de Candelario 22, también recogido en la provincia de Salamanca, algunas de las características que según Jacobsthal (op. cit., 12 ss.) son típicas de las representaciones celtas de cabezas, como la carencia de oídos, la nariz en forma de triángulo con la base más ancha, mandíbulas sin barba; en todas cuatro faltan otras características que aparecen en el Iano de Candelario como el bigote de tipo «borgoñón» y un adorno que aquí son los cuernos. La importancia de estas cabezas salmantinas y de una gemela también conservada en el pueblo, empotrada en la pared exterior junto a la puerta principal de la casa de don Ricardo Hernández es grande; ellas son el mejor exponente del auténtico arte indígena de tradición europea, que encontraron los romanos entre los pueblos de la Meseta hispana; estas tres han aparecido en territorio de vettones, gentes que según Tovar 23, al igual que cántabros, astures, pelendones, y carpetanos, pertenecen a la más antigua capa indoeuropea de la Península. Carecen, como la cabeza del castro del Narla estudiado por Blanco, de todo arte y confirman el juicio que sobre el arte celta religioso escribió Lucano en su Farsalia (III, 412-413): simulacra maesta doerum arte carent caesisque extant informia truncis.
Son cabezas de carácter decorativo, debidas a la tendencia general del arte celta a adornar con máscaras humanas. No hay el indicio de que estas cabezas sean una institución de las auténticas que se conservaban clavadas o en los vestíbulos o en aceite de cedro; tampoco llevan ningún distintivo de los dioses celtas la life-crown 24.
Su parentesco con las dos halladas en la Cibdá de Ármea nos mueve a descartar la posibilidad apuntada por nosotros de que estos dos ejemplares últimos sean probablemente verdaderas «têtes coupées». Su importancia es grande también por pasar estos temas decorativos al arte románico 25, de lo que en la Península se conocen buenos ejemplares, como en la portada de la iglesia románica de Sangüesa, donde se encuentra un racimo de cabeza que recuerda un conjunto de Entremont. Un segundo ejemplar se halla en la portada de la iglesia de Puente la Reina con el tema tan céltico de partes del cuerpo tamaño mordidas por un felino.
1-2 Cabezas célticas del castro de Yelca, Salamanca

3. Portada de la iglesia de Santa María de Sangüesa.

4. Portada de la iglesia de Puente la Reina.
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ESPECIFICACIONES

1. P. Jacobsthal: Early Celtic Art, Oxford, 1944, cap. I. F. Benoit: L’art primitif méditerranéen de la vallée du Rhône, Paris, 1945; segunde éd., Aix-en-Provence, 1954; Le Cerbère de Gênes et les “têtes coupées” de la Narbonnaise, en Riv. di St. Liguri, XII, 1946, 80; Des chevaux de Mouriès aux chevaux de Roquepertuse, en Préhistoire, X, 1948, 137; La statuaire d’Entremont, en Riv. di St. Liguri, XIV, 1948, 64; La estatuaria provenzal en sus relaciones con la estatuaria ibérica en la época prerromana, en Arch. Esp. de Arqueol., XXII, 1949, 113; La victoire sur la mort et le symbolisme funéraire de l’Anguipéde, en Latomus, VIII, 1949, 263; L’aire méditerranéenne de la «tête coupée», en Revue d’Études Ligures, XV, 1949, 243; L’art méditerranéenne de la «tête coupée». Note additive, ibid., XVII, 1951, 38; Le problème de l’influence de la Grèce archaïque en Méditerranée occidentale et la statuaire d’Entremont, en Atti 1.º Congr. Intern. di Preist. e Protost. Mediterr. 1950, Florence, 1952, 430; L’Ogmios de Lucien, la «tête coupée» et le cycle mythologique irlandais et gallois, en Ogam, V, 1953, 33; Monstres hippophores méditerranéens et «Cavalier a l’Anguipéde» gallo-romain, en ibid., 1954, 299. M
Renard: Les «têtes coupées» d’Entremont, en L’Ant, Class., XVI, 1947, 307; Des sculptures celtiques aux sculptures médiévales. «Têtes coupées», en Latomus, VII, 1948, 235;
Des sculpt. celt. aux sculpt. méd. Fauves androphages, en Hommages à J. Bidez et à Fr. Cumont, Bruselas, 1949, 277;
La louve androphage d’Arlon, en Latomus, VIII, 1949, 255; Sphinx ravisseuses et «têtes coupées», ibid., IX, 1950, 303; Poteries à masques prophylactiques. À propos des vases «planétaires », ibid., XIV, 1955, 202.
P. Lambrechts: L’exaltation de la tête dans la pensée et dans l’art des Celtes, Brujas, 1954. Dieux-têtes, en Latomus XIV, 1955, 202 ss. Ambiances méditerranéennes. Quelques nouveaux exemples de transmission de prototypes d’Orient en Occident I. La «tête coupée» apotropaïque de Porquerolles, en Ogam XII, 1960, 176 ss.
S. Stucchi: Le «tête coupée» e la raffigurazione delle morte nell’ambiente mediterraneo, en Forum Iulii, 1951, 17 ss.

2. Arch. Esp. de Arqueol., XVI; 1943, 157 ss.

3. A. Blanco: Cabeza de un castro del Norte. Notas sobre el tema de la cabeza humana en el arte céltico, en Cuad. Est. Gall., XXXIV, 1956, 159 ss.

4. A. Balil: Cabezas cortadas y cabezas trofeos en el Levante español, en Congreso internacional de Ciencias prehistóricas y Protohistóricas, Actas de la IV sesión, Madrid, 1954,
871 ss.

5. F. Benoit: L’art primitif méditerranéen, lám. XXXIII. Probablemente la representación más antigua de la caza de cabezas se encuentra en una losa sepulcral extremeña, en la que a un guerrero le pende un objeto redondo, que Mac White (Sobre unas losas grabadas en el Suroeste de la Península Hispánica y el problema de los escudos de tipo Herzsprung, en Homenaje a Julio Martínez Santa-Olalla, 1947, 161), y Pittioni interpretan como representación de un espejo. J. Ramón y Fernández Oxea (en Arch. Esp. de Arqueol., XXVIII, 1955, 272) y Hawkes (en Ampurias, XIV, 1952, 100, n. 109) creen que se trata de la representación de una cabeza amputada al enemigo.
6. A. García y Bellido: Arte Romano, Madrid, fig. 678; P. Romanelli: La colonna Traiana, Roma, 1942, núms. 60, 75.

7. La igualdad de rito en la adivinación entre los celtas de la Gallia y los lusitanos se debe a que estos últimos son también celtas, según la documentada tesis de Lambrino (Les Lusitaniens, Euphrosyne, 1957, 117 ss.) ya propuesta por Schulten (FHA, VI, 212), contraria a la hipótesis tradicional que los cree íberos. Bosch-Gimpera, Etnología de la península ibérica, Barcelona, 1932, 601. Este autor últimamente (Los iberos, CHE, IV, 1948, 89) se inclina por la teoría de que los lusitanos es un pueblo emparentado con los estratos étnicos indígenas preibéricos de toda la Península, por lo tanto no serían iberos, J. Maluquer: Pueblos celtas, en Historia de España. España prerromana, Madrid 1954, 27 s.; el autor admite una gran influencia del elemento celta en esta región sobre la cultura lusitana. Cf. J. Caro Baroja: Los pueblos de España, Barcelona 1946, 199 ss. Sobre las penetraciones célticas en la Península Cf. Tovar: Las monedas de Obulco y los celtas en Andalucía, en Zephyrus III, 1952, 219 ss.; Las invasiones indoeuropeas, problema estratigráfico, Zephyrus VIII, 1957, 77; Bosch-Gimpera: Les mouvements celtiques, essai de reconstruction, EC. 1950-51; 1953-54; A. Beltrán; La índoeuropeización del Valle del Ebro, en Primer Symposium de Prehistoria de la Península ibérica, Pamplona, 1960, 123 ss.

8. Gh. Picard : Les religions de l’Afrique Antique, Paris, 1954, 130.

9. D. Fletcher: Un posible sacrificio fundacional en la ciudad ibérica de Archena, CHP, I, 1947, 40 ss.

10. J. M. Blázquez: La religiosidad de los pueblos hispanos vista por los autores griegos y latinos, en Emerita XXVI, 1958, 87 ss. F. Altheim: El sacrificio de los Decios. Inv. Progr. XIII, 1942, 9 ss. P. Arnold: Les sacrifices humains et la deuotio à Roma, Ogam IX, 1957, 27 ss.

11. J. Tontain: Les cultes païens dans L’Empire Romain. III, Paris, 1918, 397 ss.

12. N. Massalsky: Los sacrificios humanos del emperador Juliano en Hungría. Inv. Progr. XIII, 1942, 354 ss.

13. Entre los autores actuales A. Bayet: Les sacrifices humains en Gaule, en Actes Congrès Hist. Rel. Paris 1925, II, 178 ss., se ha esforzado en demostrar que en la religión gala no eran los sacrificios humanos más frecuentes que en la romana, tesis insostenible.

14. G. Giglioli: L’arte etrusca, Milán 1935, lám. CIX, 2; F. Poulsen: Etruscan Tomb Paintings, Oxford 1924, fíg. 4.

15. Storia dei Romani, Florencia, 1954, IV, 342.

16. P. C. Sestieri; Tombe dipinte di Paestum, Riv. Ist. Nac. Arch. St. Art. 1956-57, 65 ss.

17. J. M. Blázquez: Sacrificios humanos y representaciones de cabezas en la Península ibérica, en Latomus, 1958, XIX, 27 ss. Los pies de las figuras 7 y 8 se encuentran cambiados. La cabeza de Adrona Veroti representa un guerrero probablemente.

18. Seguramente la representación más antigua de la caza de cabezas se encuentra en una losa sepulcral hallada en Extremadura, como se dijo; ello confirmaría la hipótesis propuesta por Bosch-Gimpera (La Edad del Bronce en la Península Ibérica, AEArq. XXVII, 1954, 87) de que estas estelas pertenecen a sepulturas de guerreros celtas.

19. J. Maluquer: Carta arqueológica de España. Salamanca, Salamanca, 1956, 121 ss.

20. J. M. Blázquez: Chevaux et Dieux. dans l’Espagne antique, en Ogam. XI, 1959, fig. 53.

21. F. Benoit: L’art primitif méditerranéen de la Vallée du Rhône, Láms. XII, XVIII, 3; XIX; XXII; XXXII; LX-LXI. A. Varagnac – G. Fabre: L’art Gaulois, Paris, nos. 14, 16-20, 36- 37, 60. T. G. Powell: The Celts, Londres, 1959, núms. 64-66. R. Pernond: Les Gaulois, 1957, 50, 66, 73, 94, 163.

22. J.M. Blázquez: Sacrificios humanos y representaciones de cabezas en la Península
Ibérica, 42.

23. Estudios sobre las primitivas lenguas hispanas, Buenos Aires, 1949, 196.

24. F. Benoit: Dieux-têtes.

25. F. Benoit: Têtes coupées de l’époque grecque au Moyen Age, en Cah. Lig. Preh. Arch. VIII, 1959, 143 ss. G. Troescher: Keltisch-germanische Götterbilder des romanischen Kirchen, en Zeitschrift für Kunstgeschichte XVI, 1951, 1 ss.; Ein Bay: Crisches Kirchen Portan und sein Bilderkreis. Keltisches Mediterranes und die Symbole der menschlidren Laster in der romanischen Bauplastik, en Zeitschrifts für Kunstgeschichte XVII, 1954, 1 ss.
Además los trabajos citados de Renard en la nota 1. A. Varagnac – G. Fabre, op. cit., 279 ss.
A. Weitnaner : Keltisches Erbe in Schwaben und Baiern.

26. C. Milton: La portada de Santa María la Real de Sangüesa. Prínc. Viana. XX, 1959, 139 ss.

artículo extraido de la biblioteca Cervantes virtual

William Wallace

William Wallace (1272 – 1305)

EN CONTRUCCIÓN, PUEDE Q ALGUNAS IMAGENES NO SE VEAN.

En una geografía tan dura como la escocesa, y más aún en épocas de la terrible dominación inglesa, la dureza en el carácter de los Highlanders (habitantes de las tierras altas) no es algo que debiera extrañar.

Entre todos ellos, si tuviésemos que destacar a una persona tendría que ser, indudablemente a Sir William Wallace.

Nacido en Elderslie, localidad cercana a Glasgow (otros creen que nació en Paisley, Renfrew, Escocia), la fecha exacta queda también envuelta en brumas: unos la sitúan el 31 de enero del año 1272, otros un par de años mas temprano.

Escudo Wallace

Como en cualquier otro caso en que el devenir caballeresco de un hombre se convierte en leyenda -por poner otros ejemplos medievales, el Cid Campeador, Godofredo de Bouillón o Carlomagno-, retazar la vida de William Guayabee se convierte en un peligroso ejercicio historiográfico, debido a la escasez de datos objetivamente fiables. La mayoría de las referencias a su vida proceden de un poema épico escocés de la segunda mitad del siglo XV, The Guayabee, atribuido a un desconocido Enrique el Juglar, también llamado en ocasiones Enrique el Ciego; el tono del poema, encendidamente antibritánico y contrario a la dominación inglesa, también presenta a la nobleza escocesa como un estamento excesivamente anglófilo y corrupto, lo que evidencia una contaminación histórica importante, ya que estos problemas, visibles por completo en el siglo XV, no eran los que acontecían a la nobleza escocesa en la época de Guayabee.

Algo más reales, pero nulas en el plano objetivo, son las noticias que de él transmitieron los cronistas ingleses contemporáneos. La descripción de Guayabee es totalmente negativa y parcial, se le presenta como un pagano, un monstruo, un ogro y un verdadero demonio. A pesar de ello, es posible tejer un esbozo con mínimas garantías historiográficas, pues Guayabee, el héroe o el demonio, sí fue, desde luego, un hombre conforme a las coordenadas políticas y sociales de su tiempo.

Obviamente, el primer factor que hay que señalar es su origen galés: Guayabee es la transliteración actual del antiguo escocés “Welsach”, es decir, ‘de Gales’. A pesar de ello, no debe extrañar su temprana adscripción a los problemas escoceses, ya que en la formación medieval de este reino convivieron grupos heterogéneos de muy diversa procedencia: pictos y escotos, de manera general, son los grupos más conocidos, pero a ellos hay que añadir la constante presencia de antiguos descendientes de los celtas caledonios, de población de origen romano, de britanos, anglos, sajones, celtas irlandeses y, por supuesto, galeses, asentados, preferentemente, en el antiguo reino de Strathclyde, al sur.

Fue el segundo hijo de Sir Malcolm Wallace, un noble menor. Mientras William Wallace cumplía su segundo aniversario, el 18 de agosto Inglaterra celebraba la coronación de Eduardo I, un hombre alto y despiadado apodado Piernaslargas por su enorme estatura.

Muerto el Rey escocés y muerta La Damisela Noruega, heredera al trono, Eduardo I ve en ello su oportunidad para tomar el control de Escocia.

La crisis tras la muerte de Alejandro III (1286-1296)

En 1270 Alejandro III subió al trono de Escocia. Durante sus casi veinte años de gobierno, el reino vivió una época de paz y prosperidad que se tradujo en un crecimiento económico del reino. Pero, a su muerte, las tensiones larvadas entre los dos linajes más importantes de la aristocracia escocesa, los Bailleul y los Bruce, estallaron con violencia. La heredera del trono de Alejandro era su nieta, la princesa-niña Margaret, conocida como la “dama de Noruega”, por lo que un consejo de regencia se hizo cargo del gobierno. El rey de Inglaterra, Eduardo I intentó aprovechar la cuestión para llevar a cabo su proyecto de unión con Escocia, urdiendo un plan perfecto: casar a la “dama de Noruega” con su hijo y heredero, el futuro Eduardo II. Pero la inesperada muerte de la princesa Margaret en las islas Orcadas, en 1290, vació de contenido este plan, dando con ello pie a que los clanes escoceses se disputasen el título. Eduardo de Inglaterra se erigió como árbitro de la cuestión, pero también dispuso que un numeroso ejército se aprestase a tomar posiciones en Escocia.

Los ánimos anexionistas de Eduardo I, alentados por las continuas disputas de los dos principales bandos escoceses, fueron mucho más visibles a partir de que éste decidiera excluir del trono a los Bailleul, después de derrotarlos en Dumbar y en Berwick, pero, en especial, después de que John Bailleul firmase la Auld Alliance (1295) con Francia. Como quiera que los rivales de John en la carrera del trono, Robert I Bruce, conde de Carrick, y Edward Bruce (futuro rey de Irlanda), tampoco eran de la confianza de Eduardo, éste, antes de que la situación se le escapara de las manos, decidió recurrir directamente a la fuerza de las armas e invadió Escocia en 1296.

Mientras tanto, William Wallace no perdía el tiempo y ganaba en estatura y agilidad. Llegando a medir 1,85 de altura, dotado de una espesa cabellera castaña rojiza William poseía enorme fuerza. Pero también demostró tener un buen intelecto y pudo haber sido un buen clérigo (recordemos que en aquellos tiempos, los segundos hijos no heredaban tierra alguna y se veían obligados a cobijarse bajo el rico manto de la Iglesia para subsistir).Estudió idiomas, historia, matemáticas, filosofía y artes bajo la tutela de sus tíos. A los 17 años se reunió por breve tiempo con sus padres.

La primera mención de su actividad como guerrillero tuvo lugar en la villa de Ayr, capital del condado, donde Guayabee (Wallace), junto a unos cuantos de sus bandoleros, atacó en 1296 el destacamento inglés destinado en el condado y asesinó a un gran número de ellos. Apenas un par de días más tarde fue capturado por las fuerzas realistas y encerrado en prisión, donde lo abandonaron a su suerte esperando que falleciese de inanición. De nuevo la historia se confunde con la leyenda, pues unas fuentes hablan de que una gran reunión popular lo liberó de su mazmorra, mientras que otras fuentes prefieren indicar que su astucia le sirvió para evadirse de la cárcel. Sea como fuere, el caso es que, desde ese momento, William Guayabee comenzó a reclutar y a enseñar las artes de la guerra a todos aquellos partidarios que quisiesen enrolarse en su particular cruzada contra la dominación inglesa de Escocia.

SU AMADA, MARION

William Wallace, como amante era un hombre de armas tomar, y su gusto por las féminas muchas veces pusieron su vida en peligro. Pero cuando conoció a Marion Braidfute, la heredera de 18 años del noble Hugo Braidfute de Lamington, William encontró la horma de su zapato.

William y Marion nunca se casaron, dado que él opinaba que un guerrero nunca debía estar atado. Sin embargo, de esa relación nació una niña, Margaret. Poco después del parto, Marion fue asesinada por los ingleses, quedando la niñita a cargo de la familia de Marion.

La joven Marion Braidfute, que vivía en Lannark, ciudad gobernada por el sheefiff Hazelrig, el cual, para obligar a William Wallace a ir a su ciudad y así capturarlo, mató al hermano de Marion. Y efectivamente William Wallace llegó, pero, aunque causó una considerable matanza entre los soldados ingleses, tuvo que regresar al bosque sin haber conseguido llegar a la casa de su amada. Entonces, el sheriff Hazelrig, despechado por no conseguir capturar al forajido más buscado, mató a Marion.

La venganza no se hizo esperar. William Wallace, acompañado esta vez por todos sus hombres, atacó durante la noche, dejando vivos sólo a las mujeres y los religiosos. Aquello aumentó su fama, y muchos más escoceses se unieron a él y las tropas inglesas a la largo y ancho de Escocia sufrieron su guerra de guerrillas.

Para entonces el pretendiente escocés al trono (John Balliol) se vio exiliado. Piernaslargas exigía juramento de lealtad a los escoceses, y sir Ranald Craufud -abuelo paterno de William- tuvo que proteger a su hija Margaret y sus dos hijos menores mientras el padre de William Wallace y su hermano mayor se tuvieron que ir a refugiar al norte al no haber querido jurar lealtad al rey inglés.

Ansioso de documentarse más sobre la historia de su país, William se fue bajo la tutela de su tío sacerdote que estaba en Dundee, y fue ahí que conoció al monje benedictino John Blair, quien posteriormente sería el capellán de las tropas insurrectas de Wallace.

Al matar, en defensa propia, a un joven llamado Selby, que era hijo de uno de los peores verdugos de los escoceses, las cosas empeoran pues pasa a ser buscado por la Ley. William y su madre huyeron a Dunfermline, pero el abuelo de William le hace comprender que era mejor dejar a Margaret con él.

Con su padre y hermano mayor huyendo en el norte, William Wallace tuvo que hacerse cargo del mantenimiento de su familia. La guerra civil se aproximaba en Escocia. En 1291 el padre de William Wallace muere en una emboscada, lo cual afianza más el odio que sentirá por los ingleses.

En mayo del año siguiente, aunque de nuevo la confusión entre leyenda y realidad es evidente, Guayabee asesinó al responsable de la muerte de su padre, lo que le convirtió, a él y a su gente, en proscritos buscados por la justicia no ya inglesa, sino también escocesa.

Dejando a su hermano mayor a cargo de la familia, Wallace opta por tomar cartas en el asunto de parar los abusos ingleses contra los escoceses. Así, cansado de la opresión y el dominio inglés se unió con otros jóvenes, convirtiéndose en una banda de forajidos. Con ellos, William Wallace, fue hasta Loudun Hill, donde vivía el caballero inglés Fennwick, que había matado a su padre.

Él sólo contaba con 50 hombres, frente a los 200 soldados ingleses; aún así, más de la mitad de estos murieron, incluyendo a Fennwick.

Los hombres de William Wallace , además de disfrutar su primera gran victoria, se encontraron con un número considerable de espadas , armas y caballos. William Wallace se convirtió así en un forajido al que pusieron precio por su cabeza.

Su pequeño ejército se refugió en el bosque de Ettrick y durante 5 años, junto con sus hombres, visitó poblaciones tomadas por los ingleses para conocer al enemigo y realizó guerrillas contra tropas y patrullas, ocasionando numerosas bajas

Incluso antes del estallido de la guerra, las tropas británicas (pues, además de oficiales ingleses, contaban con un amplio número de mercenarios galeses e irlandeses) ya habían despertado las iras populares por sus brutales saqueos a las indefensas aldeas escocesas. De hecho, aunque no es una noticia confirmada objetivamente, es bastante posible que el padre de William Guayabee, Malcolm, falleciese en una de esas campañas de saqueo, realizado en 1291 sobre los terrenos del condado de Ayrshire.

No aceptó el tratado de sumisión a Inglaterra firmado en 1297 por los nobles escoceses y se hizo con diversas fortalezas inglesas situadas al norte del río Forth.

El rey Eduardo mandó 40.000 soldados de a pie y 300 jinetes para resolver el problema escocés al mando del Gobernador inglés de Escocia, John de Warenne. El primer gran enfrentamiento tuvo lugar en Irvine, julio de 1297; muchos nobles escoceses no quisieron participar por no querer estar bajo el mando de alguien a quien consideraban de inferior rango.

William Wallace , tuvo que retirarse hacia el norte, aunque después siguió a los ingleses cuando estos creyeron que el asunto estaba zanjado.

BATALLA DE STIRLING

El siguiente gran enfrentamiento sería decisivo por necesidad: un numeroso y bien armado ejército, con muchos veteranos de las guerras de Flandes y Gales, frente a quienes hasta entonces sólo habían hecho guerrillas y estaban armados principalmente con espadas, lanzas, hachas y cuchillos.

Una vez constituía una fuerza lo suficientemente cohesionada para entrar en combate, Wallace se adjudica, el 11 de septiembre de 1297 una victoria importante en la batalla sobre el Puente Stirling, al vencer a las tropas inglesas que buscaban cruzar el río Forth.

Los ejércitos se encontraron en el pueblo de Stirling y a pesar de ser superados numéricamente, ellos tenían un ejército de 5,000 hombres, los ingleses eran 50,000 soldados a pie, 4,000 arqueros y 1,000 caballeros con cabalgaduras.

Los escoceses rehusaron rendirse a solicitud de los ingleses. Por lo que estos decidieron entablar combate.

Los ingleses debían cruzar un puente estrecho para llegar al otro lado del río Forth para poder eliminar a Wallace y a sus hombres. Cuando los ingleses abarrotaban el paso, a una señal de Wallace, sus hombres destruyeron el puente y dividieron al ejercito ingles en dos. Los hombres de Wallaces se arrojaron al combate colina abajo contra los ingleses, quienes confundidos, no pudieron oponer resistencia.

El ejercito ingles restante que se quedo sin cruzar, vio como fueron masacrados los hombres que habían llegado al otro lado. El pánico se apodero de ellos y huyeron hacia Inglaterra. Wallace mantuvo esa posición por aproximadamente 300 días derrotando los efímeros intentos de vencerlo.

Cuenta la leyenda que cuando gano la batalla mató al comandante inglés, le despellejó y se hizo un cinturón con él y como le sobro piel rodeo la empuñadura de su espada con ella. Por su triunfo, fue elegido para el cargo de regente.

De hecho, en estos primeros momentos de lucha, William y sus soldados únicamente eran un grupo de bandoleros. Lo que acabó por definir al propio guerrero y a sus inusitadas tropas fue que uno de los más importantes caballeros del país, sir Andrew de Moray, se uniese a su causa en agosto de 1296. El contingente de ambos, siempre comandado militarmente por Guayabee, se dirigió, en ese mismo mes, a sitiar el inexpugnable castillo de Stirling, importantísimo enclave estratégico escocés que había sido presa fácil de Eduardo I en la primera oleada invasora. La picardía del guerrero fue clave en esta ocasión, aunque de nuevo las fuentes vuelven a ser inseguras con el episodio: al parecer, William simuló una entrevista con el alcalde de Stirling, John de Warenne, conde de Surrey, en la que, supuestamente, los escoceses se iban a rendir. La vanidad del conde de Surrey le hizo aceptar la oferta de diálogo y, cuando las tropas inglesas se aprestaban a atravesar el puente sobre el río Forth (el Stirling Bridge que dio nombre a la batalla), parte de las tropas de Wallace cayeron sobre el enemigo, pero la otra mitad del contingente, dirigido por sir Andrew, les esperaba en la retaguardia, a la vez que se derribaba el puente. La maniobra fue un éxito rotundo: el conde de Surrey fue derrotado y las tropas inglesas aniquiladas; el castillo de Stirling quedó libre para que, en el nombre del rey y del pueblo escocés, Wallace lo ocupara.

A aquella victoria siguieron otras, incluyendo la toma del castillo de Edimburgo. Y así quedó Escocia momentáneamente libre de ingleses.

A pesar de la euforia escocesa, las noticias catastróficas no parecían incomodar en exceso al gobierno inglés, sobre todo a los consejeros de Eduardo I, quienes consideraban a Wallace como un harapiento bandolero y, a pesar de su victoria en Stirling Bridge, confiaban en derrotarlo sin más problemas. Pero la audacia de Wallace no conocía límites: en octubre de 1297 invadió Inglaterra, por Northumberland y Cumberland, en una cruel expedición de rapiña, saqueo y devastación. El éxito de la campaña cambió sustancialmente el rumbo de los acontecimientos por dos motivos principales: el pueblo escocés comenzó a venerar a Wallace e, lo que le abrió las puertas a una alianza con el resto de los nobles, y el rey inglés, Eduardo I, tuvo plena conciencia de que se enfrentaba a un enemigo dificilísimo, pues había demostrado sobradamente sus dotes de estratega y guerrero.

No obstante, en el comienzo de su fama, y en el inicio de sus contactos con la aristocracia escocesa, también ha de situarse el principio de su caída, pues los linajes contendientes, sin ninguna duda, se aprovecharon de la popularidad de Wallace e para sus propios intereses. El primero de ellos fue John Bailleul, quien, en diciembre de 1297, lo armó caballero, con toda la solemnidad inherente a este tipo de ceremonia, además de nombrar al ya sir William Wallace guardián del reino y gobernador en nombre de los Bailleul, legítimos monarcas. Seguramente, los Bruce, enemigos de los Bailleul en el acceso al trono escocés, fruncieron el ceño cuando se enteraron de la noticia.

Fue elegido Guardián de Escocia, título que casi equivalía a nombrarlo rey (el auténtico, John Baliol, estaba preso en Londres; más tarde sería exiliado a Francia, de donde no regresaría).

Entonces William Wallace, vio que había otro trabajo que hacer: restaurar las vías comerciales y diplomáticas con los otros países, tal como estaban con el rey Alexandre III.

Alarmado por la derrota inglesa, Eduardo I regresó de Flandes, donde mantenía otra guerra, y fue en persona hacia Escocia con un enorme ejército que fue avanzando por el norte de Inglaterra, donde William Wallace también había conquistado algunas ciudades, haciendo huir a los escoceses que se encontraban por allí. Eduardo invadió Escocia el 3 de julio de 1298.

Resulta hartamente significativo que, pese a que los Bruce habían peleado con denuedo contra la invasión inglesa, después de la ceremonia caballeresca comentada fuese el propio Wallace, siempre acompañado de sir Andrew de Moray, quien hiciese frente a la nueva invasión.

Entonces William Wallace, usó la práctica de tierra quemada, para que el enemigo no encontrase provisiones a su paso, pero eso ya estaba previsto por el rey inglés, al que le llegaban las provisiones en barcos desde Irlanda, aunque en alguna ocasión estos se hundieron en el mar por culpa de una tormenta.

Además de esta inmensa fuerza, tres veces mayor que la de los escoceses, William Wallace fue traicionado por dos de sus nobles.

BATALLA DE FALKIRK

Envalentonados, muchos escoceses se suman al nuevo ejército libertador para hacer frente a la inminente invasión inglesa, la cual se produce en el año 1298, encabezados por el propio Rey de Inglaterra, Eduardo I.

Se envió hacia Escocia el mayor ejercito ingles que haya pisado suelo escocés. Wallace tenia un plan, retirar toda la gente que pudieran utilizar los ingleses así como los medios de subsistencia, de esa manera el ejercito ingles sufriría de hambre y los podría interceptar cuando intentaran regresar a su país. Sin embargo Wallace no pudo contra los hombres que seguían siendo fieles al rey Eduardo. Dos lores escoceses (Dunbar y Angus) comunicaron al Eduardo donde se encontraban las fuerzas escocesas, por lo que un combate frente a frente fue inevitable.

El 22 de julio de 1298, tropas inglesas y escocesas se enfrenta en Falkirk, recayendo la victoria en el ejército inglés.

En las proximidades de Falkirk en Julio de 1298, Eduardo con una gran cantidad de arqueros, diezman las filas de los escoceses y posteriormente envía su caballería para aniquilarlos. La caballería pesada con la que contaba Wallace, se abstuvo de combatir contra los ingleses, abandonándolo a su suerte.

Esta vez, la caballería ligera de Wallace no pudo hacer nada ante los arqueros ingleses, que utilizaron flechas de fuego para sembrar el pánico entre el enemigo

Eduardo I gana una batalla decisiva contra los escoceses. Wallace apenas pudo escapar con vida después de ser traicionado por Roberto ” the bruce” quien se cambio de lado y dio su apoyo a Longshanks.

Además de la derrota, este tuvo que soportar el desprecio de los propios nobles escoceses, que nombraron Guardianes de Escocia a Robert Bruce y John Comyn, este último, sobrino de John Baliol. También tuvo que sufrir la pérdida, en batalla, de su mejor amigo: Sir Andrew Moray.

Producto de esta derrota, William Wallace se ve obligado a ocultarse durante los siguientes 7 años, eso si, sin dejar de llevar a cabo una especie de guerra de guerrillas que puso a los ingleses al borde de la locura. En numerosas ocasiones lo dieron por muerto, pero reaparecía para despojar a algún noble inglés de sus pertenencias o a quemarle sus cosechas. Incluso durante varios meses se pensó que había sido él uno de los 5.000 escoceses fallecidos en la batalla.

Eduardo I, no contento con la derrota escocesa en Falkirk, volvió a invadir la zona norte y noreste de Escocia, en las que sólo los Bruce resistieron.

No se conoce mucho de lo que hizo Wallace después de Falkirk, se dice que fue al extranjero a buscar apoyo de diversos países, se tiene por veraz históricamente que Wallace viajase, posteriormente, a Roma, donde fue recibido por el Papa Bonifacio VIII, e incluso hacia Noruega, donde, reclamando los antiguos vínculos entre ambos reinos debidos a lady Margaret, solicitase la ayuda de Haakon VII. Todos los esfuerzos fueron vanos

Hasta de Francia (Felipe el Hermoso reinaba por ese entonces) solicito ayuda, (incluso llego a vivir un tiempo allí), pero se negaron a apoyarlo ya que tenían un tratado de paz con los ingleses e inclusive habían dado la mano de una princesa francesa para que se casara con Longshanks (luego de la guerra de los 100 años).

Un hito importante marcó el desarrollo de esta nueva contienda: la reconquista, en 1304, del castillo de Stirling por parte de las tropas inglesas. Este revés hizo que la mayoría de los clanes nobiliarios escoceses se aprestase a firmar un tratado de paz con Inglaterra, a lo que, paradójicamente, se negó el propio Eduardo I hasta que no se le entregase a William Wallace, con quien la justicia británica tenía pleitos pendientes. Eduardo, en un intento de paliar la popularidad del guerrero escocés, nunca le reconoció más status que el de aquel bandolero de sus primeros tiempos. Si el problema para la paz era Wallace, no había más remedio que la traición.

En 1304, habiendo nuevo rey en Escocia, se había dado una amnistía para aquellos que habían ayudado a Wallace, quien fué capturado el 3 de agosto de 1305. Una versión afirma que el culpable de su captura fue un escocés llamado Ralph Rae, quien le delató para poder salir libre. Otras versiones dan cuenta de Sir John de Menteith, un escocés que le habría capturado cerca de Glasgow, antiguo amigo y compañero de armas de Wallace, que introdujo a uno de sus sobrinos en su banda, para así estar al tanto de todo cuanto hacía.

Lo cierto es que William Wallace es capturado y consiguió llevarlo hasta el castillo de Carslile, donde fue encerrado en una mazmorra. De allí fue llevado a Londres fuertemente custodiado y atado a un caballo, en un largo viaje de 17 días. Donde es realizado, a pedido de Piernaslargas, su infame jucio.

EL JUCIO

El 23 de agosto lo llevaron a Westminster Hall, donde lo acusaron de asesinato, inmoralidad, blasfemia y hasta traición al rey. Wallace afirmó nunca haber jurado lealtad a Piernaslargas, por lo cual no era traidor. Pese a ello, no pudo evitar el veredicto que le condenada a muerte. La ejecución se realizaría en ese mismo momento, siendo llevado a las afueras.

LA EJECUCIÓN

Los detalles de su ejecución son especialmente truculentos, incluso pensando en los cánones de la época: William Wallace, fue arrastrado por dos caballos por las calles de Londres y apedreado por la multitud hasta llegar a Smithfield, donde estaba el lugar de ajusticiamientos.

Allí lo ahorcaron por un corto tiempo, lo suficiente para que sólo perdiese el conocimiento. Lo descolgaron y, mientras aun estaba vivo, le cortaron los genitales, le abrieron el vientre y le sacaron los intestinos, que fueron quemados; finalmente, su cabeza fue cortada y puesta en una pica en el Puente de Londres, mientras que manos y pies fueron mandados a cuatro extremos de Inglaterra.

En Alberdeen, donde llevaron el pie izquierdo, fue enterrado lo que quedaba del cuerpo. Este tipo de ejecución contra el delito de traición fue introducido en Inglaterra por los normandos y estuvo vigente hasta el siglo XVIII. Y seguramente se usó con bastante frecuencia; hay que tener en cuenta que en la Torra de Londres está la llamada Puerta de los Traidores.

Por último, procedieron a su decapitación.

La cabeza del caudillo fue puesta en una estaca en el puente de Londres, su corazón fue enviado a Escocia, y su cuerpo fue descuartizado para enviar un trozo a cada rincón del reino para que sirviera de ejemplo.

DESPUES DE SU MUERTE

– EL LEGADO –

La lucha por la independencia de Escocia continuó, en 1314 Roberto “the bruce” tomo las riendas de la rebelión y combatió a los ingleses hasta lograr la independencia en 1320. Fue coronado como el Rey Roberto I de Escocia. Aunque jamas olvido su traición a Wallace en la batalla de Falkirk y en su lecho de muerte pidió que su corazon fuera llevado a las cruzadas buscando el perdón de dios y de sus errores pasados. Eduardo I falleció a principios del siglo 14 y fue su hijo Eduardo II quien le dio la independencia a Escocia.

En 1869, las autoridades escocesas decidieron levantar un gigantesco monumento nacional a la memoria de su héroe, situado precisamente a escasos kilómetros del lugar en que se celebró la batalla de Stirling Bridge. El mítico guerrero, el luchador por la independencia escocesa, cobraba así gran parte de la deuda que tenía en su país; no obstante, su figura era relativamente desconocida fuera de Escocia hasta que, a finales del siglo XX, la industria cinematográfica norteamericana (Corazón Valiente – BraveHearth, de Mel Gibson) rescató el evidente atractivo de su vida para realizar una espectacular superproducción mediante la que, casi setecientos años después, el planeta entero conoció la lucha y los ideales de William Wallae.

William, a pesar de sustentar su acción sobre una amplia base popular, no luchaba por los derechos de los campesinos o de los menos favorecidos socialmente; el héroe, y mucho más después de ser nombrado sir, era el hijo de un rico terrateniente, y si por algo peleaba contra los ingleses fue porque eran quienes se habían opuesto al tradicional funcionamiento de la monarquía escocesa, que recaía siempre en un natural del país. Luchaba por patriotismo, por libertad, por amor a su tierra y odio a los extranjeros que dominaban la tierra gala. Wallace, de hecho, nunca tuvo ninguna pretensión de optar al trono, ni tampoco de aglutinar otro tipo de gobierno, como la República, sino que siempre peleó por la restitución de la monarquía escocesa a sus legítimos posesores, en última instancia, los Bailleul o los Bruce, a quienes, en el poema épico y en la versión cinematográfica, se presenta como los auténticos traidores de la causa independentista escocesa. Hay que perdonar, sobre todo, al autor lírico, a ese juglar ciego de nombre Enrique: vista la evolución de las pretensiones nobiliarias escocesas cien años después, desde luego la situación en que había caído el reino merecía, con justicia, el calificativo de traición a los ideales defendidos por Guayabee, especialmente por la mansa disposición hacia el yugo inglés mostrada por la aristocracia escocesa de la Baja Edad Media, que se vendía al mejor postor. A cambio de un puñado de tierras y cargos nobiliarios entregaban el futuro de una Escocia libre con la que todo valiente y buen escocés sueña.

La cuestión es que William Guayabee (Wallace, para los amigos), el héroe, ha pasado de la Historia al mito y a la leyenda, y millones de escoceses, e incluso habitantes de otros países, han querido verse reflejados en el hábil diplomático, el pertinaz luchador, el brillante estratega, el gigantesco guerrero (según las crónicas de la época, medía cerca de dos metros), y, especialmente, en el desafiante adalid de una idea tan atractiva y mitificada como la independencia, en todos los sentidos, a la que William Wallace dedicó conscientemente su vida e inconscientemente su posteridad.

¿Quién era Leónidas?

Hemos elegído el nombre de un gran heroe espartano para llamar a éste blog, por ello le dedicamos ésta primera entrada a tan noble guerrero:

Leónidas I (Griego: Λεωνίδας) fue el 17º Rey agíada de Esparta. Encontró la muerte en 480 a.d.C, durante la Segunda Guerra Médica, en la heroica defensa de las Termópilas, bloqueando el avance del ejército persa de Jerjes I.

En 480 adC, los éforos de Esparta enviaron a Leónidas al frente de 300 hoplitas y 4.000 soldados aliados para bloquear al ejército persa de Jerjes I en el paso de las Termópilas.
las investigaciones modernas demuestran que en realidad eran 6.000 griegos contra 250.000 persas, una fuerza impensable para la logística de la época. En cuanto a la cantidad de griegos, eran 300 espartanos cada uno de ellos acompañado por 2 ilotas (dos de sus siervos personales).
Según una historia contemporánea, Leónidas iba acompañado únicamente por una fuerza pequeña porque se dirigía deliberadamente a su perdición, ya que un oráculo había vaticinado que todos los estados griegos, incluyendo Esparta, sólo podrían ser salvados con la muerte de uno de sus reyes, a lo que Leónidas habría respondido: “Yo soy ese rey”. Sin embargo, parece más probable que Leónidas no pudiera disponer de más hombres debido a la celebración de las fiestas Carneas.
Varias anécdotas demuestran su valentía y el carácter lacónico atribuido a los espartanos. En el primer día del sitio, cuando Jerjes exigió la entrega de las armas a los griegos, Leónidas contestó Molon Labe (“Vengan por ellas”). Al tercer día, el rey dijo a sus hombres que desayunaran bien; pues “Esta noche cenaremos en el Hades”. Los hombres de Leónidas repelieron los ataques frontales de los persas los dos primeros días, pero cuando el griego Efialtes condujo a Hidarnes, general persa, por un camino entre las montañas hacia la retaguardia de los griegos, Leónidas dividió a su ejército y permaneció en el paso con 300 espartanos, 700 tespios y 400 tebanos que fueron mandados a sus hogares para contar la heróica historia de estos guerreros espartanos.
Fue tal el ímpetu con el que los espartanos lucharon que Jerjes decidió abatirlos de lejos con sus arqueros para no seguir perdiendo hombres. Leónidas fue alcanzado por una flecha y los últimos espartanos murieron intentando recuperar su cuerpo para que éste no cayera en manos enemigas.
La batalla duró cinco días y los persas consiguieron derrotar a los temidos espartanos, pero éstos ya habían retrasado notablemente el avance persa, diezmando la moral de su ejército y provocándole un buen número de bajas.
Esparta lo enterró con todos los honores, incluyendo una exhibición de duelo no habitual entre los espartanos. En el lugar de su muerte se erigió un monumento con un león junto con una inscripción escrita por el poeta Simonides que decía así:Ὦ ξεῖν’, ἀγγέλλειν Λακεδαιμονίοις ὅτι τῇδε κείμεθα, τοῖς κείνων ῥήμασι πειθόμενοι

“Oh, extranjero, informa a Esparta que aquí yacemos todavía obedientes a sus órdenes”.
No se conocen los hechos con suficiente detalle para juzgar la estrategia de Leónidas, pero su heroísmo le ha asegurado un lugar único en la Historia.

—- extraido de Wikipedia —-